La reflexión de hoy está dedicada a la relación de parejas. Decidí tocar ese tema, entre otras cosas, porque la espiritualidad es fundamental en el concepto del amor. Nutrir nuestra alma en torno al ser que amamos ayuda en la toma de decisiones e incluso a la hora de enfrentar disgustos o situaciones poco agradables.

 

Es el primer momento ‘a solas’ después de haber dado el “sí” en el altar o en la notaría. Y aunque no todos consumen esa bebida, elaborada a base de vino y miel, hay que admitir que durante esa noche el derroche de amor, antes que empalagarlos, los embadurna de una felicidad infinita.

La verdad es que a los recién casados, agobiados con tanto compromiso durante los detalles previos a la boda, casi que les resulta imposible pensar en ellos mismos. Tanto que tienen que irse lo más lejos posible de sus amigos y familiares, para cristalizar y sentir en carne propia el gran paso que han dado.

En medio de esa gran ‘luna’, la pareja suele expresar lo más sublime de su amor, tal vez por el recuerdo fresco de las nupcias.

Por eso ella, la que es considerada como la gran noche, se convierte en el momento que espera toda pareja. Incluso se podría decir que es casi más anhelada que el mismo matrimonio.

Aquí entre nos, más allá de que sea bello ir de la mano de su pareja a la boda, y superando las creencias religiosas o el romanticismo que la escena encierra, la luna de miel es el compartir del uno y del otro solo para demostrarse y jurarse un amor sin límites.

Lo que más me gusta de ese gran momento no es ni la ‘luna’ ni la ‘miel’. Lo grande de ese instante es que el deseo de los sueños futuros está más presente que nunca, y tanto él como ella juran cumplirlos.

Soy de los que piensa que esta ‘achocolatada’ etapa, que sigue de la ceremonia matrimonial, no debería ser una luna sino todo un ‘universo de miel’. Y lo digo porque los esposos no deberían esconder lo mejor de sus amores solo para ese histórico encuentro, sino que deberían asumir la misión de tener memoria y regalarse tales momentos para todos los años de su relación; incluso tal y como lo juran en al altar: ‘Hasta que la muerte los separe’.

A estos instantes no hay que congelarlos; ellos se deben ‘derretir’ día a día con el calor de los besos y esa magia que puede hacer perdurar el “sí’ de ese amor.

¿Cómo lograrlo?

Diría que no hay una fórmula matemática para ello. Tal vez hay ingredientes que la consolidan, tales como: la fidelidad, una buena comunicación, el respeto mutuo y, sobre todo, el refuerzo diario de ese impulso que los llevó a estar juntos. Quisiera que toda pareja tuviera claro que la luna de miel no es un “escape de la realidad”, sino que es un presente feliz que, con unas sabias gotas da amor puro, se volverá eterno.

¿Cuál sería la clave?

¿Qué tan duradera será su relación de pareja? ¿Será un asunto de fidelidad? ¿Acaso serán los hijos las ‘prendas’ de garantía?

Yo respondería que es un asunto de amor. Sin embargo, he oído por ahí que “el amor sin dinero se acaba”. ¿Será?

Formulo esas preguntas porque, cuando se firma un compromiso de amor con alguien no se puede olvidar la responsabilidad que asume con esa persona.

Podría decir que, en esencia, lo que determina que los dos permanezcan unidos es el hecho de que se lleven bien y que vivan en armonía; pero sobre todo, que se amen.

O sea, que la esencia del amor sí es la clave de ello. Y ese amor debe ser tan fuerte que, por más que aparezcan las tentaciones, siempre imperará el respeto por su cónyuge.

¿Saben algo? El amor no se puede conseguir a la fuerza, tampoco puede ser un asunto de inseguridad o de desconfianza. El amor debe ser pleno y, además, debe partir de una buena base: llena de valores, aprendizajes y apoyo incondicional.

http://www.vanguardia.com/entretenimiento/espiritualidad/378249-la-esencia-del-amor-bajo-la-luz-de-la-luna

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