Hoy lloré mucho. Y me di permiso porque puedo, porque quiero y, sobre todo, porque tengo una gran razón.

Hace días abrí la maleta intentando encontrar aquello que fuera indispensable colocar en su interior.  La maleta era de mi hijo de 20 años que, por fin, luego de años de anhelarlo, logró una beca en Europa que lo apartaría de casa por un año.

Pensaba mucho, pero no era capaz de decidir cómo en tan sólo 158 centímetros cúbicos de espacio cabrían los artículos que debía llevar.

Primero pensé en el clima que encontraría al llegar. Inmediatamente llegaron a mi mente las otras estaciones a galope. Comencé una lista y luego otra. Medicinas, cargadores, los anteojos; salsas picantes que entraron y salieron varias veces. Al final, la lista interminable también debía ajustarse al peso. A ese maldito peso que nos jugó una mala pasada hasta escuchar por fin el chillido del cierre que impedía que mis ojos escanearan por última vez el contenido.

De pronto, todo perdió importancia y sólo me centré en la bandera. Una brillante y hermosa bandera que metí al principio. Ésa con la que sentí emoción y cobijo cuando la doblaba con cariño y que esperaba que mi hijo representara bien.  Ésa con la que se va de farra o se comparte con los paisanos.  Ésa que servirá de pretexto para el tequila y la tortilla.  Ésa con la que cantará México lindo y querido, que le servirá para colocar en alguna pared de la minúscula habitación que seguro nada tendrá que ver con la actual y que será su hogar.

Pasaban de las 11:00 pm cuando nos fuimos a la cama. Debíamos salir temprano para llegar a tiempo al aeropuerto.  Entre varios “no olvides mañana…” nos dimos el último beso de buenas noches. Dormí bien, parecía que todo estaba en orden.

Salimos por fin. Como era de esperarse, la locura del tráfico nos mantuvo concentrados en el camino y, al final, la despedida.  La verdadera, la emotiva, la que al final termina siendo tan breve y hasta torpe. Concentrándonos en no llorar y luego en la imagen de un escuálido muchacho que desaparecía entre una multitud con cara de chamaco metido en una chamarra de hombre.

El regreso fue casi en silencio. Sentí culpa por no haberme desbordado en llanto, pero, por otra parte, me sentí orgullosa de haberme mantenido entera y sin hacer escenas.

Así, llegue a casa. En cuanto vi el portón que esperaba ser abierto sentí temor. Fue una sensación de angustia que no había sentido jamás. Mi esposo abrió la puerta y volvió al auto para bajar los residuos del viaje. Entré sola y me encontré su habitación abierta.  Quedaba sobre el escritorio el vaso de leche, una pantufla a medio camino y su aroma. No sé por qué la cama estaba tendida.  Siempre peleamos por eso y hoy… estaba tendida.

De pronto, el silencio me gritó tan fuerte que tuve que salir de allí. En un instante me di cuenta cuán poco importan ciertas cosas y cuánto se potenciarían otras. ¿Qué haré sin el retumbar de las paredes? ¿A quién saldré a perseguir con el lunch? ¿Cómo haré para dormir un viernes o sábado de corrido? ¿A dónde se irán las risas y los domingos de pijama?

Me preparé, lo juro. Me preparé tanto que al final no preparé nada. No hubo discursos finales.  Sólo algunos intermedios esperando la visa que me permitía posponer el asunto “por si acaso”.

Me pregunto si alguien realmente está listo para ver salir a un muchacho que volverá hecho un hombre. Me queda claro que el joven que desapareció esta mañana entre la multitud será reemplazado por alguien independiente y seguro a quien no podré guiar más.

Qué monstruosa necesidad de querer controlarlo todo. Cuántos años hace que vengo practicando su libertad y la mía, y no logré abstenerme de imprimir sus vuelos para seguir su rastro.

“Tiene veinte años, no es su primer viaje, todo va a estar bien… ¿qué me sucede?”

Llegué a mi habitación y entre reproches internos y ejercicios de libro barato de auto ayuda logré recostarme. Luego sentí una pelota con sabor a amargo en la garganta que me impedía respirar siquiera. Ya no supe más y comenzó la fractura del dique. Las aguas habían ya desbordado mi corazón y lloré. Lloré tanto que no puedo recordarlo. Lloré muchas veces. Lloré con lágrimas discretas y constantes y también con gritos y dolor. Lloré casi como animal herido. Lloré por mí, más que por él. Lloré porque confieso que tuve fantasías de que este momento llegaría y porque ese dolor que sentí me atacó en el estómago, en la garganta y en el corazón. Lloré porque no me gusta sufrir y sentí cómo la piel se desprendía. Lloré porque no pude alegrarme por su partida.  Lloré porque sentí que crecí un poco. Lloré porque crecer duele y él representaba el último eslabón del primer propósito de mi vida. Lloré porque presiento que la maternidad ahora será virtual y porque me espera un mundo de aventuras que me da miedo enfrentar. Lloré porque volví a parir, pero ahora será un hijo del mundo. Lloré porque será su primer año sin pozole el día 15. Lloré por no sentir culpa de llorar y lloré porque si no lloro… me río.

Fuente: Cosasdemujerescincuentonas