En los últimos años, hemos sido testigos del aumento en el consumo de alcohol por parte de los niños y adolescentes.

 

Tanto así que, en la Web, ya hasta parece programado que cada semana podamos ver el video de algún joven alcoholizado realizando desfiguros o siendo víctima de alguna agresión. El gobierno lo tomó como problema nacional después de que la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Estudiantes (2014) presentara la alarmante cifra de 1 millón 674 mil adolescentes que han llegado al punto de necesitar algún tipo de rehabilitación. Evidentemente, esto va más allá de una simple restricción de edad para el control en el consumo de alcohol.

Para Wara Gonzalez, reconocida educadora y directora general del American School of Santo Domingo, este problema comienza cuando los padres realizan el primer acercamiento de sus hijos a las bebidas alcohólicas en sus propias casas o reuniones.  Para ella, una de las razones más comunes de los adultos que suelen realizar estas “enseñanzas” es creer que cuando sus hijos crezcan y comiencen una vida social más activa en fiestas, reuniones y antros, comenzaran a beber sin medida. Así que, si de todas maneras lo van a hacer (aunque sea malo para la salud) es mejor que lo hagan en casa para que “aprendan” su límite.

“Lo que no entienden los padres y madres que les ‘enseñan a beber’ a sus hijos es que los inician en el consumo de una sustancia que ocupa el puesto número siete entre las drogas más adictivas que existen; más adictiva que las benzodiazepinas y las anfetaminas normales, y un poco menos adictivo que los barbitúricos y el crystal meth”, afirma Wara Gonzalez.

También se puede analizar este problema desde una perspectiva más amplia, pues este tipo de conductas parecen ser impulsadas en los jóvenes por la presión social y la falsa idea de concebir al alcohol como fiel acompañante de las celebraciones y de pasarla bien. Los medios nos bombardean con imágenes de personas sumamente felices mientras ingieren alcohol. No importa si son jóvenes o adultos, ambas partes se perciben reconocidas, admiradas y exitosas mientras beben.

Sin embargo, para otros adultos “enseñar a tomar” no significa darle una cerveza a un niño y alentarlo a que la pruebe, sino que se trata de una discusión en la que al menor se le informa acerca de los alcances del alcohol en el cuerpo; se le alienta a decir “¡Ya no!” o “Mejor no manejo”. Saber beber significa tomar conciencia de que debe haber cero tolerancia al consumo de alcohol en menores de edad; que fisiológicamente, el cerebro madura por completo hasta los 21 años y el alcohol afecta su desarrollo; que caerse de borracho no es divertido; y que para socializar y salir con los amigos no es requisito beber alcohol.