Hay una frase de Robert Cornier que dice: “Siempre he tenido la sensación de que todos estamos más o menos solos en la vida, sobre todo en la adolescencia”.

 

Muchas veces circula por ahí una visión negativa de esta etapa. Resumida en rebeldía y en constantes conflictos entre padres e hijos; sin embargo, creo indispensable mirar la otra cara de la moneda.

Es en esa etapa donde la vida cobra sentido con todo el entusiasmo y vitalidad que aporta. Se asumen retos, riesgos, experiencias, aventuras… es aquí donde se madura y, al mismo tiempo, se configura la personalidad y la identidad personal. Por eso, defino este periodo como la etapa en que la vida no se ve como una lucha sino como una aventura, una aventura que necesita orientación, educación y formación.

El papel de la familia es indispensable

En la actualidad ha aumentado entre los adolescentes un estilo de vida que los lleva prácticamente al «sin sentido». La tecnología en vez de acercarlos, los aleja; la información que tendrían que encontrar en sus hogares la encuentran en Web, en donde «quién sabe quién» sustituye la labor educativa, abriéndoles ventanas que, en vez de orientar, deforman; como la pornografía.

El número de embarazos entre adolescentes en México ha aumentado, y así como el número de adolescentes con problemas de depresión; crecen las adicciones como el consumo desmedido de alcohol y cigarro, el consumo de drogas y, curiosamente, su participación y adicción a los casinos.

De acuerdo a la Encuesta de Consumo de Drogas en Estudiantes de la Ciudad de México (2012), 7 de cada 10 estudiantes de secundaria y bachillerato han consumido alcohol alguna vez en la vida, mientras que 1 de cada 4 ha ingerido drogas (mariguana, cocaína, crack y alucinógenos); esto sin pensar que va en detrimento la comunicación familiar, pues se han sustituido los tiempos familiares por las redes sociales: usan más WhatsApp, Facebook, Twitter, etcétera, que el hablar con la familia.

Esto pinta un panorama negativo y parece como si la adolescencia se la pasara sola. Las causas de todas estas estadísticas son muchas, pero quisiera mencionar tres que creo fundamentales:

1)   Ausencia de los padres. Los papás han optado por dejar la «formación» en manos de instituciones educativas. El problema nace cuando nadie asume esta responsabilidad y tardamente te das cuenta de que el que aconseja a tu hijo o hija es un perfil de Facebook a través del «inbox». Hay papás que pareciera que en esta etapa desaparecieran. No hay quién escuche, entienda, comprenda, aconseje u oriente a los adolescentes.

2)   Esto lleva a que los adolescentes crezcan sin límites, normas y sin autoridad. Como no las han aprendido en casa, han producido mucha inseguridad en sus procesos de maduración. Una de las causas del aumento en el suicidio adolescente es, precisamente, la ausencia de padres y la pérdida de límites en la vida, se olvida que el hecho de tenerlas es lo que da seguridad a los hijos para poder conducirse en la vida reconociendo lo bueno y lo malo, responsabilizándose de sus acciones.

3)   No hay vida familiar. La familia es en donde las personas aprenden a ser y hacerse personas, pero si no existe en esta etapa una vida familiar ¿Qué aprenderán los adolescentes de la Familia? No encuentran ejemplos vivos, no aprenden la generosidad ni el ideal de tener en la vida cosas trascendentes, ni la comprensión y cooperación mutua que debe vivir en todo hogar. Prácticamente los padres se convierten en extraños y la familia queda reducida a mera apariencia. Juan Pablo II dice en la carta dirigida a las familias: “La familia, nuestra familia, es el camino más importante en el que andamos. Más importante que el trabajo, que el descanso, la vida social, los intereses culturales, la actividad política, las obras de caridad y, sobre todo, más importante que el desarrollo personal”.

Son tiempos difíciles y adversos que requieren que la Familia asuma una actitud proactiva. Recordemos que en esa etapa formamos a las personas y las familias del mañana. Tenemos que inyectar ideales y cosas positivas a los hijos. Más que esforzarse por lidiar esta etapa, hay que esforzarse por formar y orientar bien a nuestros hijos para que puedan desarrollar su carácter, crecer en virtud, fortalecer su voluntad y formar su conciencia.

Para ello, hay que considerar estos consejos:

  1. a) Los adolescentes necesitan presencia de los padres, no sólo en «cantidad» sino en “calidad”. Los padres tienen que esforzarse por ser ejemplo al llevar una vida llena de virtudes, congruencia y fidelidad; porque es donde ellos identifican principalmente sus primeros ideales de vida. Ser como mi «papá y mi mamá”.
  2. b) Tiempo de calidad. Los adolescentes necesitan comunicación efectiva y afectiva. Hay que aprender a escucharlos, dejarlos hablar; que expresen totalmente sus puntos de vista. Necesitan empatía y orientación. No una orientación impositiva sino dialogada, en donde ellos perciban que se les quiere antes de sermonearles; en otras palabras, necesitan amor, sentirse queridos y aceptados tal y como son, más abrazos y palabras de aliento que de regaños y castigos.
  3. c) Vida familiar. Convivir con papá, mamá y hermanos. Establecer relaciones de seguridad y tranquilidad. Se necesita que en el hogar puedan sentirse protegidos. El juego, la diversión, los momentos de oración y la convivencia, fortalecen el carácter y estabilizan las emociones para construir ideales de vida. Por eso es indispensable establecer límites y normas en la casa, para que ellos aprendan a asumir la responsabilidad de sus vidas.

¡Cuánto podemos hacer por ellos y por la familia!

Si optamos por reconciliar adolescencia y familia estaremos generando hombres y mujeres que aprenderán que la Familia es primero. Tendrán un gran amor por la Familia y buscarán cómo proyectar esa historia en el futuro con sus propios hijos.

Mtro. Marco Antonio Lôme Soriano

Director del Pontificio Instituto Juan Pablo II, sede Guadalajara.

Maestro en Ciencias de la Familia y el Matrimonio. Profesor de Metafísica y Ética. Coach de Vida y Matrimonio.