Es como si nunca tuvieras tiempo de respirar, pero cuando finalmente te acuestas te das cuenta que tu día fue una repetición exhaustiva del anterior.

Mamás: ¿No les pasa que llevan meses sin hacer nada para ustedes? Y no me refiero al inocente corte de pelo o al pedicure con masaje de pies que toda mujer con pareja merece (ustedes saben por qué). Sino me refiero a esas cosas que hacían antes de los hijos, aquellas que las definían como persona.

Después de año y medio de ser madre de tiempo completo, (no tengo nana, ni muchacha de planta. Por favor no me linchen) he desarrollado un sistema para cumplir con todas mis obligaciones. Por ahí se me pasó el pequeño detalle de dejar algo de tiempo para seguir desarrollándome profesionalmente, pero todo puede mejorarse, de nada sirve agobiarse por lo que ya pasó. Ese desliz me ha estado atormentando durante mes y medio, pues me parece sorprendente lo fácil que se me hizo, no solo a mí, sino a todos los que me rodean, borrarme del mapa como individuo.

Este programa de obligaciones (que me lleva a repetir tareas interminables día con día) me está sacando de quicio. Quizás por eso las mamás manejamos como locas desesperadas… De algún modo hay que sacar el estrés. Y es complejo porque sé que el resultado de lo que hago se ve reflejado en la felicidad y crecimiento de mi hija, pero me gustaría poder hacer un poquitito para mí.

Me agobia pensar que no hay un después de esto, porque no voy a dejar de ser mamá. Y tampoco quiero quejarme porque tengo la suerte de poder pensar en estas pendejas. Y es que hay ocasiones donde la temporalidad de las situaciones en las que te encuentras no se asoma hasta que ya pasaron, y ese es el problema. O quizás el problema reside en los demás que ven tu presente como un obstáculo para tu futuro. La típica frase devastadora: “Es que perdiste un chorro de años laborales”. Me encantaría saber cómo le hacen esas mamás que lo tienen todo, porque las hay. Van por la vida salabardeando cuarenta y ocho cosas y siendo exitosas en todas, mientras tú te tardas una semana en aprender a hacer arroz con verduras. No hay sensación más desalentadora que esa.

Me gusta imaginar que una de las diferencias entre ellas y yo es que sus hijos ya van a la escuela. La mía está a punto de entrar, pienso en las cuatro horas libres que tendré una vez que lo haga e imagino que podré retomar algo (lo que sea) de lo que hacía con anterioridad. Pero la realidad es que cada quince días me toca cocinar el lunch de una semana entera para 15 niños. El menú: tinga de pollo, albóndigas, aguas de sabores naturales… Estoy aterrada. Apenas y puedo cocinar pasta con salsa roja para cuatro personas. Creo que mis horas libres estarán destinadas a meterme a un curso del Cordón Blue en la Anáhuac, ¡mi peor pesadilla!

Esas señoras (del curso para hacer tamales y pastel de tres leches a la perfección) me parecían tan ajenas y de pronto me veo como una de ellas, y no sé qué hacer. Algo tiene que estar mal, muy mal, porque de plano yo no iba a acabar así. Y por así me refiero a que llego a mi casa antes de las seis de la tarde porque tengo que hacer la rutina: cena, baño, libro, cuna, gritos, llantos, peleas, no duermo, etc. Hace meses que no manejo de noche.

¡Y hago un montón de cosas! Hoy me desperté a las 5:30 am y me iré a dormir a alguna hora de la madrugada por tres o cuatro horas porque mi hija volverá a despertarse, y de todas formas no haré nada para mí. Si fuera de esas personas que presumen en el Facebook sobre su vida complicada y súper ocupada me llevaría a todas mis amigas sin hijos de calle; el resto de las mamás me entienden. Es como si nunca tuvieras tiempo de respirar, pero cuando finalmente te acuestas te das cuenta que tu día fue una repetición exhaustiva del anterior.

Sé que ella es irremplazable. La veo despertar por la mañana y no puedo pedir nada más. Sin embargo, hay momentos, segundos, en los que me siento vacía porque veo pasar el sueño que tuve antes de ella y sé que ya no será para mí. Es que en esta vida no se puede tener todo.

 

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