“El hombre ha nacido para ser feliz”. Ésta es una de mis frases favoritas de Juan Pablo II, porque muestra que en la naturaleza del hombre está inscrita la búsqueda de la felicidad.

Aunque pareciera que la felicidad se percibe en su totalidad en los niños pequeños, al visitar un preescolar, justo a la entrada, me encontré con un niño de 3° de kínder, sentado con el ceño fruncido y los brazos cruzados. La maestra trataba de hablarle, pero él la ignoraba. Entonces me atreví a preguntarle: “¿Qué tienes?» –y me contestó –“Estoy estresado”.

¿Un niño estresado? ¿Desde cuándo? Es preocupante escuchar como las estadísticas muestran cada vez más modificaciones en su conducta. Hay más niños impulsivos, ansiosos, estresados, deprimidos o agresivos. Si ésta es la realidad, no cabe más que preguntarse: ¿Qué está mal?, ¿será que los padres, empeñados cada vez más en adquirir una mejor calidad de vida material para su familia, descuidan la educación emocional?

Daniel Goleman dice: “La vida en familia supone nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional. En tan íntimo caldero aprendemos qué sentimientos abrigar hacia nosotros y cómo reaccionarán los demás a ellos, qué elecciones tenemos a la hora de reaccionar o cómo interpretar y expresar esperanzas o temores. Esta escuela emocional funciona no sólo a través de lo que los padres dicen o hacen directamente a los niños, sino también en el manejo de sus propios sentimientos, con ellos y su pareja”.

Al tratar de construir una familia emocionalmente inteligente, es necesario que los padres sean los primeros en vivirla. Como adultos, creemos haber madurado de manera emocional y conocernos, pero no es así. A veces, existen zonas desconocidas o ciegas en las que constatamos que no tenemos autocontrol, ni con nuestro cónyuge y mucho menos con nuestros hijos. ¿Cuántos problemas no se suscitan en la familia por no tener dominio de nuestras emociones?

La inteligencia emocional o intrapersonal busca, como primer elemento, el autoconocimiento. Éste, es la clave para motivarse y esforzarse por ser mejores. Para ello es necesaria la apertura a los demás, para que también nos puedan retroalimentar acerca de nuestras emociones y sentimientos. A veces pensar y decir: “Yo estoy muy bien”, “no me sorprendo de nada” “conozco mis debilidades”, nos lleva a tener una actitud negativa y a no permitir que los demás nos proporcionen ayuda por miedo. Así, estaremos realizando la segunda competencia de la inteligencia emocional: la social; por medio de la cual adquirimos habilidades como: comunicación, liderazgo, resolución de conflictos, trabajo en equipo y especialmente la empatía. No es exaltar las emociones por encima de nuestras decisiones; más bien es encauzarlas hacia nuestros propios valores que también vamos transmitiendo a nuestros hijos. Conocerlas y gestionarlas se convierte en la clave para poder generar en nuestros hijos un ambiente emocional saludable y seguro en su proceso de madurez.

Para conseguir esto, nos pueden ayudar los siguientes pasos:

  • Generar la capacidad de identificar, controlar y expresar los sentimientos.

Es importante que comencemos a identificar las situaciones que nos llevan a exponer nuestros sentimientos y emociones en crisis.
La inteligencia emocional nos exige una riqueza de vocabulario a la hora de expresarnos: tristes, enojados, apáticos, etcétera.

 

  • Adquirir la habilidad para manejar nuestros sentimientos.

Puede que llegue nuestro hijo con unas malas calificaciones y esto nos enfurezca y provoque que gritemos o que lo ofendamos; pero encauzar esas emociones nos llevará a pensar antes de hablar y, entonces, nuestra conducta será congruente con los valores que profesamos.

  • Aprender a pensar bien para sentir mejor.

Nuestra inteligencia, como facultad espiritual, está por encima de nuestros sentimientos. Para conseguir esta habilidad sugiero los siguientes pasos:

  1. Identificar la situación que se nos presenta.
  2. Señalar el pensamiento que nos viene ante la situación.
  3. Nombrar el sentimiento que se experimenta.
  4. Volver a pensar y ver si está en acuerdo a nuestros valores.
  5. Volver a sentir para entonces poder expresar.

Seguir estos pasos nos hará más responsables, y nos ayudará a actuar y a orientar a nuestros hijos cuando estén ante decisiones importantes que afecten su futuro, porque nosotros seremos los primeros en demostrarles seguridad y autodominio.

Así será más fácil entender a nuestros hijos, penetrar en su mundo y comprender sus sentimientos. ¡Ojo! comprender no significa perder el rol de padres. Muchos, transmiten un mensaje erróneo a sus hijos queriendo ser más “amigo” que padres. Ya lo dice un autor: “La cercanía con nuestros hijos no debe estar reñida con la necesaria distinción en los roles que cada uno representa en la familia”. Aquí, es cuando entra en juego el tipo de autoridad con el que educamos a nuestros hijos. Muchas veces nos convertimos en padres autoritarios o permisivos, cuando deberíamos ser padres que educan con inteligencia emocional, que generen hijos con autoconfianza, buena autoestima, disciplina y buenas relaciones interpersonales.

Esto es educar mientras se aprende a escuchar, para evitar juicios morales, ideas preconcebidas o soluciones rápidas, que más que acercarnos nos alejan. Pensemos en las veces que tomamos posturas que no educan emocionalmente, como ridiculizar o etiquetar –“Eres un flojo”–, ser negativos –“¿Por qué no eres un hijo normal?”–, o tratar de educar en momentos inadecuados –frente a los amigos–; los padres emocionalmente inteligentes perciben los sentimientos que engloba la situación; ayudan a sus hijos a reflexionar y a manejar sus propios sentimientos.

“Escuchar es dar protagonismo a lo que nuestros hijos están viviendo”.

Para promover el ambiente emocional en la familia hago tres recomendaciones:

  1. Acostumbrarse a hablar de emociones.
  2. Identificar las emociones y ponerles nombre.
  3. Evitar juicios acerca de éstas.

Educar con inteligencia emocional requiere que estemos siempre sobre nosotros mismos. “El mayor imperio es gobernarse a sí mismo”. Si individualmente buscamos la felicidad, cuánto más deberíamos hacerlo por nuestras familias. De esta manera, también daremos solución a muchos problemas que como sociedad enfrentamos. ¡Cuánto afecto le hace falta a nuestro mundo! Deberíamos unir fuerzas no sólo para formar familias sanas y felices, sino para promover una verdadera cultura de la familia.

Esta es la tarea a la que se suma el Instituto Juan Pablo II Para la Familia, para preparar personas que puedan formar familias emocionalmente inteligentes. A través de la maestría en Ciencias de la Familia y los diversos diplomados que ofrece, trata de llegar al corazón de las preocupaciones del hombre de hoy: la familia como célula primordial de la sociedad. Si la familia es la mejor “tierra de cultivo” para el aprendizaje en el manejo de nuestras emociones, cuánto más será para la transmisión de los valores, ya que es en la familia donde el hombre se humaniza.