«Si después de morir, quisieran escribir mi biografía, no hay nada más sencillo. Tiene sólo dos datos el de mi nacimiento y el de mi muerte. Entre el uno y la otra todos los días son míos.”

Empiezo esta carta con esta cita sobria de Fernando Pessoa. Este solitario dijo, como siempre, su verdad, sólo que en el caso de tu madre todos sus días fueron vuestros y especialmente tuyos. Fueron su regalo.
Las vidas dedicadas al cariño tienen eso, quedaron contenidas entre dos simples fechas y repletas de algo que a nadie importa excepto a quienes tuvieron el privilegio de disfrutarlo. Son, así lo pienso, no vidas propias, sino vidas dedicadas, para los de casa.
Lo sé, con seguridad, porque tú eres ya ella, no lo dudes, acabas de heredarla. Eres también ella.
La vida en su conjunto es afrontar los fracasos, las desilusiones, las decepciones… las pequeñas muertes. Dicho de otro modo vivir es aprender a perder (a morir un poco cada día o, si no todos los días, al menos de vez en cuando). Y, finalmente una vez, aprender también la muerte grande, la última.
Aunque, ciertamente, cada duelo es único. Sin embargo, no lo protagoniza quien se fue, sino los que nos quedamos, los vivos, distintos todos aunque lloremos a la misma persona. ¿Qué nos ocurre? Quizás cosas iguales sentidas de modos diferentes. Las cosas que a las mentes atenazan y que despacio tienen que salir de ellas y dejar sitio a la nueva persona que nos hemos hecho sin saberlo. Fundamentalmente, lloramos por nosotros, por lo que hemos dejado de ser.
Una primera cosa, es casi instantánea, es la primera defensa de nuestra amable mente tan fogosamente defensora de nuestro físico (como nuestra madre) y que es capaz de todo con tal de protegernos: Negar la realidad.
Hasta qué punto deseamos evitar el dolor, que somos capaces de intentar negar lo que nos rodea en un alarde tan sobrehumano como irracional de autodefensa. No sé si te habrá pasado, pero ocurre, y eso hace, a veces, que los primeros momentos del desenlace se asuman con calma. Por dentro tu mente te dice: “No ha ocurrido, no es verdad”. Ganando tiempo, te lo da para que asumas lo irreversible.
También pueden darse, antes, después, mezclado o a ratos, la rebelión, la cólera ante lo que nos parece injusto, la agresividad, la búsqueda de un culpable o de varios… algo que nos permita apuntalar la gran pena que nos aplasta y cuyo peso intentamos evitar de pleno sobre nosotros. Por eso es bueno que alguien nos acompañe y nos consuele, porque quienes lo hagan serán los arbotantes y nervaduras que descarguen de nuestros pobres hombros parte del peso de la pena amarga.
El autoengaño no es extraño al proceso y, de repente, imaginamos circunstancias en las que nuestro comportamiento hubiese sido distinto y suponemos que eso habría cambiado las cosas… Es otro modo de intentar descargarnos del sentido de la culpa que, por impecable que haya sido nuestro comportamiento con quien nos deja, nos invade. Seguro que alguna vez, algo hicimos mal. La culpa es el óxido que corroe las entrañas, con razón o sin ella.
Derrumbados, después de estas conjeturas y pensamientos, viene la pena enorme del vacío, el dolor que hoy llamamos depresión y que nos atenaza durante un tiempo, pero que también, con el tiempo, es normal que vaya desapareciendo y dé lugar a un sentimiento de aceptación al que los viejos, ¡pobrecitos, qué duro aprendizaje!, están más adaptados que los jóvenes. Por eso a veces, injustamente, les tratamos de insensibles.
Sin embargo, las personas desaparecen físicamente pero, no nos engañemos, se quedan aunque ya no podamos verlas y no por no ser visibles están ausentes. Sólo el paso del tiempo nos dará la oportunidad de establecer una nueva relación con ellas y colocarlas en paz en nuestro espíritu, porque con nosotros van a seguir siempre. Lloramos, te repito, por nosotros, por lo que hemos dejado de ser. Despacio, por la ley de la continuidad de todas las cosas, pasaremos de estar mal a estar mal pero acostumbrados.
FUENTE: http://sorozs.blogspot.mx/2007/08/carta-por-la-muerte-de-una-madre.html