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Julio Cortázar

“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.” – Julio Cortázar

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Para los que se entregan por completo, aunque signifique regresar en partes.

Julio Florencio Cortázar Descotte, viajero impenitente e intelectual abierto, es el autor más citado por los que padecen el amor, relata los primeros años de su vida en una carta enviada desde París en 1963: “Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde). Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevó a mi madre a Bruselas. Me tocó nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de él me quedo la manera de pronunciar la «r», que nunca me pude quitar. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados.” El genio de la literatura omite quizá por el dolor que le causa, o porque al final cada uno decide quien merece ser recordado, que su padre abandonó a la familia siendo él apenas un pequeño, y bajo dificultades económicas fueron criados él y su hermana menor, quien padecía esquizofrenia, por su madre María Herminia Descotte, con quien siempre lo unió un fuerte lazo de dependencia emocional.

“Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás.” Julio fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. Su madre le seleccionaba lo que podía leer, convirtiéndose en la gran iniciadora de su camino de lector, primero, y de escritor después. Relata: “Mi madre dice que empecé a escribir a los ocho años, con una novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla.” Cortázar también recuerda que en cierta ocasión un pariente suyo le descubrió una serie de poemas escritos por el ahora adolescente y se los dio a su madre, diciéndole que evidentemente esos poemas no eran de su autoría, que yo lo los copiaba, de alguna antología de poemas, por lo cual su madre llegó a preguntarle si esos poemas realmente eran suyos. Leía tanto que algún médico llegó a recomendarle leer menos durante cinco o seis meses y salir más a tomar un poco de sol. Muchos de sus cuentos son autobiográficos, como Bestiario, Final del juego, Los venenos o La Señorita Cora.

Causalidad o destino mientras caminaba por el centro de Buenos Aires, se encontró con un libro de Jean Cocteau, un total desconocido para él hasta aquel momento, titulado “Opio: Diario de una desintoxicación.” Aquella lectura lo marcaría para el resto de su vida: “Sentí que toda una etapa de vida literaria estaba irrevocablemente en el pasado… desde ese día leí y escribí de manera diferente, ya con otras ambiciones, con otras visiones.”

Se graduó como maestro de escuela e inició estudios de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, los que debió abandonar por razones económicas. En 1938, bajo el seudónimo Jorge Denís, publicó su primer libro, Presencia, de sonetos “muy mallarmeanos”, según él mismo los calificara. En 1949 se publica su poema dramático; Los Reyes. En 1944 obtuvo un puesto de profesor en la Universidad de Cuyo, donde participó activamente en manifestaciones contra el naciente fenómeno del peronismo. Cuando el general Juan D. Perón ganó las elecciones, abandonó el cargo universitario para no ser despedido y volvió a Buenos Aires, donde trabajó en la Cámara Argentina del Libro.

Su primer cuento, La Casa Tomada, fue publicado en 1946 en un periódico literario llamado Anales de Buenos Aires, por iniciativa de su director responsable, quien era nada menos que Jorge Luis Borges, a quien a penas conocía.

En 1951, publica Bestiario: ya surge el Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura. Su aproximación al vínculo entre escritura y vida, heredada del romanticismo pero también de las vanguardias, lo convierte en la clase de autor que genera una imaginaria relación personal con sus lectores. Para bien y para mal, Cortázar es contagioso. Por eso quienes fingen desdeñarlo en realidad se están defendiendo de él.

Convencido de que para triunfar debe volar, decide exiliarse en Paris, “Yo me fui de la Argentina no tanto por el hecho de que hubiera cosas que me molestaban de Argentina, que las había, sino porque Francia representaba para mí, en esos momentos, un polo de atracción enorme. Yo tenía ya más de treinta años, y había agotado, en la medida de mis posibilidades, el panorama que me podía ofrecer la cultura nacional que me rodeaba. Siendo completamente apolítico, como lo era en aquella época, no tenía ningún contacto histórico con la realidad de Argentina, sino un contacto estético. Y tenía el convencimiento de que Francia no me iba a empobrecer como argentino, sino al contrario, que me iba a dar una nueva órbita, nuevos aires. Y creo, sin jactancia, que eso es lo que sucedió, o sea, que yo creo que me volví todavía más argentino estando en París, porque allí descubrí algo que los argentinos, en general, no saben, y fue el hecho de ser latinoamericano.”

Nos encontramos en la víspera del trueno, solamente necesita su fuente de inspiración, como todo artista requiere de la fuerza que solo puede dar la musa para lanzarse al vacío y emprender el vuelo y la encuentra en Aurora Bernárdez, amor a primera vista desde que la conociera en el café Boston de Buenos Aires, producto de una cita a ciegas. Después de idas y vueltas cruzando el océano, coincidencias y desavenencias e indecisiones, admitiría a un amigo: “Tuve el valor de hacerme las preguntas esenciales, y salí limpio de la prueba. Pude hablar, pude decirle a Aurora lo que tenía que decirle, y pude venirme a Francia sin ninguna esperanza, pero con una serenidad que era por sí sola una altísima recompensa a mi cariño. El resto lo sabes, ella ha venido a su vez, está aquí, su mano duerme de noche entre las mías. Y esta felicidad se parece tanto a un huracán que me da miedo…”.

El amor crece como la poesía y la pareja se une en matrimonio el 14 de julio de 1953. La comunión intelectual entre ambos parece destinada a ser. “Aurora y yo, encastillados en nuestro granero, nos dedicamos al trabajo, a la lectura y a la audición de los cuartetos de Alban Berg y Schönberg, aprovechando la ventaja de que aquí no hay nadie que nos golpee el cielo raso”, le confiesa a su editor Paco Porrúa. Será una vida de lecturas, música, arte. Son cómplices, confidentes, amantes, mejores amigos.

No es producto de la imaginación, la gente que está a su alrededor lo percibe. Sin ir más lejos, un amigo asiduo de entonces, Mario Vargas Llosa: “Nunca dejó de maravillarme el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio (…) Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: ‘No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan en casa’ (…) Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados malabaristas y con ellos uno no se aburría nunca. La perfecta complicidad, la secreta inteligencia que parecía unirlos era algo que yo admiraba y envidiaba en la pareja tanto como su simpatía (…) Era difícil determinar quién había leído más y mejor, y cuál de los dos decía cosas más agudas e inesperadas sobre libros y autores…”.

Los dioses ciegan a quienes quieren ver perder y los amantes se separarán en 1967. A los poetas les está prohibido amar en perpetuidad, pero pese a todos los pronósticos, seguirán siendo amigos y será ella la albacea de su obra.

En el año 1962, nos regala “Historias de Cronopios y de Famas”, una recopilación de sesenta y cuatro relatos cortos repletos de sarcasmo e ironía que esconden entre sus líneas reflexiones filosóficas a través de un lenguaje sencillo y claro. Esta obra, es un fiel reflejo de la sociedad de aquellos años.

En una carta de 1958, Julio Cortázar cuenta que ha terminado la novela “Los premios”, la cual se convertirá en un éxito inmediato, y que piensa en otra más ambiciosa que será, se teme, “bastante ilegible”, una especie de “resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. Un año más tarde dice que está escribiendo una anti-novela. Más tarde dirá que prefiere el término contra-novela. Aún en periodo de gestación Rayuela generó un sinfín de definiciones a cargo de su propio autor: libro infinito, gigantesca humorada, bomba atómica, grito de alerta, el agujero negro de un enorme embudo. Esta vez, la suerte está echada.

Cuando se publicó en 1963 la critica la calificó un libro desvergonzado y europeizante; y otros afirmaron que era la declaración de independencia de la novela latinoamericana. El tiempo al fin, sería el que dictaría veredicto.

Rayuela es la fusión de dos hierros: la pulsión absurda e inocente de un humorismo más blando que ácido y la ternura del amor como montaña rusa con risas y perplejidad; aparecen todas esas citas que nos desgarran el alma, con las que nos identificamos por su sinceridad y brutal honestidad, muestra a los lectores cómplices que el sentido de la existencia humana está en la búsqueda de “una vida digna de ese nombre”, aquí y ahora. El hombre contemporáneo pisa el terreno de la inseguridad y Rayuela es la respuesta y la resistencia a esa inseguridad, es el relato de una vida a través del desorden y la mitomanía, un viaje sentimental en busca de la lucidez. Rayuela es la obra maestra en que en el detalle y en la visión del conjunto nos entrega el panorama de un París íntimo que fue el de Julio, y al mismo tiempo universal, que queda en la memoria como una perla que sólo la inteligencia y la refinación de Cortázar fueron capaces de expresar con esa viveza y multiplicidad de significados. Es la vida defendiéndose.

En 1968 publica su libro “Modelo para armar”, escrita a partir de una idea esbozada en el capítulo 62 de su novela Rayuela, puede considerarse la obra más experimental de su autor. En 1971 presenta “La isla a mediodía y otros relatos” cuento del libro Todos los fuegos el fuego, que abarca la obsesión de un hombre que trabaja en una línea aérea. En 1984 nos comparte “Salvo el crepúsculo”, último libro publicado en vida por Cortázar, es una memorable antología personal de poemas.

El escritor argentino, nacionalizado francés, genio de las letras y una de las figuras más importantes de la literatura contemporánea, falleció el 12 de febrero de 1984, victima de la leucemia a los 69 años, en el hospital de Saint Lazare, en París.

“Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos” – Julio Cortázar, Rayuela, Capítulo 105

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