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Ser la primera sede olímpica latinoamericana no fue una casualidad, y organizar los Juegos Olímpicos de 1968 tampoco fue fácil.

Previamente, la Ciudad de México ya había fracasado en dos ocasiones en su intento de convertirse en anfitrión del evento deportivo, tras ser vencida por urbes de países desarrollados. Pero el 18 de octubre de 1963, la capital mexicana por fin logró su cometido y consiguió más votos que las favoritas de la época: Lyon, Francia; y Detroit, Estados Unidos.

Aquellos eran tiempos en los que el país gozaba de finanzas sólidas, que lo hacían sobresalir en Latinoamérica. No había otra nación de la región que tuviera dos décadas de desarrollo sostenido, que en el caso de México fue derivado de un modelo basado en frenar importaciones para incentivar la producción interna. De acuerdo con datos del Banco Mundial (BM), el crecimiento económico del país en 1963 fue de 8.1 por ciento, una cifra relevante si se compara con el crecimiento de 2.5 por ciento que tuvo en 2015.

Más de cuatro décadas después, el Comité Olímpico Internacional volvió a mirar hacia un país emergente: Brasil, que según el BM alcanzó en 2007 un crecimiento económico de 6.1 por ciento, logró sobreponerse a la crisis económica global de 2008 y 2009 y sorprendió con un crecimiento de 7.5 por ciento en 2010. Sin duda, era la única nación de la región que podía competir con los países desarrollados para volver a tener unos juegos olímpicos latinoamericanos. Y lo logró: en 2009, Río de Janeiro derrotó a Madrid, España, y se quedó con la organización de la justa deportiva.

Hermandad olímpica

El hecho de que México y Brasil sean los únicos países latinos que hayan organizado el evento deportivo multidisciplinar más importante del mundo, ya los hace distintos dentro de la región. En opinión de Luis Javier de la Torre, presidente del Patronato Ruta de la Amistad, la esencia de que ambas naciones hayan logrado imponerse en el ámbito internacional para albergar a los Juegos Olímpicos “tiene que ver con cómo nos valoramos y cómo nos proyectamos hacia el mundo; cómo defendemos lo bueno que tenemos”.

De ahí nace una hermandad entre la Ciudad de México y Río de Janeiro. La experiencia olímpica y el empeño en dejar en alto el nombre de Latinoamérica son características que, sin duda, trascenderán en el tiempo. “Ambas ciudades cumplen con sus posibilidades y pienso que precisamente de ahí viene esta gran unión: del trabajo de hacer lo mejor que puedes con las posibilidades que tienes”, agrega De la Torre.

Y hacer el mejor esfuerzo también implicó para ambas urbes sobreponerse a las críticas internacionales. A la Ciudad de México se le atacó por la altura, ya que en aquella época se consideraba que los atletas no soportarían competir a más de dos mil 200 metros sobre el nivel del mar, y se auguraba que no iban a obtener buenos resultados en las competencias. Y ahora, a Río de Janeiro le tocó enfrentarse al miedo colectivo en torno a la crisis sanitaria por el virus del Zika.

Sobre esto, el presidente del Patronato Ruta de la Amistad también encuentra similitudes: “Tenemos los mismos problemas, y siempre los países desarrollados buscan cómo pegarle a los menos desarrollados, es una regla natural (…) Es grave y es triste que hayan pasado casi 50 años para que haya otros juegos latinoamericanos y quizás, como va la situación, pasarán otros 50 años más”.

CINTI

Un pedazo de México en Brasil

Las dos ciudades olímpicas latinoamericanas aprovechan su condición de ser únicas en la región para traspasar la frontera de lo deportivo y dejar una huella también en el ámbito cultural. Es por ello que todo lo que aconteció en los Juegos Olímpicos de México 68 se puede ver ahora en Brasil a través de una exposición organizada desde tierra mexicana, que tiene lugar en el Museo Histórico Nacional de Río de Janeiro.

“Ruta de la Amistad propuso al comité organizador de Río la creación de una gran exposición para celebrar los dos juegos latinoamericanos, pero desde la visión del diseño y la comunicación. Desde el entendernos cuáles son nuestros principios como naciones, para poder de ahí encontrar esta comunión entre ambas. Por ello, esta exposición nos presenta cómo pensamos los latinoamericanos respecto a nuestra visión del mundo olímpico”, detalla De la Torre.

Este evento es, en esencia, una exploración por el diseño, que revive el espíritu de México 68. Y es que entre lo más aplaudido de los juegos olímpicos que organizó nuestro país hace casi medio siglo está la estrategia de diseño gráfico y comunicación, la cual ha logrado mantenerse en la memoria colectiva con el paso de los años gracias a un logotipo cien por ciento mexicano que estaba presente hasta en el más mínimo detalle relacionado con el evento deportivo.

Por ello, la exposición en Río de Janeiro es un paralelo del diseño olímpico de ambas ciudades sede: “Empezamos con las concepciones de los logotipos, por ejemplo, en la parte de México por la parte huichol, por nuestras raíces prehispánicas que son de donde viene el diseño. Y en el lado de Río esta la concepción de la fiesta y de la alegría, de sus ríos, sus mares, sus montañas y su cristo”, explica el presidente del Patronato Ruta de la Amistad.

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El legado cultural mexicano

La Ciudad de México tiene mucho qué presumir en cuanto a sus juegos olímpicos. Ninguna otra sede de la justa deportiva ha hecho a la par unas olimpiadas culturales, con 20 eventos complementarios a las competencias. Dentro de ellos se enmarca la Ruta de la Amistad, un corredor escultórico en el sur de la capital mexicana considerado el más grande del mundo: tiene 17 kilómetros y 19 esculturas construidas por artistas de los cinco continentes, y tres más ubicadas en otros puntos de la ciudad.

Ahora, gracias a un convenio con Google, la Ruta de la Amistad puede verse desde cualquier rincón del planeta a través de Google Street View. El mundo entero ya puede conocer uno de los mayores legados culturales de México 68, y explorar las esculturas en 360 grados. “La idea es descubrir una Ruta muy diferente. Cuando te acercas a las esculturas descubres que tienen un valor muy significativo y que penetran hasta el fondo de tu corazón para convertirte en un rutero de vida y alma”, asegura De la Torre.

Otro evento de las olimpiadas culturales fue el proyecto de Pintura Infantil, que reunió mil 800 dibujos enviados por niños de todo el mundo además de 120 murales pintados en territorio mexicano por menores que llegaron al país. Daniela Terroba, coordinadora de Proyectos Culturales del Patronato Ruta de la Amistad, explica que “el espíritu del proyecto fue que se conocieran las ideas de los niños y que se viera la expresión de ellos a través de lo pictórico”.

Así, México 68 recibió a más de 200 niños de todos los rincones del planeta. “Con ellos se hicieron diferentes actividades, entre ellas una donde se vistieron con trajes típicos de sus países. Creo que fue una gran experiencia, pues conocieron muchas culturas. La idea es que esto se sepa, que se conozca, porque es un evento que no ha vuelto a suceder y fue muy importante”, agrega Terroba.

Las esculturas de la Ruta de la Amistad en realidad virtual, así como tres dibujos pintados por niños brasileños —que hoy en día ya son adultos—, están presentes en la exposición de Río de Janeiro, como otra muestra más de la experiencia olímpica mexicana que permanece vigente casi medio siglo después.

 

FUENTE: http://www.reporteniveluno.mx/2016/08/16/de-mexico-68-a-rio-2016-los-olimpicos-de-latinoamerica/