Ciudades literarias

Donde no hay agua es difícil que uno aprenda a nadar. Donde todo es plano es difícil que uno sepa escalar. Donde no hay libros es difícil que uno quiera leer. Así de sencillo.

Éste es el razonamiento que está detrás de la creación, por parte de la UNESCO, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura de las Ciudades Literarias. Es un concepto que reconoce a aquellas ciudades que: cuentan con una gran variedad de iniciativas y empresas editoriales de calidad; disponen de programas de estudio de literatura nacional y universal en todos los niveles escolares; organizan festivales literarios o eventos para impulsar la literatura; y tienen bibliotecas, librerías y espacios culturales que fomenten la lectura. Que sean ciudades que convivan con los libros.

No son muchas; apenas una veintena ha logrado este reconocimiento desde hace doce años cuando comenzaron a ser reconocidas. Entre ellas están: Edimburgo, en Escocia; Dublín, en Irlanda; Norwich, en Inglaterra; Reikiavik, en Islandia, Melbourne, en Australia; Iowa, en los Estados Unidos; Cracovia, en Polonia; Praga, en Checoslovaquia; Heidelberg, en Alemania; Granada y Barcelona, en España; Óbidos, en Portugal; Bagdad, en Iraq; Montevideo, en Uruguay; y Dunedin, en Nueva Zelanda.

En ellas, los libros forman parte del paisaje y la vida cotidiana. Y, lógicamente, registran altos promedios de lectura entre sus habitantes. Por ejemplo, se dice que en Reikiavik, uno de cada diez habitantes ha escrito y publicado algún libro, o en Óbidos, la hermosa villa medieval cercana a Lisboa, se ha inaugurado The Literary Man, un convento del Siglo XIX convertido en el hotel con la mayor biblioteca del mundo, la cual, gracias a acuerdos con editoriales y donaciones particulares, ya ha repartido más de 22 mil libros en su biblioteca-bar, habitaciones, pasillos, salones y restaurante, disponibles para sus huéspedes, quienes disfrutan del turismo y, además, de los efectos terapéuticos de la lectura.

The Literary Man es el más reciente, pero no el único; hay otros hoteles literarios europeos y americanos que apuestan por su atractivo creciente. Sin embargo, para estar cerca de los libros no hay que viajar muy lejos; ni ir a alguna biblioteca, vamos, ni siquiera hay que salir de casa. Lo único que se necesita es querer hacerlo, que libros hay miles y, afortunadamente, la mayor parte de ellos al alcance de todos.

Es así de sencillo: para aprender a nadar ayuda que haya agua; para saber escalar son buenas las elevaciones; para aficionarse a la lectura conviene la cercanía de los libros. Ése es el principio.

Y, hablando de ciudades, se puede comenzar a viajar por algunos notables textos que las tienen como marco importante y, a veces, como protagonistas principales. Algunos ejemplos son: Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco; El Club Dumas, de Arturo Pérez Reverte; París era una fiesta, de Ernest Hemingway; Trilogía de Nueva York, de Paul Auster; Historia de dos ciudades, de Charles Dickens; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, La ciudad de la alegría, de Dominique Lapierre; y muchos, muchos más.