El cerebro es una cosa perezosa

Quizá ya te habrás dado cuenta que mientras más envejeces te interesa menos realizar tareas con las que no estás familiarizado o que demanden gran concentración, atención o el desarrollo de habilidades hasta ahora desconocidas.

Con permiso del autor, Genial.guru publicó la traducción del artículo de Danil Dekhkanov acerca de lo que puedes hacer para superar ese problema.

Te voy a revelar un pequeño secreto: leer tus libros favoritos, trabajar en un área bien conocida, usar tu idioma materno para comunicarte con tus amigos, ir a tu restaurante predilecto, ver tu serie favorita y todo ese tipo de cosas que amas tanto conllevan a la degradación del cerebro.

Mira, tu cerebro es una cosa perezosa (tal como tú) y por eso intenta disminuir el gasto de energía para hacer cualquier cosa creando una suerte de “macros”, es decir, algo así como programas que se ejecutan automáticamente.

Durante el siglo antepasado, el biólogo Richard Semon llamó engrams a estos programas y los definió como la memoria física o huella mental creada por la exposición continua a un estímulo. Podemos imaginarnos a los engrams como un sendero que las neuronas “pisan” en tu cerebro al realizar una acción repetidamente. Mientras más veces realizamos esa acción, nuestro cerebro necesita menos energía para llevarla a cabo.

A veces, estos senderos se convierten en caminos y después en carreteras de alta velocidad. Por ejemplo, esta persona de origen chino que puede guardar una baraja mucho más rápido que un robot. Por un lado, esa es una habilidad fantástica, de veras. Pero, ¿Para qué gastar más energía si vas a llevar a cabo el mismo tipo de acción? Aun así, el lado no tan bueno de esa habilidad es la reducción de la plasticidad del cerebro. Lo que sucede es que mientras más usemos los engrams menos funcionan los ganglios basales en el cerebro; la principal función de esos ganglios es producir un neurotransmisor llamado acetilcolina que ayuda a las neuronas a “crear” nuevos caminos en medio de la jungla de información que hay en nuestro cerebro (algo como lo que está pasando ahora mientras lees esta frase).

Piensa en el camino al trabajo o a tu lugar de estudio, si sigues la misma ruta más de medio año tus acciones se vuelven tan automáticas que paralelamente puedes leer, escuchar música, responder correos electrónicos, etcétera. En tu restaurante favorito no necesitas “exprimirte” la acetilcolina y pensar qué vas a pedir para el almuerzo, porque ya conoces el menú de memoria. Con tan sólo ver la sonrisa falsa de tu amigo ya sabes que está pasando por un mal momento y no necesitarás esforzarte para descifrar esas señales comunicativas.

Pareciera entonces que no tiene sentido cambiar eso si está bien, pero la vida es una fuente inagotable de cambios que no podemos controlar, y necesitamos adaptarnos. En esta “carrera de camaleones”, sobrevive aquel que cambia más rápido de color de acuerdo al entorno y puede acercarse más al insecto que será su cena (y que durante el tiempo de crisis se hacen cada vez más escasos los insectos).

Pueden despedirte (por ejemplo, eso hicieron hace muy poco con miles de médicos): las tareas encomendadas en el lugar que trabajas pueden cambiar y podrían pedirte que desarrolles nuevas habilidades (y si no lo haces, pues te despiden). También pasaría si te enamoraras de una japonesa y te dan ganas de aprender japonés para poder hablar pacíficamente con sus familiares.

Por eso es necesario mantener la plasticidad del cerebro en buena forma. Imagínate que tu cerebro es como cemento que se secará y endurecerá dentro de algún tiempo.

Entenderás mejor la idea de los cerebros “endurecidos” si te fijas en la mayoría de las personas mayores de 70 años que no pueden configurar el reloj del horno de microondas, que miran con recelo todo lo nuevo, han realizado un mismo tipo de acción durante años y tienen ya “caminos” mentales que van allá. Esos “caminos”, en sus cabezas endurecidas, se han convertido en túneles dentro de las rocas y abrirse paso para llegar a la cueva vecina es prácticamente imposible.

Tu tarea es batir constantemente esa “mezcla mental”, no permitir que se endurezca. Tan pronto como nos relajamos y empezamos a usar los engrams, una parte de nuestro cerebro se endurece, y ni cuenta nos damos. 

¿Qué hacer?

He resaltado unas cuantas soluciones sencillas pero muy efectivas.

  • Vigílate. Si de repente sentiste malestar porque algo no es como solía ser, como por ejemplo que tu sitio favorito en internet cambió de diseño, o en el supermercado ya se acabó el yogur que tanto te gusta, agarra esa sensación por la cola y pregúntate ¿por qué no probar otro yogur?, o aún mejor, ¿por qué no empezar a prepararlo tú mismo?
  • No vuelvas a leer libros que ya has leído, ni vuelvas a ver películas que ya has visto. Sí, se siente muy bien entrar en ese pequeño mundo de comodidad: la vida e historia de personajes conocidos, ningún sobresalto, ya sabes cómo termina todo y puedes disfrutar cada detalle del que no te habías dado cuenta la primera vez, leer el libro en cuestión de una hora o ver toda una temporada de una serie en un fin de semana. Pero, al mismo tiempo, le estás quitando la oportunidad a nuevos libros y películas, para que te muestren algo completamente nuevo, le quitas a tu cerebro la posibilidad de crear nuevos enlaces neuronales.
  • Busca nuevas rutas. Intenta buscar nuevas rutas para ir al trabajo y, de regreso a casa, procura encontrar nuevas tiendas, cinemas y otros puntos en el mapa de tu vida. Puede que tardes un poco más, pero te puede traer cosas positivas, como el encontrar alimentos más baratos o menos gente en el cine.
  • Escucha nueva música. Si eres un melómano y en tu reproductor de música hay decenas de composiciones y te parece que tu gusto es muy rico y variado, temo decepcionarte, por lo general escuchamos sólo 50 o 100 pistas conocidas que nos generan bienestar por la misma razón: estamos acostumbrados a ellas y nuestro cerebro no necesita gastar energía extra para procesarlas y analizarlas. En el mundo hay cientos de miles de emisoras en línea, e incluso si cada día escuchases una nueva no te alcanzarían tus días para oírlas todas.
  • Busca nuevos amigos y conocidos. Claro, está muy bien cuando tienes amigos con quienes te gusta reunirte cada viernes y hablar del futbol o del último vestido de Beyoncé, eso es algo psicológicamente confortable. Pero después de todo, la mayoría de nosotros vivimos en una megápolis entonces, ¿para qué reducir nuestro círculo social a 4 o 5 personas que, además, no hemos elegido a voluntad, sino que aparecieron con las circunstancias como la escuela, la universidad o el trabajo? Las herramientas sociales inherentes en nosotros tienen una gran influencia en nuestra forma de pensar y a veces ocurre que bajo la influencia de unos u otros amigos pensamos diferente, nos interesan otras cosas e incluso cambiamos cosas importantes en nuestras vidas.
  • Ten hijos. Los niños son una fuente permanente de caos e incertidumbre. Ellos son un “mezclador” viviente para tu cabeza; destruyen todas las ideas preconcebidas y le dan otro camino a tus rutas establecidas. Tengo tres hijos de diferentes edades que cada día aparecen con nuevas preguntas, nuevos comportamientos y mentes inquisitivas que experimentan con todo a su alrededor. Ni notarás cómo se libera tu mente y empezarás a pensar de forma distinta a como solías hacerlo. Si por ahora no puedes tener hijos, puedes empezar con un perro: primero que todo un perro necesita que lo lleves de paseo (además, el aire fresco es muy bueno para el cerebro), en segundo lugar, te llevará a hablar con los dueños de otros perros; y tercero, también puede ser una fuente de caos. Mi perro, por ejemplo, corre tras las moscas y no presta nada de atención a los obstáculos que pueden estar en su camino.
  • Deja de criticar. “¡Pero qué diseño tan terrible!”, “¡qué mal han instalado el aislamiento!”, “¡qué incomodos estos nuevos sillones!”: Estos y millones de otros mensajes en Facebook, directo de los dedos de tus colegas y de los tuyos, son indicadores de resistencia a los cambios inesperados en la vida; cambios en los que por lo general no puedes influir, o podrías hacerlo si te esfuerzas mucho, y no valdría la pena. Estamos de acuerdo en que hay cosas más interesantes para hacer que pedir el libro de quejas y reclamos en el restaurante para protestar en contra de un mesero descortés. Para tu desarrollo propio sería mejor si aceptas los cambios y motivas a tu cerebro para que continúe viviendo en esa nueva realidad. Tus reacciones deben parecerse, al menos un poco, a esto: “¿Nuevo menú? ¡Fantástico, ya era hora de probar algo nuevo!”, “¿otra vez están arreglando las vías y tengo que buscar una ruta alternativa? Bien, entonces dentro de un mes habrá menos hoyos y mientras reparan creo que voy a conocer mejor este sector”, “¿un nuevo sistema operativo? ¡Súper! Ahora tengo un nuevo laberinto: encontrar el panel de control”.
  • Deja de ponerle etiquetas a la gente”. Ponerle etiquetas mentales a una persona en vez de analizar un poco por qué actuó de esa manera, dejarse llevar por la corriente y ponerle una etiqueta que lo defina con una u otra patología: “¿le puso los cuernos al marido? Pues es una zorra”, ¿bebe con sus amigotes? Está claro que es un alcohólico”, ¿ve el canal de cocina? Debe de ser del otro equipo. No, no y no…
  • Experimenta con los olores. Sin importar que la evolución haya relegado nuestros receptores olfativos a un segundo plano, estos tienen gran efecto en nosotros; si tienes una colonia que no cambias hace años, es el momento preciso para hacerlo. Y luego seguir cambiándola con cierta frecuencia.
  • Aprende idiomas. Y para eso no es obligatorio enamorarse de una japonesa, puedes encontrar otra motivación relacionada, por ejemplo, con tus intereses profesionales o tus hobbies. Las palabras en otro idioma y su relación con el campo semántico (lo que significan) siempre se diferencian un poco de tu lengua materna y por eso estudiarlas es el método más efectivo para fortalecer la plasticidad del cerebro (especialmente si vas más allá de las frases típicas del turista, y ahondas en las particularidades de la cultura).

No hay que olvidar que nuestro cerebro está construido de forma más compleja de lo que muchos piensan. Los engrams, que están relacionados con el escuchar una y otra vez la misma música, tienen que ver con nuestra forma de relacionarnos con los demás. Los nuevos olores de la comida en un restaurante pueden despertar en ti el deseo de analizar mejor las palabras y las acciones de tu ser amado (entender y perdonar). Y un paseo después del trabajo por una callecita que no conoces puede ayudarte a resolver mejor un problema laboral; por eso es mejor combinar todos los trucos que te enumeré antes.

Puede ser que un buen día dentro de 30 o 50 años cuando uno de tus nietos te traiga su nuevo artilugio con un montón de hologramas y sonidos, no vas a decirle: “¡Quita de mi vista esa cosa que hace ruidos!”, sino que le tenderás la mano diciéndole “¡Wow!», para luego preguntarle “¿cómo funciona y dónde me puedo comprar uno?”.


 

FUENTE: siliconrus

TRADUCCIÓN Y ADAPTACIÓN: Genial.guru