Hoy vamos a reflexionar sobre el arte de mentirnos a nosotros mismos. De manera desafortunada, eso nos ocurre a todos y con relativa frecuencia. Basta con mirar a nuestro alrededor para observar que las ‘automentiras’ son comunes en nuestro entorno.

Es natural querer evitar el dolor y  sentirnos bien por todo lo que hagamos. ¡Eso es bueno! Sin embargo, a veces pretendemos mostrarnos infalibles. No queremos ser vulnerables y, en ese afán por salir bien librados, nos autoengañamos y vemos la vida como si todo el mundo fuera ‘color de rosa’. De hecho, debo admitir que ese es uno de los grandes retos que encuentro cada vez que debo abordar algún tema de espiritualidad. Resulta fácil dar consejos y ‘ver los toros desde la barrera’, pero es muy complicada la tarea de poner tales consejos en práctica. No pretendo decir que tener una buena actitud sea malo; lo equivocado es creer que todo se soluciona como si no pasara nada. Poco podrá hacer el poder de la mente ante sucesos que nacen de la falta de voluntad, de la poca preparación o de la misma cobardía. Si no descubrimos las causas de nuestros conflictos y no los enfrentamos, aunque pretendamos que sean invisibles, se harán más grandes; incluso se multiplicarán en formas más sutiles. La verdad es que debido a nuestra extrema actitud positiva, no solemos ver las cosas tal y como son. Todo eso pasa porque, de manera literal, caemos en un error:

¡Nunca asumimos la realidad!

Con el debido respeto que el tema se merece, debo decir que eso es lo que a veces le pasa a muchos fanáticos religiosos. Ellos, como una manera de escapar de la dura realidad en la que se sienten impotentes, encuentran en esa parte espiritual un refugio en donde la vida material no representa nada y, por lo tanto, no hay que enfrentarla.

Siempre nos convencemos, de forma equivocada, de que no poseemos ningún problema de carácter, ni mucho menos vivimos duras situaciones afectivas. Por ende, siempre encontramos disculpas para ‘tapar’ nuestras angustias. El mecanismo del autoengaño hace que pongamos en un punto ciego de nuestra conciencia las cosas que realmente nos afectan. Construimos un ‘mundo ideal’, escondiendo nuestros desbarajustes. El hecho de suprimir el dolor a través de la tergiversación de la conciencia o creer que nada nos pasa, puede ser algo dañino. Y lo digo porque cuando nos comportamos así, en cualquier momento, la realidad sale a flote y nos ve frente a frente sólo para atropellarnos. Es ahí cuando fluyen pensamientos grises, sentimientos de culpa e ideas persistentes que, una vez desencadenadas, son imposibles de detener.

Muchos de nosotros tenemos la ‘capacidad’ de soportar el dolor enmascarando su impacto, pero no tenemos en cuenta que el precio que pagamos por ello es realmente caro y es oneroso, porque luego la misma mente nos pasa la cuenta de cobro con depresiones, ansiedades o vacíos. En cada una de esas áreas, el tipo de dolor que se aísla de la conciencia es cada vez más ‘refinado’ y se traduce en estrés, enfermedades y ráfagas de tristeza. Autoengañarnos siempre reducirá nuestra autoestima. No podemos alimentar nuestra cobardía que, al final, nos volverá más débiles. Nos corresponde aceptar las situaciones tal y como son y, por supuesto, enfrentarlas. ¡No hay de otra!

¡MIRARSE AL ESPEJO!

No hemos aprendido a mirarnos al espejo. Algunos no se ven como en realidad son, otros se la pasan encontrándose defectos que no tienen y no faltan los ilusos que se creen más lindos de lo normal. Hay quienes tienen la manía obsesiva de buscar la perfección en cada uno de sus reflejos.

Sea como sea, las imágenes son deformadas por nuestro cerebro para hacernos más o menos atractivos. Esta es una de las razones por las que algunas personas dicen no ser fotogénicas y sostienen que odian fotos de ellas mismas.

Debemos detectar los pensamientos de autoexigencia e irlos sustituyendo por otros más ajustados a la realidad, siendo conscientes de nuestros defectos y también de nuestras virtudes.


FUENTE: http://www.vanguardia.com/entretenimiento/espiritualidad/364065-autoenganarnos-es-el-gran