¿Somos una construcción social o así venimos ‘de fábrica’?

En su libro “The Gender Agenda: Redefining Equality” (La Agenda de Género: Redefiniendo la Igualdad), la conocida investigadora Dale O’Leary denuncia los excesos de la ideología de género, la cual considera que la masculinidad y la feminidad son simples “construcciones sociales”.

Según la ideología de género, el ser humano nace sexualmente neutro; más tarde es “socializado” hasta convertirse en hombre o mujer; esta “socialización”, según dicen los promotores de esta teoría, afecta a la mujer de una forma injusta y negativa.

Las feministas radicales ven a la mujer como la clase oprimida porque debe soportar los embarazos y ocuparse de criar a sus hijos. Por ello, su objetivo es deconstruir todos los modelos de comportamiento individual y social; incluidas las relaciones sexuales y familiares.  Y concluyen que la única forma de eliminar esa opresión es eliminar la maternidad como función femenina.

Piensan que las mujeres que desean casarse y tener hijos han sido seducidas y engañadas por los hombres. Las mujeres que no desean ese tipo de cosas se han liberado de tal engaño; esas “mujeres libres” tratan de liberar a las demás  –les guste o no– de sus deseos de familia y de maternidad. No era fácil que un programa tan opuesto a los sentimientos naturales de la mayoría de las mujeres arraigase así por las buenas, por lo que el feminismo radical adoptó una estrategia menos directa para imponer sus principios, como explica Dale O’Leary:

“Debido a que esa revolucionaria ideología no logró la adhesión popular, las feministas radicales comenzaron a poner la mira en instituciones tales como universidades, organismos estatales y las Naciones Unidas. Así empezó la larga marcha a través de las diversas instituciones. En las Naciones Unidas encontraron poca oposición. Los burócratas que llevan la gestión diaria suelen tener simpatía por los objetivos feministas, cuando no son activistas directas. […] las organizaciones feministas radicales han logrado imponer su programa con gran eficacia en la sede de las Naciones Unidas y en diversas conferencias de este organismo en todo el mundo […] por ejemplo, las feministas radicales controlaron la Conferencia de la Mujer de las Naciones Unidas, celebrada en Beijing en 1995.”

Precisamente gracias a esa Conferencia, la palabra “género” ha pasado en los últimos años a formar parte del vocabulario cotidiano, y la mayoría de las personas suelen identificarla erróneamente como sinónimo bien intencionado y elegante de “sexo”. Nada más lejos de su verdadero significado, porque precisamente la palabra “género” se ha impuesto en la fraseología feminista como negación de la existencia de “sexos” en el sentido tradicional de la expresión.

Mientras que por “sexo” entendemos una realidad biológica (los hombres son del sexo masculino y las mujeres pertenecen al sexo femenino), la expresión género “se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo”, según la definición que lograron imponer las feministas en la Conferencia de Beijing. Ser hombre o ser mujer, según esa definición, no tiene nada que ver con la realidad biológica, sino con las funciones que se han asignado socialmente a uno u otro sexo.

Por lo tanto, según esta ideología, el género es una construcción totalmente distinta del sexo: el hecho de que ahora exista una correspondencia mayoritaria entre ambos es fruto únicamente de las tendencias sociales. La naturaleza es neutra, argumentan los promotores de estas teorías, y no se nace hombre o mujer, sino que esta división es únicamente resultado de un proceso social. Al nacer, la sociedad nos asigna uno u otro “género” en función de nuestra configuración genital.

Tras esa asignación inicial, los niños son educados en la masculinidad y las niñas en la feminidad. Hombres y mujeres no existen como tales en estado natural, sino que son únicamente resultado de esos procesos o “construcciones sociales”. Por eso, las feministas de género tratan de imponer a toda costa una disciplina de “deconstrucción” de esos géneros “socialmente construidos”, a fin de que todos –hombres y mujeres– seamos absolutamente idénticos, con preferencias sexuales indistintas y roles neutros.

Está claro, pues, que para esta nueva “perspectiva de género”, la realidad de la naturaleza incomoda, estorba y, por tanto, debe desaparecer. Para los apasionados defensores de la “nueva perspectiva”, no se deben hacer distinciones porque cualquier diferencia es sospechosa, mala y ofensiva. Buscan establecer una igualdad total entre hombre y mujer sin considerar las naturales diferencias entre ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existen dos sexos, sino más bien muchas “orientaciones sexuales”.

Para el “feminismo de género” existen cinco sexos, como explicó Rebecca J. Cook, profesora de derecho en la Universidad de Toronto y redactora del informe oficial de la ONU en Pekín. En el documento elaborado por la feminista canadiense se afirma que “los sexos ya no son dos sino cinco”, por lo tanto, no se debería hablar de hombre y mujer, sino de “mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales y bisexuales”.

Dale O’Leary coincide con otros sociólogos al indicar que el “feminismo de género” se inspira en la interpretación marxista de la historia como lucha de clases. Por esto, la meta de los promotores de la “ideología de género” es llegar a una sociedad sin clases de sexo. En este sentido, las “feministas de género” consideran que cuando la mujer cuida a sus hijos en el hogar y el esposo trabaja fuera de casa, las responsabilidades son diferentes y no igualitarias; y entonces se establece una relación desigual entre opresor y oprimida. Lo que no encaja en ese esquema es la decidida preferencia de muchas mujeres por esa forma de “opresión”.

Según O’Leary, el “feminismo de género” es un sistema cerrado contra el cual no hay forma de argumentar. No puede apelarse a la naturaleza, ni a la razón, la experiencia, o las opiniones y deseos de las mujeres “normales”, porque las “feministas de género” insisten una y otra vez en que todo eso se debe a las “construcciones sociales”. No importa cuántos argumentos y datos se acumulen contra sus ideas; ellas continuarán insistiendo en que todo ello es, simplemente, una prueba más de la conspiración patriarcal generalizada contra la mujer.

 

Fuente: Entrevista a Dale O’Leary  -conocida investigadora de la Asociación Médica Católica de Estados Unidos que es autora de varios libros y multitud de artículos- en relación con el tema de género (“Gender – a new dangerous ideology”), publicada en Sunday Catholic Weekly Niedziela.