No eran cocineras profesionales, pero se les partía el corazón de ver que había niños que se dormían en clase por no haber cenado ni desayunado. Y montaron su propio comedor social.

Las doce protagonistas de esta historia han rechazado una vida cómoda, llena de viajes y actividades organizadas para personas jubiladas, para convertirse en las ‘chicas de oro’ de una cocina social en Zamora.

No, no son cocineras profesionales, sino simplemente amas de casa, madres de familia que entendían que un plato caliente no sólo alimenta el cuerpo sino que puede ser una declaración de amor, o de acogida o de acompañamiento.

No son unas heroínas, sino doce mujeres normales, que pensaban disfrutar de una jubilación tranquila después de una vida de trabajo, pero dos años después han puesto patas arriba el barrio de San José de Zamora con un comedor social que no sólo alimenta a gente que está necesitada o en el paro, sino que les visten con ropa de segunda mano.

La historia de estas Doce de la lenteja, o de la alubia, o de los tupper, nos pareció que era algo realmente positivo en medio de la vorágine de noticias tristes o agresivas que nos llueven a diario.

Tamara García Yuste, habló con ellas y reconstruyó los hechos. Raquel, de 75 años, le contó que todo surgió cuando las doce quedaban a tomar café y una comentó que había niños que se quedaban dormidos en clase, porque no habían desayunado ni cenado.

Gracias a la iniciativa que pusieron en marcha en abril de 2014, estas doce mujeres han conseguido servir diariamente más de veinte mil platos calientes a las familias necesitadas de su barrio.

La vida les ha cambiado a la doce. Porque cada día meten varias horas para poder dar de comer a tanta gente. Y han cambiado el barrio de San José, en el que han  generado una corriente de solidaridad que nadie podía imaginar unos años antes. Cocinan todo tipo de platos, desde verduras al vapor o carne a la plancha hasta guisos castellanoleoneses.

Como cuenta Raquel a Tamara seguirán preparando comidas hasta que el cuerpo aguante. Aunque hayan perdido parte de la tranquilidad que disfrutaban. Pero, por los menos, nadie en el barrio de San José volverá a decir que los niños se duermen en clase porque no han cenado  o desayunado.

Y todo empezó por el café que tomaban todas las tardes.

“Éramos un grupo de amigas jubiladas que íbamos a tomar café todas las tardes. Un día nos enteramos de que había niños que se quedaban dormidos en clase, porque no habían desayunado ni cenado. Por eso, pensamos que teníamos que crear un proyecto para ayudar a las familias con hijos de nuestro barrio que estaban en paro”, explica a Actuall, una de las doce, Raquel Cañaver, de 75 años.

Del dicho al hecho. Las doce jubiladas contactaron con la asociación vecinal de San José Obrero de Zamora que les prestó un local en el que instalaron una cocina con electrodomésticos de segunda mano.

¿De dónde salió el dinero?, del bolsillo de las propias jubiladas y de diferentes donaciones.

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“Como no teníamos un comedor grande, decidimos que las comidas se llevarían en un tupper y así también podrían compartir este momento en familia y sin sentirse como si recibieran limosna”, detalla Cañaver, que añade: “Ninguna de nosotras había cocinado antes, pero no podíamos quedarnos quietas mientras la gente de nuestro barrio no podía comer algo caliente”.

“La cocina social alberga  a gente de toda la ciudad. Vienen también estudiantes sin recursos” cuenta una de las jubiladas.

Aunque esta cocina social nació para ayudar a las familias del barrio zamorano de San José Obrero, “en estos momentos alberga a gente de toda la ciudad e incluso de pueblos cercanos. Vienen también estudiantes sin recursos”, relata otra de las jubiladas.

En estos dos años han pasado de servir comida para llevar tres días a la semana a hacerlo cuatro. “Cada día venían más de 200 personas. Por ello, tuvimos que aumentar la entrega de comidas a un día más, porque la situación se nos iba de las manos. Además, yo recordaba lo mal que lo había pasado durante la posguerra y no podía quedarme de brazos cruzados”, cuenta otra de las doce.

“Aguantaré hasta que el cuerpo resista.”

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Sirven una media diaria de sesenta menús para llevar, que constan de primer plato, segundo y postre. “Cocinamos todo tipo de platos desde verduras al vapor, carne a la plancha hasta guisos castellanoleonesés. A las familias les encanta todo lo que hacemos, aunque su plato preferido son las lentejas y las alubias”, se ríe Raquel. E incluso durante la época de Navidad, “la gente del barrio pudo disfrutar de los roscones, turrones y dulces navideños”, agrega.

Asimismo, las personas necesitadas reciben periódicamente leche, galletas, cacao y productos no perecederos para que puedan hacerse las cenas en sus casas, es lo que ellas llaman “la despensa”.

Pero no sólo de pan vive el hombre. Por eso la gente que acude a las doce jubiladas, también pueden beneficiarse de prendas de vestir de segunda mano.

Fuente: actuall.com