¿Cuántas veces hemos dicho esto al llegar tarde a una reunión, comida o junta de trabajo? Yo, en lo personal, no recuerdo cuántas.

Culturalmente somos impuntuales y estamos acostumbrados (incorrectamente) a que nos citen media hora antes a un bautizo, comida, boda o cualquier evento.

Es increíble que en nuestro país se otorguen medallas de asiduidad en las escuelas, bonos de puntualidad en las empresas y hasta prestaciones extras para nuestros asambleístas por no faltar a las sesiones, cuando esto es parte de la responsabilidad de un trabajo o etapa de la vida. La puntualidad es un hábito y, por lo tanto, puede aprenderse y mejorarse, pero primero tenemos que estar convencidos de lo que esto representa para nuestra persona y para quienes nos rodean.

Lo más valioso que tenemos como personas es la vida, y nuestra vida está compuesta por minutos, horas, días, meses y años.  Al no valorar nuestro tiempo y el de los demás, estamos restando importancia al mayor tesoro que tenemos.

Llegar a tiempo o no a una cita o actividad programada depende del interés que tengamos en la misma.

En general no llegamos tarde cuando la persona o el evento nos interesan.  Alguien sabiamente me comentó: “Si llegas diez minutos tarde a una reunión y hay cuatro personas esperando, no sólo fueron diez, sino 40 minutos los que te atrasaste”. Es una falta de respeto para todos.

¿Qué se esconde en nuestra personalidad que nos lleva a ser impuntuales? Puede ser inseguridad, baja autoestima, o bien, por pretender demostrar que somos personas muy ocupadas; también puede deberse a una falta de interés en lo que hacemos o bien, a un gran egoísmo o soberbia.

Descubramos qué hay en el fondo de nuestro comportamiento. El impuntual daña su imagen, impide su crecimiento personal y reduce la productividad en su trabajo; afecta la vida de quienes lo rodean y deteriora el respeto que los demás le tienen. En un medio en el cual la impuntualidad es cosa muy común, el ser puntual vale mucho.