La frase del título es la que utilizó Alexander Von Humboldt en el lejano 1804 para referirse a la impresión que le causó su llegada al Valle de México: un paisaje de ensueño, rodeado por sus bellas montañas y volcanes.

 

Durante los primeros días de marzo estuvimos cerca de respirar ese mismo aire, gracias a los fuertes y atípicos vientos que se produjeron en la Ciudad de México.

Y para nuestra triste sorpresa, después de esos días de claridad llegó una contingencia ambiental por altos índices de ozono como hacía más de 10 años que no se registraba. Ironías de la vida.

Todo esto confirma que nuestra ciudad ha sobrevivido a todo y sigue en pie a pesar de todo, y que probablemente tenga en sus habitantes a su peor enemigo, ya que no la cuidamos como lo que es: nuestra casa.

¿Y cómo va a ser otra cosa?, si es el sitio en el que vivimos y donde habitan nuestros recuerdos. Nada menos que el lugar donde nuestros padres crecieron y se conocieron.

Cuando pienso en la Ciudad de México me vienen a la mente miles de imágenes. Un estallido. Desde luego, veo el Parque Revolución en el que aprendí a andar en bicicleta. La antigua casa de mis abuelos, donde viví muchas aventuras. Están los conciertos, cantando a coro con la multitud, como si todos fuéramos una sola voz. Está doña Lola, que a pesar de sus años salía todas las mañanas religiosamente a recoger la basura con su inseparable perro. Aparece el Colegio Miraflores, del que me acompañan sus enseñanzas y amistades. La ocasión en la que descubrí el incomparable ‘Cien Años de Soledad’ de García Márquez, que me introdujo al mundo de la literatura, el cual me permite vivir más vidas de la que dispongo.

Digo Ciudad de México y me veo caminando por su Centro Histórico, mosaico único de gente y culturas. Escucho en ella sus sonidos, algunos en peligro de extinción, como el del carro de camotes o la mañanera presencia de los ricos tamales oaxaqueños.

Contemplo sus enormes rascacielos y los vestigios arquitectónicos de otras épocas. Las calles empedradas del sur y los paseos en el bosque de Chapultepec junto a sus museos de clase mundial. Veo sus tianguis de colores donde encuentras todo si sabes buscar.

Una ciudad que contiene tantas ciudades y puede ser vista desde tantas perspectivas, que cuando sales de sus límites difusos llevas siempre llevas un boleto de regreso en la mano: a ella, mi ciudad, mi casa.

Mi vida, con sus matices, puede ser la de todos. Esos días en los que sufrimos la contingencia ambiental me dejaron pensando. Nuestras acciones la están matando y con ella vamos sus habitantes de la mano. Toda nuestra vida y todos nuestros recuerdos. ¿No debiéramos amar un poco más a nuestra casa?

Como si fuera un patrón histórico, en México no buscamos soluciones gasta que los problemas nos alcanzan. Y no nos engañemos, la contaminación ambiental la producimos todos los habitantes, , sin excepción, de una u otra forma.

Medidas a tomar hay muchas, como cambiar nuestro modelo de movilidad: ninguna ciudad de estas proporciones es tan dependiente del automóvil como la nuestra. Hace falta realizar una enorme inversión en transporte público limpio, eficiente y suficiente, que no responda a conveniencias políticas. Es urgente regular el transporte de carga y las plantas industriales para disminuir las emisiones contaminantes, entre otras cosas.

Pocas veces he visto tanta polarización sobre un tema como en el del programa ‘Hoy No Circula’. Y dejémoslo claro, si fue una implementación que hace 25 años no resolvió el problema de la contaminación, no lo hará ahora. Para servir de algo debe venir acompañado de un plan integral que ofrezca alternativas inmediatas e incentivos a largo plazo.

Si algo bueno ha provocando una decisión tan autoritaria e impopular como la reinstalación del programa No Circula, es que la gente que nunca utiliza el transporte público voltee a ver la situación que viven quienes lo usan todos los días, para que se sumen a los reclamos para mejorarlo. Sería una buena idea que cada cobro del gobierno relacionado con el uso del automóvil se invierta en la mejora y ampliación del sistema público de transporte.

La contaminación ambiental aqueja a muchas de las grandes capitales. El año pasado, Madrid y París sufrieron estragos por ella, y las medidas y planeación para combatirla fueron mucho más drásticas; en ambos casos tenían un solo objetivo: retirar el mayor número de autos de las calles, principal fuente de emisión de contaminantes.

Nuestra ciudad es un modelo que sigue el resto del país, cada vez es más común ver construcciones de distribuidores viales o la presencia de tránsito pesado en ciudades en las que antes no existían. Estamos exportando un modelo obsoleto.

Si consideramos a la ciudad como la casa que es, estoy seguro de que poco a poco podremos darle la dignidad que merece y que nos merecemos. Impulsemos acciones desde el ámbito personal y público que contribuyan a que la Ciudad de México vuelva a ser la región más transparente.