La investigación conocida como ‘Panama Papers’ ha desatado un escándalo que hace templar a los clientes adinerados y poderosos del bufete panameño Mossack Fonseca.

 

 

Los resultados exponen la forma como políticos, empresarios, deportistas y otros famosos utilizan bancos, firmas legales y empresas como fachadas en paraísos fiscales para ocultar su dinero.

Los documentos confidenciales de Mossack Fonseca fueron obtenidos por el diario alemán Süddeutsche Zeitung, que compartió la base de datos con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), que a su vez coordinó una masiva investigación con 370 periodistas de 107 medios en 78 países.

Se trata de 11 millones de documentos que están sacando a la luz las cuentas de su lista, en la que se encuentran lo mismo evasores que dueños de fortunas de origen cuestionable. Los documentos muestran vínculos con 72 jefes de Estado actuales y pasados, incluyendo dictadores acusados de saquear sus propios países.

Involucrados directa o indirectamente están personajes del calibre de Leo Messi, futbolista del F.C Barcelona; el presidente argentino Mauricio Macri; el presidente ruso Vladimir Putin; la familia del primer ministro inglés, David Cameron; el presidente chino, Xi Jinping; el rey saudita; la infanta Pilar de Borbón, y miles de millonarios de diversas nacionalidades.

¿Cómo lo hacen?

Abrir una empresa cuesta 350 dólares en el Registro Público de Panamá. 10 mil dólares es el capital mínimo. El primer beneficio es que el nombre del dueño del dinero no figure. Los accionistas no aparecen en los registros, aparecen sólo los directores testaferros.

La empresa en el paraíso fiscal puede tener una cuenta bancaria en Panamá o en el extranjero. Eso cuesta 1,250 dólares de asesoría y trámites. Abrir una empresa de fachada en las Islas Vírgenes Británicas tiene un costo de 900 dólares,  más 400 dólares anuales.

Y las opciones son amplias. Un evasor puede abrir una empresa internacional que haga red con otras en Panamá, Reino Unido, Hong Kong, Islas Vírgenes, Luxemburgo o Seychelles.

Así, se pierde la llamada ‘eficiencia tributaria’ porque se hace difícil rastrear los capitales. Además, la elusión se hace igualmente a través de servicios como la “refacturación” que prestan empresas en los paraísos fiscales, otro sistema para enredar al Estado.

Y el verdadero escándalo es que muchos de esos casos descubiertos por el ICIJ son moralmente lamentables, pero no son ilegales.

¿Quién sale perdiendo?

Los que salen perdiendo frente a la evasión fiscal son los ciudadanos del mundo, lo que adquiere gravedad ante realidades como la pobreza que existe en América Latina y la crisis económica ibérica.

La evasión fiscal es parte de una realidad límite entre la legalidad y la inmoralidad. Para muestra, el 30% de la riqueza de todo el continente africano se ha depositado en cuentas offshore; se calcula que alrededor de 14 mil millones de dólares al año no entran al erario. Con esos recursos, 4 millones de niños africanos podrían tener asistencia sanitaria gratuita y todos podrían ir a la escuela.

La mezcla de deslocalización, evasión fiscal y salida de capitales juega contra la redistribución de la riqueza. Así, la cuenta la pagan los más pobres y los ciudadanos en general. 170 mil millones de dólares faltan para servicios públicos (escuelas, hospitales, alcantarillado, agua potable, comida, infraestructuras, desarrollo) debido a la evasión fiscal a nivel global.

Un reciente informe de Oxfam apeló a los líderes y a las instituciones mundiales a “definir reglas inmediatas para impedir la sustracción de recursos a la colectividad a través del uso de sofisticados mecanismos de evasión fiscal”.

Pecadores sí, corruptos no.

El papa Francisco ha tocado el tema actual de la evasión fiscal y de su distancia con la moral cristiana, porque como dicen los antiguos juristas romanos, “no todo lo lícito es moral”.

Ha instado a la “conversión que pasa por los bolsillos”, e invita a “hacer diferencia entre el pecador y el corrupto”, pues mientras “el primero reconoce con humildad ser pecador y pide continuamente el perdón para poderse levantar”, el corrupto “es elevado a sistema, se convierte en un hábito mental, en un modo de vida”. Y esa actitud toca varios ámbitos: empresarial, político, judicial y eclesiástico.

“El corrupto es quien peca, no se arrepiente y finge ser cristiano; quien se lamenta por la escasa seguridad en las calles, pero después engaña al Estado evadiendo impuestos. Con su doble vida, escandaliza”, afirma el Papa durante la entrevista con el periodista Andrea Tornielli (‘El nombre de Dios es misericordia’, 2016, Ed. Planeta).

“No es fácil para un corrupto salir de esta condición para realizar una reflexión interior. Hay que repetirlo: pecadores sí, corruptos no“, insta el Papa.

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