“Que me lo cambie por favor”. Y no es la frase del último artículo que compraste cuando fuiste al centro comercial sino de la expectativa que muchas personas expresan cuando, en un proceso de terapia de pareja, esperan que el otro haga los cambios necesarios para sentirse bien.

Cuando le pregunto a parejas desde cuándo se presenta cierto conflicto o desde cuándo empezó determinada conducta o actitud en su relación, se quedan callados, con un silencio muy particular, y dicen con voz pausada: “desde siempre”, con un tono de aceptación profundo, pero desesperanzados de que algo pueda cambiar.

Si pensamos qué nos gustaría que fuera diferente en nuestra vida matrimonial, generalmente emergen las conductas que nos alejan en el matrimonio por “culpa” de la otra persona, y no las nuestras.

Hay dos fórmulas para pedir una conducta o actitud diferente:

  1. DEBERÍAS + PASADO O COMPARACIÓN

“Deberías ser tan cariñoso como ellos, mira cómo se quieren”.

Y esta fórmula tan frecuentemente utilizada nos lleva al reproche, a la crítica, al pasado y a la comparación que sólo lastima y cierra la posibilidad de un panorama diferente, con nuevas actitudes.

  1. EMOCIÓN QUE GENERA EN MÍ + LA ACCIÓN

“Me hace sentir protegida, acompañada y tomada en cuenta cuando llegas del trabajo y escuchas con atención lo que te quiero compartir”.

Esta fórmula rescata lo positivo, hace saber que es posible mejorar y le presenta una motivación: el sentimiento de su pareja.

Por lo tanto, a mayor motivación menor desgaste. Éste es siempre el punto de partida. El cambio tiene una relación directa con la comunicación porque entonces expreso mis sentimientos y pensamientos y así puedo actualizar a mi pareja sobre quién soy yo al día de hoy. Desafortunadamente, nos actualizamos con amigos, con personas del trabajo, pero pocas veces con la gente que más amamos; pongamos esto como compromiso para poder compartir con nuestra pareja, en un ambiente de diálogo y sin interrupciones, nuestros miedos, anhelos y sueños. Esto puede generar sorpresa, dudas y seguramente, al final, aceptación, conocimiento y seguridad que sólo se obtiene cuando abrimos nuestro corazón y nuestra mente al cambio.

La aceptación plena implica amar al cónyuge con sus virtudes y defectos sin tratar de cambiarlo. Quien ama de verdad busca el bien del otro, fomenta su mejoramiento, lo cual implica una transformación, pero la intención debe ser el bien de quien se ama, no el propio.

Es de sabios identificar qué se puede cambiar, y conlleva una responsabilidad por la felicidad propia y la de los que están alrededor, como aquella oración atribuida a San Francisco de Asís: “Dios, concédeme la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia”.

Cuando renovemos la promesa de amar a nuestro cónyuge para toda la vida debemos decir: “ Te amaré en las buenas y en las malas… Y en los cambios”.

José Belío es coach, conferencista, especializado en terapia de pareja centrada en emociones y director del Instituto Juan Pablo II sede México.