El 23 de abril de cada año se celebra el Día Internacional del Libro porque ese día, de 1616, fallecieron dos de los mayores genios literarios de la historia: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Por lo tanto, este año la celebración es bajo el sello de lo excepcional, ya que se cumplen 400 años de su muerte.

Que estas dos cumbres de la Literatura hayan sido contemporáneos, vivido en países cercanos, que guarden ciertos paralelismos en sus obras, tengan épocas desconocidas en sus vidas y que hayan fallecido el mismo día, ha sido ocasión de teorías, estudios, análisis, conjeturas y hasta excitadas fantasías.

Carlos Fuentes, por ejemplo, se hizo eco del interesante ejercicio de imaginación basado en la suposición de que Cervantes y Shakespeare fueran una misma persona; Anthony Burguess escribió el cuento Encuentro de Valladolid sobre la posibilidad de una reunión entre ambos genios; hay obras de teatro y películas que juegan con la misma especulación, pero no hay un solo documento que certifique que se hayan reunido o que, siquiera, se conocieran. No obstante, la idea no deja de ser seductora.

Se sabe que Shakespeare leyó, cuando menos, la primera parte de El Quijote, pero más allá de eso, no hay testimonio sobre algún contacto entre ellos. Varios especialistas han encontrado ciertas similitudes en algunos de sus personajes, de ciertos pasajes y de sus estructuras literarias aunque, en la realidad, hay más diferencias que semejanzas, empezando por el hecho de que uno era novelista y el otro dramaturgo. Es más, al parecer tampoco murieron el mismo día; dicen que Cervantes falleció el día 22 y fue enterrado el 23, mientras que Shakespeare murió entre el 3 de abril y el 3 de mayo, ya que en aquella época el calendario juliano regía en Inglaterra y no había una concordancia con el gregoriano.

Quizá nunca se sepa con exactitud si se encontraron, si hubo algún contacto entre ellos, si se influyeron mutuamente, o si murieron en simultáneo; lo que sí sabemos es que a 400 años de sus muertes siguen siendo los más grandes autores de la literatura occidental, que están más vivos que nunca y que la mejor forma de reconocerlos es, y será siempre, leyendo sus obras, con la ventaja adicional de que quizá sean los más divertidos entre los clásicos.

Algunas de sus célebres obras, que nos permiten volver a ellos o acercarnos por primera vez, con ediciones en todos los idiomas y calidades, y accesibles a cualquier bolsillo, son: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, las Novelas Ejemplares, Los trabajos de Persiles y Segismunda, o La Galatea, de Miguel de Cervantes; Hamlet, Macbeth, El Rey Lear o Romeo y Julieta, y muchas más, de William Shakespeare.