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Desde la oscuridad: carta de una chica secuestrada por traficantes de personas

19 de abril de 2016

Hoy no sé si soy un fantasma o fui una fantasía, estoy en la obscuridad, no sé dónde encontrar la luz; hace algún tiempo, no recuerdo ya cuánto, estaba al lado de quienes me amaban y yo amaba; mi sonrisa, mis sueños, mis alegrías, mis vivencias y mis amores, se perdieron en un solo momento.

Era estudiante, si no de las mejores, tal vez una estudiante regular, tenía sueños, metas, objetivos; quería llegar ser una buena bióloga, y hoy, ni siquiera sé si soy alguien, si existo; estoy perdida en la oscuridad de mis recuerdos, no sé si estoy viva o muerta; sólo respiro frío, estoy muerta en vida, cada noche en esta oscuridad recuerdo a mis padres, que tal vez en algún momento llegaban a pelear conmigo, unas veces por mi demora, su gran preocupación. Me fastidiaba que estuvieran tan pendientes de mí, hoy me doy cuenta de cuánta razón tenían.

Ese día que todo cambio, nunca imagine que podía extrañar el sentirme molesta, las cosas no habían salido como yo deseaba; sin embargo, mi vida era buena, salía de la escuela pensando en todas las cosas que tenía que realizar, iba distraída pasando en cómo convencer a mis padres para obtener el permiso de aquella excursión, terminar a tiempo mis tareas y ver a Juan Carlos, mi novio; Dios ¿qué será de él?, ¿aún pensara en mí?. Ese día lo recuerdo bien, íbamos a vernos por la tarde para ir por el regalo de cumpleaños de su hermana, mi madre me había llamado para decirme que no tardara para que me diera tiempo de comer tranquila, ¡oh!, la voz de mi madre, ¿cómo estará ella?, pobre de mi madre, debe estar muy triste por mi ausencia; ese maldito día, ¿por qué no la escuche?, colgué con mi madre y me detuve a mirar un aparador, ¿de verdad había cosas bonitas?… ya no lo recuerdo.

Al terminar de hablar con mi madre mire un aparador, me gustaba mirar lo que había, no sé cuánto tiempo estuve mirando, de pronto un hombre se me acercó, me preguntó la hora, mire el reloj de mi teléfono, ya tenía mucho tiempo que no usaba un reloj de pulsera, eran las 2:45 p.m. Con una sonrisa amable me pidió una orientación de una dirección. El rumbo lo conocía y sabía que ese lugar que buscaba estaba cerca, a unas cuatro calles. Le expliqué cuál era la forma más sencilla de llegar; sin embargo, me pidió que lo guiara, me dijo que tenía mucha prisa por llegar a ese lugar y que no podía perderse, me dijo que su hija lo esperaba y estaba embarazada con trabajo de parto, tenía que apresurarse a ir por ella. Al ver su preocupación accedí a guiarlo. Me señaló un vehículo diciéndome que así llegaríamos más rápido, no atiné a pensar y decirle que no, me sentí presionada por la premura de llegar también a mi destino, sin imaginar que nunca llegaría.

Cuando subí al vehículo, me señalo el cinturón de seguridad, me lo coloqué y arrancó. Lo dirigí hacia la dirección que me solicitaba, de pronto tomó una calle que no iba hacia el rumbo mencionado y de la parte de atrás salió otro hombre que se encontraba escondido detrás del asiento, quien con una tela cubrió mi rostro. Yo gritaba diciendo que me ahogaba, mis gritos no fueron escuchados porque subió inmediatamente el volumen de su música. Sentí algo frío a un costado debajo de mi brazo izquierdo, era un cuchillo o una navaja, y con voz ronca el hombre de atrás me dijo: “Cállate o te mato”. Entré en pánico y sólo sentí que avanzábamos a gran velocidad, no podía ver nada. Al quitarme la tela del rostro me di cuenta de que me llevaban por rumbos desconocidos y de pronto perdí la noción del tiempo, estaba preocupada por mi familia, qué pensarían de mí al no llegar a casa, imaginaba que mi madre se iba molestar y que mi padre posiblemente me castigaría, se me haría tarde para mi cita con Juan Carlos.

Supliqué que me permitieran bajar del vehículo, pero no hicieron caso. De pronto se detuvieron en un estacionamiento oscuro, me bajaron y me subieron a otro automóvil, esta vez me taparon la boca con una cinta plateada que cubría toda mi boca y se me pegaba en el pelo, también colocaron cinta en manos y pies, me arrojaron a la cajuela, algo golpeó mi cabeza y me cubrieron con una cobija, sentía que me ahogaba, nunca me gustaron los lugares oscuros.

Oía voces, también había una mujer, nuevamente abrieron la cajuela y pensé: “se arrepintieron o se equivocaron”, “me dejarán ir”, no fue así. Sentí un fuerte golpe en mi pierna y pecho, algo me había caído encima, pensé: “Dios, otra persona está aquí”, no podía ver nada, sólo se escuchaban voces a lo lejos.

Viajamos en la cajuela mi “acompañante de tragedia” y yo, oía muchos ruidos, hacía mucho calor y el espacio era menor a causa de mi compañía misteriosa. Escuche abrirse un portón; entramos a una cochera, metieron el vehículo y me bajaron amenazándome con que si  gritaba me iban a golpear. Lloraba temerosa, trataba de no gritar; de pronto lo asimilé, estaba siendo secuestrada, nunca lo imaginé.

No pude ver a mi compañía de cajuela, sólo escuche comentarios y un golpe seco. Los comentarios eran: “ésta ya no aguantó”. No podía entender lo que sucedía, me aventaron a un cuarto con una colchoneta en el piso, escuchaba a otras personas llorando a lo lejos y empecé a gritar: De pronto un hombre diferente a los que me habían llevado en el vehículo entró y me golpeó hasta dejarme totalmente inconsciente, no sé cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, mis piernas estaban totalmente ensangrentadas, todo mi cuerpo me dolía, me habían golpeado tanto que cuando recobré el sentido no sabía si ese dolor que sentí en las entrañas era por los golpes o tal vez porque había ocurrido otra situación. Más tarde supe que fui víctima de una violación masiva, habían llevado a alguien para verificar si era virgen o no, y al darse cuenta de que ya no lo era, fui festín de los que nos vigilaban para no escapar; no quiero recordar ya, eso me duele.

Hoy sigo aquí en la oscuridad sin saber si estoy viva o muerta, si soy fantasma o fue una fantasía; sé que mi familia me busca, que mi madre y mi padre sufren por mí, no sé qué suceda con Juan Carlos, me imagino que debe tener ya otra novia. Dios, sé que mis padres seguirán buscándome por el resto de sus días y yo en esta oscuridad no puedo sentir más miedo, desesperación. Y aunque han pasado los meses, aún no me puedo acostumbrar a esta oscuridad; quisiera poder llamarlos, no tengo una forma de abrazarlos y decirles que los amo, más con mi pensamiento evoco esos momentos en los que estaba a su lado, aun con todos los problemas que pudimos tener, hoy quisiera tenerlos y decir: “eso no importa, lo importante es que estamos juntos, completos, y los amo”. Ojalá antes de esto hubiera valorado más a mis padres, valorado todos esos problemas y circunstancias que tenía que enfrentar; hoy no tengo nada que enfrentar, más que aceptar esta soledad, dolor e impotencia de no poder hacer nada, aceptar que hoy sólo tengo dolor, oscuridad, que no existo, que mi vida ya no existe, que no tengo ya sueños por cumplir ni metas que realizar, que mamá y papá ya no pueden regañarme; cómo añoro esos regaños, esa sopa caliente en casa, esas peleas con mis hermanos por el control de la televisión.

Sé que me buscarán, sé que llorarán por mí y yo hoy quiero decirles que me duele no poder abrazarlos, pero quiero pedirles que oren por mí, que tal vez Dios en algún momento me dé esa luz para encontrar el nuevo camino a casa. Por el momento, no pierdan la fuerza, no pierdan la fe, cuiden de mis hermanos, cuiden de ustedes mismos, en esta oscuridad donde estoy no quiero encontrarlos, quiero volver a verlos en la luz del mundo, sonriendo, felices, con nuestros problemas que resolver y nuestros triunfos que festejar; sólo, no pierdan la fe.

A mis amigas, quiero decirles que nada en el mundo es tan difícil como lo que hoy vivo, cuídense, no actúen a la ligera, una decisión puede salvarles la vida o llevarlas a la más profunda oscuridad.

 

 

Fuente: http://www.sabersinfin.com/articulos/de-lo-cotidiano/13298-desde-la-obscuridad
Imagen: vanguardia.com.mx
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