Ideas que están matando a la Humanidad. Zoológicos que exhiben seres humanos, un académico que expresa públicamente su deseo de que el 90 por ciento de las personas perezca de ébola, turistas suicidas, abortos ‘post-nacimiento’… ¿hacia dónde va el mundo?

En su libro ‘TheDeath of Humanity: And the Case forLife’ (La muerte de la Humanidad: y el caso por la vida), Richard Weikart –profesor de Historia de la California State University –Stanislaus– examina las corrientes intelectuales que producen estos impactantes fenómenos y defiende la santidad de la vida humana. En esta entrevista, Weikart responde algunas preguntas sobre el tema:

“La muerte de la Humanidad” es un título sombrío. ¿De verdad están tan mal las cosas?

Muchos intelectuales y académicos intentan asestar un golpe mortal a la visión judeo-cristiana sobre el valor de la vida humana. Puedo dar docenas de ejemplos de pensadores seculares que han promovido ideologías deshumanizantes. Algunos nos ven como máquinas, otros como animales producidos a través de millones de mutaciones a lo largo de eones de tiempo. Muchos piensan que los humanos somos un accidente cósmico sin valor, significado o propósito. Estas ideas fomentan actitudes hostiles hacia la vida, llevando a la fácil aceptación del aborto, el infanticidio, el suicidio asistido y la eutanasia. El fallecimiento de la idea de “humanidad” lleva al asesinato de individuos reales, frecuentemente a manos de los propios médicos.

¿Es necesario presentar un caso para defender algo tan inevitable como la vida misma?

Es necesario, porque en nuestros días se argumenta que la vida humana no tiene un valor especial. Una de las maneras de fundamentar ‘mi caso’ es mostrando que incluso aquellos que niegan que los humanos tenemos un valor intrínseco, a veces suelen reconocer que la vida humana tiene un valor.

Por ejemplo, Jerry Coyne, biólogo evolucionista de la Universidad de Chicago, declaró: “A pesar de que casi todos consideran que es humano – y hasta moral – terminar con la vida de nuestras mascotas enfermas, hacer lo mismo con las personas es considerado asesinato.” Se burla de la idea de que los humanos sean cualitativamente diferentes de los animales o tengan más valor que éstos. Sin embargo, el propio Coyne se mostraría horrorizado al sugerir que se consigne a todos los indigentes de una ciudad, se les esterilice y encarcele hasta que alguien los lleve a vivir a su casa, y que de no haber nadie dispuesto a hacerlo, se les aplique la eutanasia. Pero, ¿acaso no es así es como se trata a los perros callejeros?

Coyne y otros intelectuales necesitan comprender que su filosofía lleva a conclusiones insostenibles, lo cual debiera hacer que cuestionen y luego desechen algunas de sus falsas presuposiciones.

¿Qué significa el término ‘santidad de la vida humana’?

Toda sociedad comprende la ‘santidad de la vida’ en algún nivel, porque todas prohíben el asesinato. Sin embargo, muchas restringen la moral de la comunidad, dejando a algunas personas vulnerables a la depredación, a la opresión e, incluso, a la muerte. Hay sociedades que condicionan a algunos por su raza (o sus creencias religiosas). En la nuestra, se presiona para que se defina a los niños no nacidos y a las personas con alguna discapacidad como ‘no personas’.

La tradición judeo-cristiana promueve la ‘santidad de la vida’, pero también otras religiones y filosofías han levantado la voz para defender el valor que tienen todos los seres humanos por igual.

Los secularistas podrían objetar que las guerras y la opresión que marcan la historia de la cristiandad sugieren todo menos la ‘santidad de la vida humana’.

Encuentro irónico que los secularistas, que con frecuencia niegan que exista la moral objetiva, se tornen tan moralistas cuando confrontan a la cristiandad. Aparentemente comprenden –contra su propia visión del mundo– que matar y oprimir está objetivamente mal.

El ateo Richard Dawkins fue cuestionado en una ocasión sobre su moral relativista y éste contestó: “¿Qué nos hace pensar que Hitler no tenía razón? Quiero decir, ésa es una pregunta genuinamente difícil de responder.” No obstante, mientras que Dawkins encuentra dificultades para condenar las atrocidades de Hitler, no tiene problema para atacar al cristianismo (y otras religiones) por ser inmorales.

En tanto que los secularistas no tienen fundamento moral para condenar nada como “inmoral”, el cristianismo tiene los recursos morales para condenar las injusticias, ¡aun cuando sean perpetradas en nombre del propio cristianismo! De hecho, Jesús nos previno acerca de los falsos profetas que vendrían en su nombre y engañarían a mucha gente (Mateo 7:15-23; 24:23-24). Desde su inicio, el cristianismo reconoció que no todo lo hecho en nombre del cristianismo sería moral, sino que cada acción debía ser juzgada según los estándares eternos de Dios. Como cristianos, necesitamos reconocer y condenar los abusos cometidos por quien sea, tanto si se llaman a sí mismos cristianos como si no.

¿La gente se sigue cuestionando el significado y el propósito de la vida?

Muchos de los intelectuales niegan directamente que exista un significado o un propósito en la vida. Bertrand Russell, uno de los más influyentes filósofos ateos del siglo XX, enseñó públicamente que la vida carecía de significado. Sin embargo, en 1916 escribió en una correspondencia de carácter privado: “El centro de mí es siempre y eternamente un terrible dolor –un curioso y salvaje dolor–, una búsqueda de algo más allá de lo que contienen las palabras, algo transfigurado e infinito –la beatífica visión–Dios–, no lo encuentro, no pienso que pueda ser encontrado –pero el amor por ello es mi vida– es como un amor apasionado por un fantasma.” Ésta fue una sorprendente confesión, pues muestra que Russel reconocía en algún nivel que su visión del mundo era inadecuada.

La respuesta más frecuente de los filósofos secularistas es que somos las personas las que damos un significado y un propósito a nuestra propia vida, pero eso implica que ese significado es algo ilusorio.

Hoy en día los científicos intentan moldear nuestro destino.

En mi libro no sólo examino el movimiento eugenésico de finales el siglo XIX y principios del XX, también discuto el movimiento transhumanista que hoy intenta tomar las riendas de la evolución. Irónicamente, la idea de que podemos ‘mejorar’ la evolución natural y promover un progreso evolucionario implica que ahí existe una meta más elevada, pero eso está fundamentalmente en conflicto con una visión naturalista del mundo en la que no hay metas intrínsecas o propósitos en el proceso.

Buena parte de su libro trata de la evolución de las ideas que han llevado al actual ataque de la santidad de la vida. ¿Qué explica, por ejemplo, el poder del movimiento abortista en el mundo actual?

A medida que la secularización aumenta en los círculos intelectuales se adopta la visión de que el placer, incluyendo el placer sexual, es la meta más alta en la vida. Un capítulo de mi libro trata ‘el amor al placer’, en el que discuto, entre otras ideas, el florecimiento de la filosofía utilitaria, que enseña que ‘el placer más grande para el mayor número de personas’ es la medida de la moralidad. Para muchos pensadores, los humanos son meras máquinas buscadoras de placer.

No es coincidencia que las leyes que permiten el aborto en muchos países vengan de la mano de la revolución sexual. El aborto por libre demanda es una forma de proteger y promover la indulgencia en la moralidad sexual.

La historia que hay detrás ayuda a comprender el pantano moral en el que estamos hoy inmersos. Sin embargo, mi libro es más que un libro de historia. No sólo explica, también critica muchas filosofías e ideologías vigentes.

Pero mi objetivo no es condenar, sino confrontar los problemas. Se necesita hacer más que quejarse de nuestra sociedad. Podemos cambiar este mundo si decimos la verdad con valor, pero con humildad y amor.

 

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