Actualmente, es muy común encontrar a personas ya no tan jóvenes, padres de familia, que son adictos al Whatsapp.

Personas que antaño, cuando aparecieron los smartphones, no dejaban de preguntar cómo se hacía esto o cómo se hacía lo otro, ahora lo utilizan, incluso, con la misma frecuencia que los más jóvenes, que fueran tan duramente criticados.

Sin duda, esto no es un problema, al contrario, es algo positivo ya que implica que mucha gente empleará ahora la tecnología a su favor y le sacará profundo provecho. Sin embargo, el conflicto llega cuando ese medio que puede ser provechoso se convierte en una “jaula de arpías”, como lo son algunos grupos de padres en las escuelas hoy en día.

Cuando los chats se convierten en un medio para preguntar sobre todas las tareas y detalles del día a día de los niños, se vuelven algo dañino e intrusivo. El estar al tanto todo el tiempo de lo que deben o no hacer los niños es una gran falta de confianza en ellos y es, a la vez, una privación de su libertad. Ahora los niños no sólo tienen que lidiar con los problemas con compañeros o maestros, sino con los padres entrometidos que constantemente pelean o compiten en este medio y que, por lo general, terminan por hacerlo todo público.

Los padres opinan constantemente opinan como si fueran los responsables absolutos, no sólo de los niños, sino de la escuela como tal. Diversos comentarios y recriminaciones en cuanto a cómo se maneja la escuela, los exámenes y las tareas, se hacen presentes. Sin embargo, es posible que esa opinión sea externa y que los hijos no necesariamente concuerden con ella. ¿No debería ser la opinión del niño la que cuente por encima de todo? Si él se encuentra bien con su entorno, ¿por qué el padre debería entrometerse y decir lo contrario? Es fácil intuir que esto sucede, por lo general, porque los adultos creen que los niños son incapaces de tener una opinión válida en los asuntos “importantes”. Sin embargo, perdemos de vista que ellos tienen una visión mucho más objetiva y clara que los adultos en muchos casos.

Esto representa un tipo de sobreprotección que, de acuerdo con la Sociedad Psicoanalítica de México, tiene consecuencias en los niños, tales como: sentimientos de inutilidad, falta de autoestima, insatisfacción por los logros propios, egocentrismo, necesidad excesiva de atención, falta de iniciativa propia y de creatividad, entre otras cosas, que afectarán su manera de relacionarse con el entorno. Esta intrusión en la vida de los niños puede relacionarse con el ansia por mantener intactos el honor y el orgullo propios; es decir, los padres intentan controlar a los hijos para quedar bien ante la sociedad.

En estos casos, el padre tratará de que cada tarea esté hecha a tiempo y con gran calidad para que, evidentemente, su hijo sea el mejor de la clase y los demás se queden boquiabiertos. De esta manera, quien se ocupará de hacer los deberes será el padre o la madre del niño, que no sólo no debería de hacerle la tarea, sino que sólo la hará para su propio beneficio. Esto propiciará en el niño una actitud apática y desinteresada hacia sus deberes. Después de unos meses no será raro que los mismos padres cuestionen al maestro por ello, pues asumirán que la culpa es de la escuela.

El siguiente paso es comenzar a comparar las calificaciones de los exámenes y de cualquier tarea. Esa competitividad en la que los niños no tienen nada que ver, los daña más de lo que creemos. El clásico: “A ver Juanito, enséñales cómo ya sabes sumar antes que todos los del salón”, les resulta estresante desde muy pequeños, lo que los puede llevar a alejarse emocionalmente y buscar de manera obsesiva el orgullo de sus padres, aunque esto conlleve no hacer lo que quieren.

Por si no fuera suficiente con la rivalidad entre papás, muchas veces los maestros se ven involucrados. Los motivos son variados y puede que ni siquiera tengan que ver con los métodos de enseñanza, sino con razones personales. Este grupo de voces al estilo “hidra de mil cabezas” virtual, no tiene piedad con estos entes aparentemente sin alma llamados profesores. Un sinfín de insultos caerá sobre ellos si por alguna razón se les ocurrió llamarle la atención a uno de los “pimpollos” de mamá.

Así es como, de repente, el niño sufre de un terrible estrés no sólo porque debe lidiar con esa tremenda carga que implica crecer, sino porque sus padres han hecho de su vida un caos en el que él poco tuvo que ver.

El Whatsapp no tiene la culpa de esto, la tienen los padres que no han aprendido a utilizar de manera responsable y cuidadosa los medios que la tecnología les ofrece.