Admito que soy una termita irredenta: igual disfruto una quesadilla en un puesto callejero que un filete Wellington en el mejor restaurante. Y ese déficit de selectividad tiene sus riesgos. El lunes, por ejemplo, dejé el coche estacionado a una cuadra de mi destino y al ir caminando llegó a mí el olor de un comal donde la ‘marchanta’ estaba friendo ¡gorditas de chicharrón!

Bien me decía mi madre: “Nunca salgas de casa sin desayunar”. La tentación fue irresistible. “¿Para llevar o para comer aquí?”, me preguntó la señora de trenza y delantal, que con la diestra manejaba el tortillero y con la zurda el dinero. “¡No lo hagas! – gritó una voz en mi interior – Esa cosa tiene como mil calorías, dos litros de grasa, un kilo de colesterol y doscientas variedades de microorganismos patógenos listos para la guerra.”

         Tardé unos… cinco segundos en acallar a la entrometida voz y me dirigí muy resuelta a una de las dos mesitas de plástico con logo de Coca Cola que llenaban el minúsculo local. Reprimí una sonrisa culpable mientras ordenaba: “Deme una gordita de chicharrón con crema, queso, poquita salsa y una Coca de dieta (50 calorías menos son 50 calorías menos).”

         Mientras preparaban mi orden en el comal rebosante de aceite megasaturado y polirrequemado, me dediqué a observar el entorno, lo cual es una pésima idea cuando estás metida en un lugar así. Desde luego que no le otorgarían el Distintivo H y dudo que la propietaria supiera qué demonios es eso.

         De pronto entró en mí la cordura: “¡Qué estoy haciendo aquí!, aún estoy a tiempo de inventar una excusa y salir corriendo….” Estaba a punto de fingir que recibía una llamada urgente de la Presidencia de la República reclamando mi presencia o algo parecido, cuando la ‘marchanta’ sacó mi gordita del fuego y la sirvió sobre un papel de estraza en un plato de plástico. El pedazo de papel seguramente cumplía dos funciones: absorber algo de aceite y disimular lo que habría abajo…

         Demasiado tarde para huir, hubiera lastimado los sentimientos de la chef. Mis ojos se abrieron como platos al observar la destreza con la que simultáneamente cubría con una mano (de cuyas uñas no quiero acordarme…) mi futura comida, mientras con la otra la abría por la mitad usando un cuchillo que previamente ‘limpió’ con un trapo (que en otra vida debió ser blanco). Una vez que rellenó el masacote de maíz con todo menos lechuga (no fuera a ser que no estuviera bien desinfectada), la plantó frente a mí con ‘aigre’ triunfal.

         “Pretende que tienes prisa, pide que la envuelva para llevar y tírala en el primer basurero que encuentres…”, ordenó mi voz interior; la sensata, claro, porque tengo otra voz que es más ‘alivianada’ y siempre ve el lado positivo de toooodo: “No te preocupes, lo que no mata engorda. Además, existen dos posibilidades: una, que acabes con una gastroenteritis en el hospital (20 %); otra, que se fortalezca tu sistema inmune, algo así como si te aplicaran una vacuna ‘Múltiple’ (80%)”. El porcentaje de riesgo no era muy científico, pero tampoco lo soy yo, así que ¡me la zampé!, convencida de que no me haría daño por una simple y muy lógica razón: si las fritangas callejeras fueran asesinas los mexicanos estaríamos en proceso de extinción.

         Y aquí estoy, dos días después, más fresca que la lechuga que desdeñé: no me pasó naaaada. El único precio que tuve que pagar por el ‘destrampe’ gastronómico fue extender media hora mi sesión de Power Walking en el parque (después de amordazar a mi voz interior No. 2 que insistía en dormir media hora más), porque dicen que “somos lo que comemos” y yo no quiero ser una gordita.

-Elena Goicoechea