Hace unos días fui con el fotógrafo Lauro Bautista a la primera sección de Chapultepec con el fin de tomarle fotos a la Casa del Lago. Necesitaba algunas imágenes muy buenas para acompañar un reportaje sobre este romántico y afrancesado capricho de don Porfirio Díaz.

La idea surgió de una foto que por azares del destino tomé hace unos meses, cuando buscaba la librería Porrúa donde a las ocho de la noche tendría lugar la presentación del libro de mi amiga Mayte Prida. Como está adentro del Bosque, decidí dejar el auto en el estacionamiento del Castillo sin imaginar lo lejos que estaba.

El ‘viene-viene’ me aconsejó tomar un atajo. Siguiendo su consejo, en vez de caminar por la acera de Paseo de la Reforma -como hubiera hecho cualquier persona civilizada-, emprendí una caminata a través del bosque que me pareció eterna. Emperifollada y con tacones altos, terminé como Caperucita, yendo por el camino más largo. Lo bueno fue que llegué con media hora de anticipación y todavía había luz, pero el entorno estaba muy solitario.

Me invadió una sensación extraña al recorrer la calzada flanqueada por puestos vacíos. A punto de anochecer, sentía una mezcla de temor y paz, pero estaba tan bonito el paseo que decidí disfrutarlo. Lo peor que podía pasar… decidí que no me iba a pasar. Lo malo fue que me perdí entre tanta vereda. Al llegar a una esquina, torcí en la dirección que me pareció más lógica, guiada por los rascacielos que aparecían en el horizonte.

Fue entonces cuando apareció el Lago Mayor ante mis ojos y, a lo lejos, un hermoso palacete blanco que parecía sacado de una novela de época. Una visión de ensueño, un momento mágico, donde todo se conjuntó: el viento se detuvo, el lago se convirtió en espejo y los lejanos rastros de modernidad se ocultaron tras la vegetación, dejando como única protagonista a la casa blanca replicada sobre el agua. En ese instante, el sol hizo lo suyo y decidió detener su descenso en el ángulo preciso para prender fuego a la escena.

Nada entonces fue más importante que robarme la escena. El mundo podía esperar. Hurgué en mi bolso para sacar mi teléfono sin apartar la vista del horizonte y disparé. Sólo una foto, no hizo falta otra. Una vez que se diluyeron los últimos rayos de sol en la superficie del lago, retomé el camino hacia el mundo real. Llegué justo al inicio de la presentación del libro.

De aquella fotografía surgió uno de esos diálogos que solemos entablar Fernando Guerra Villasana y yo cuando descubrimos algún detalle, rincón o edificio que logre picar nuestra curiosidad. “Alea iacta est”: la suerte estaba echada. Haríamos un reportaje sobre la Casa del Lago.

Yo organicé la expedición para ir en busca de la escena mágica, esta vez acompañada por un fotógrafo profesional. Como ya estoy curada de espantos con la burocracia, me  vi muy precavida y le pedí a mi asistente que tramitara toda la ‘permisiología’ requerida para poder fotografiar la casa por dentro y por fuera. Llegamos con la autorización en mano. ¿Por qué no me sorprendió que nos negaran el acceso?

Hace tiempo que el recinto es administrado por la UNAM y se destina a actividades culturales y eventos privados. El guardia nos impidió el paso y nos mandó a unas oficinas contiguas con la burócrata a cargo, quien, disfrutando el exiguo poder que da a los insignificantes el poner trabas, rechazó el permiso por no contar con la firma del jefe indicado.

Muy diplomáticamente le respondí que en ese caso sólo tomaríamos fotos del exterior. “No es posible”, replicó. “Sin problema, las tomaremos entonces desde la calzada”, acepté sin darle el gusto de rogar, pero me preocupaba que se perdiera el detalle al sacarlas de tan lejos. “Tampoco, se meterán en problemas si las publican sin permiso”. “Qué barbaridad, no me diga, qué bueno que nos avisa, es usted taaaan amable…, regresaremos otro día”. Fingí que me importaba mientras improvisaba un plan B.

Ajá… Dos pasos adelante, le dije a Lauro, mi fotógrafo: “¿Y si alquilamos una lancha?” Intercambiamos miradas de complicidad, pelé los dientes: “¡Hecho! Yo pago la lancha y tú remas”. Un niño estrenando juguetes no se hubiera puesto más feliz, ¡resultó que remar es su hobby desde los nueve años!

Como el resto del bosque, el lago estaba casi vacío. Un miércoles por la tarde sólo andan por ahí turistas y alguno que otro despistado. Nos pusimos los salvavidas reglamentarios y nos embarcamos en la patoaventura.

Lauro resultó un maestro con los remos. Mi función se limitaba a mantener la posición del bote cuando se detenía para disparar la cámara, así como sugerir tomas.

Nos acercamos hasta la orilla de la casa cual piratas para sacar las fotos que nos dio la gana por todos los ángulos posibles. Cuando apareció en la balaustrada el mentado guardia, a la cuenta de 1… 2… 3… le dedicamos una partida de brazo y soltamos la carcajada. Afortunadamente, la casa no cuenta con cañones para hundir piratas.

Pasamos una hora mega divertida como niños de pinta. Cuando no quedó de otra que entregar el bote por ser hora de cerrar, todavía nos quedamos otro rato como polizontes agazapados en el muelle. No me quería ir sin que Lauro captara con su lente profesional el mismo momento mágico que yo atrapé en mi foto meses atrás, de modo que le rogamos al sol que se pusiera antes de que echaran llave a la reja del embarcadero (dormir con los patos no estaba en el plan).

“¿Cómo ves ésta?… No, ahí no, se ven los rascacielos al fondo, muévete a la izquierda… El sol debe bajar un poco más… La luz debe ser más dorada… Vamos a esperar un poquito más, ya casi… Ven, si te subes a la barda esquivas aquel letrero…” Lauro es un encanto, no sólo no me alucinó, sino que lo disfrutó igual que yo, ¡nos divertimos como enanos! Al final, reconoció que para él no había sido un trabajo, sino una tarde libre. Perfecto, ¡no me cobres!, le dije. La verdad es que para mí también fue una escapada mágica. Incluso, me propuse volver algunas tardes a remar: una hora flotando en el lago resultó más relajante que una visita al spa. Sé que nunca lo haré, pero fue bonito proponérmelo…

Mientras tanto, Fernando Guerra escribía el artículo. Gracias a que no sólo es un avezado aficionado al arte arquitectónico, sino que además tiene un ojo clínico conectado a una memoria fotográfica, hizo un descubrimiento muy interesante al comparar las fotos de Lauro con un edificio que aparece ilustrado en una vieja edición de la que cual guarda un ejemplar en su biblioteca. De ello y otras curiosidades da cuenta su artículo.

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