El papel de la mujer ha cambiado muchísimo. Si retrocedemos tres generaciones vemos que muy pocas de las mujeres nacidas en los años treinta trabajaban o estudiaban, se casaban muy jóvenes y se dedicaban de lleno a su casa. En aquel entonces, el promedio de hijos era de siete.

Con las mujeres que nacieron en los años cincuenta y sesenta se inició el cambio: empezaron a estudiar, a formarse, a trabajar, a votar. Las oportunidades de trabajo y realización se incrementaron. Las familias se vieron reducidas a dos o tres hijos. Apareció también el movimiento feminista y con ello, una nueva forma de vida.

En general, las mujeres jóvenes de hoy estudian, muchas terminarán una carrera y una maestría, piensan trabajar, el número de hijos que desean es de uno o dos y  no se quieren casar a temprana edad. En fin, su vida es muy diferente a la de sus abuelas y mamás. No obstante, al cabo de los años, vemos que muchas mujeres terminan agotadas, estresadas y hasta deprimidas. El cambio de la mujer es algo maravilloso, pero hay un gran riesgo de caer en un desequilibrio de vida si descuidamos nuestra esencia como mujeres, así como nuestro importante rol como madres y esposas.

Lo mejor es vivir un “feminismo en equilibrio”, lo cual significa realizarnos en el campo laboral, pero también en el ámbito familiar y personal, sin permitir que el feminismo radical nos llene de ideas absurdas, como la de competir con los hombres y hasta vivir confrontadas con ellos.

En su libro “El feminismo ha muerto ¡viva la mujer!”, Josefina Figueras concluye de una forma simple, pero muy profunda, que  “la mujer es, sencillamente, una persona destinada a construir, junto con el hombre y con iguales derechos y oportunidades, una sociedad más justa, digna y equilibrada. La toma de conciencia de la dignidad personal de la mujer es lo que debe presidir el feminismo de los nuevos tiempos”.

La vida es muy corta, hay que aprovecharla al máximo, pero también ¡gozarla en su totalidad y con equilibrio!