Su concepto ha cambiado en unos miles de años. La soledad no es la palabra, es un lugar, es una situación, es un sentimiento. A través de ella hemos visto infinidad de logros del pensamiento. Son pocos los eurekas que se gritaron en conjunto, no recuerdo ni una gran novela escrita a más de cuatro manos. Quizá, ni siquiera los esfuerzos entre Borges y Bioy Casares. Los asuntos del alma y la mente son de uno, en soledad. Por la presencia de la soledad aprendimos qué es la desgracia. ¿Pero cuál es la presencia de la soledad? ¿Por qué un concepto que se acerca al vacío puede ocupar un espacio tan grande en las conciencias y dictar el devenir de los individuos? Porque la soledad pesa en las sociedades.

La soledad tiene un halo de egoísmo y, al mismo tiempo, de desesperanza. En mi caso, soy incapaz de imaginar la vida sin los extensos momentos en los que me encuentro solo, escribiendo y leyendo durante diez o doce horas diarias. La disfruto. Es una especie de reclusión de la que dependo y que busco, es una soledad opuesta a lo que se llega ver como el triunfo de la civilización. Pero la civilización ha sido el vehículo esquizofrénico de la soledad. Mi soledad es el resultado privilegiado de una decisión, otro tipo de soledad es martirio.

Antes de llamarse soledad ya era el peor de los castigos. En la Grecia antigua se excluía a quienes se consideraban peligrosos para la comunidad. El rechazo a esos individuos fue el ostracismo. Su distancia era la penitencia, la no aceptación dentro del grupo, la definición de imparidad ante los otros. Aunque sin el reconocimiento del paria a la otredad del excluyente no habría soledad.

En la Edad Media la soledad equivalía a la figura del desierto. Un lugar donde la ausencia de elementos lo hacía idóneo para la reflexión, que para esos años era cosa de religiosos. Sólo ellos tenían el tiempo y las condiciones necesarias para permanecer encerrados dentro de sí mismos y pensar. En esa época la soledad no hacía referencia al sentimiento de los hombres, sino a la condición del entorno. El hombre no se encontraba solo a menos que pudiera hacerlo. La soledad era una ubicación geográfica, una habitación donde ejercerla. El fin del medievo significó la lucha de los hombres contra los cánones de lo establecido, contra las plataformas sociales a partir de las cuales se conformaba una sociedad que oprimía. El rechazo natural a las estructuras clericales fue la batalla contra sus espacios. La iglesia, el monasterio. En cuatro siglos, para el XVII, la soledad era un estado de abandono en el que el hombre se separaba de los dictados de Dios, pero también de lo que aún se entendía como sus bondades. Si Dios era responsable de la providencia, la miseria que dejaba al mendigo a la suerte de un creador en realidad lo hacía a la fortuna que no contaba con la injerencia proverbial de una fuerza mayor. Lo orillaba al desamparo. Esa soledad era equivalente a la desgracia y distante de la paz que atesoraba el monje. La noción de la soledad como epítome del declive humano es quizá una zona de debate semántico, biológico y paraíso de sociólogos. Muchos de ellos dirán que nunca estamos solos, y en cierto sentido tienen razón, sin embargo, su juicio recae en la percepción negativa de la soledad y no en sus virtudes. Ese solo que está aislado y abandonado a pesar de estar rodeado de pares implica que el ser social que se supone somos sólo es a partir de su interacción con los demás.

Entonces olvidamos que el adjetivo de la soledad también representa lo único.

Hace unos meses me encontré con El abrazo, un cuento de David Grossman que me llevó a escribir este texto. En él, Ben, un pequeño niño, está angustiado ante esa insistencia que tienen todas las madres en hacerle creer a sus hijos que son únicos en este mundo. Si Ben es único y no hay más como él, Ben está solo. Reflexiona el crío. Su soledad no se asemeja a la prohibición o la voluntad de estar con sus pares, como en la inexistencia de esos pares.

La soledad que escribió Grossman puede identificarse como un fenómeno cultural, por lo que tendrá una aceptación distinta en Occidente y en otros lados. Supongo que el fenómeno se percibirá de manera diferente en este lado del mundo y en las sociedades orientales que se encuentran en Japón o en alguna otra latitud semejante. Desde donde estoy, la soledad es una perturbación a la seguridad que brinda una sociedad contractual, como la nuestra. En ella decidimos o terminamos por estar juntos, como individuos aislados con el mismo objetivo. No nos reunimos en comunidad por una cercanía natural o una filiación familiar o tribal, sino para compartir un espacio en común.

La sociedad contractual como la conocemos, tiene uno de sus orígenes en el periodo de la ilustración y tomó una forma más clara después de la revolución industrial. Con la evolución de las sociedades actuales, la soledad se enfrentó al problema semántico de la soledad gregaria. Si la sociedad se transforma, la soledad la acompaña. Ante la ausencia de coincidencia o valores comunitarios la sociedad contractual se apoya en las instituciones sociales —Estado, familia— para evitar el vacío que desembocaría en la soledad individual.

Ben, el niño en el cuento de Grossman, puede sentirse solo. Durante la conversación con su madre no lo está. Como tampoco lo estamos ninguno de nosotros en las mañanas camino a nuestras ocupaciones, en el tráfico, en los parques o mercados. Sin embargo, la gran trampa de la soledad es que sin encontrarnos físicamente solos, podemos tener el sentimiento de estarlo.

Desde el fin del siglo pasado la soledad, en un constante camino análogo al de la comunión social, encontró nuevas formas de estructura. Redescubrimos la comunidad en elementos fuera de la comunidad. Nos hacemos pares a través de las coincidencias individuales, no sociales. Aceptamos la paridad de quienes comparten gustos, afinidad de mascotas, filiaciones políticas, alimentarias, religiosas, etcétera. Comulgamos, pues, en la proximidad de nuestros gustos. Quien no los comparta se verá solo sin siquiera ser rechazado por la cercanía de otras presencias. Su soledad será, ante todo, un sentimiento producto de la no involucración, que en realidad no afecta a las sociedades sino a las instituciones sociales. La ciudad es el mejor ejemplo. El ciudadano se ha hecho solitario. Esa soledad, mencioné al inicio, que puede ser generador de sufrimiento tal vez tanto que en muchos casos la muerte se asoma el camino más adecuado para terminarlo. La negación a la soledad se hará en la negación a uno mismo, porque ser uno mismo es siempre ser solo.

En la historia de la soledad vemos dos rutas a ella. La que se busca para escribir, cantar, jugar, imaginar y pensar. El de la soledad impuesta, en la que los demás no reconocen las singularidades y condenan al individuo a vivir consigo mismo. Todas las sociedades —salvo una que otra excepción poco representativa— son jerárquicas y sus estructuras se convierten en relaciones coercitivas en las que uno puede frenar las inquietudes de otro —sucede con gobiernos, instituciones religiosas o mayorías—. La coerción es la evolución de la soledad. Su vía bajo el amparo del reconocimiento de otros que niegan o no escuchan y menos reconocen las particularidades del ajeno. El que no encuentra el vehículo para expresar sus malestares, el que no encuentra respuesta a lo que le angustia, se ve forzado a refugiarse en sí mismo, como el autista buscando protegerse del mundo. Alimentado su soledad, la soledad moderna.

Rodeados, en la calle, nos sentimos solos. La impotencia del individuo ante el mundo se convirtió en soledad. Se siente solo el que tiene que pelear contra el gañán que le chocó el auto y se niega a pagar el seguro, no hay autoridad que esté dispuesta a acompañar. Se siente solo el que no encuentra cómo pagar las cuentas, el que tiene que defenderse de la vida y, en ocasiones, de la misma sociedad. Qué nivel de soledad siente el padre al que le dijeron que su hijo desaparecido está muerto y, aunque sea lo más probable, no se lo han podido demostrar. A ése del que nadie sabe, ya ni siquiera lo consideran un par porque de hacerlo, lo llamarían de otra manera.

La memoria de la soledad siempre estuvo llena de Hamlets, de hombres que están solos. De Quijotes que decidieron ser solitarios y se volvieron locos a fuerza de estarlo. Esa vida no es la nuestra, cada día nos parecemos más a un grupo de Crusoes que no encuentran un Viernes para hacernos compañía y cuando lo hacemos él no es suficiente para alejarnos de la soledad.

Ese sentimiento es un elemento de la humanidad, es su yo indescifrable.

Se existe solo. Saberse solo abre las posibilidades de la comodidad.

Sentirse solo es miserable. En nuestra cómoda soledad hemos hecho miserables a quienes no escuchamos.

 

FUENTE: http://www.nexos.com.mx/?p=27701