En las últimas dos décadas, los adelantos tecnológicos nos han acercado como nunca antes a todo el mundo. Cada vez es más común que interactuemos y nos enteremos de las historias de gente que vive al otro lado del mundo y que probablemente nunca conozcamos en persona.

Eventos que ocurren a cientos de kilómetros del lugar donde vivimos cobran una importancia inesperada en nuestro día a día. De pronto, por ejemplo, escuchamos que esta semana habrá una marcha en Reforma para apoyar la prohibición del consumo de cierto animal en un algún país asiático.

Las fronteras en los mapas se borran a cada momento: podemos vivir en México, escuchar a Capital Cities, ir a comer a un restaurante japonés, ver la película francesa “Intouchables” y ser fanático del Barcelona.

El ciudadano actual está consciente de que existen realidades distintas a la suya que inciden en mayor o menor medida en su vida.

Las redes sociales permiten que las personas muestren su solidaridad o su desprecio ante cualquier hecho. Una de las más grandes crisis globales del año pasado fue la ocurrida por los atentados de París, que sacudieron al mundo occidental. Miles de fotos, opiniones y artículos fueron compartidos. En las redes estallaron discusiones acerca de la “validez” de llorar a las víctimas en los países ricos, al tiempo que se ignoran tragedias menos mediáticas en los árabes, africanos o incluso en el nuestro.

Lo cierto es que desaprobar las tragedias humanas provocadas en otras latitudes no implica una desatención a las propias.

Digno de tomarse en cuenta es el carácter inmediato de las redes sociales, ya que con la misma rapidez con que se forman las burbujas de información y opinión, caen después en el olvido.

Sin embargo, hay una figura en el panorama internacional que ha cobrado importancia y a la que debemos prestarle atención: el refugiado. En el libro de ‘El Traslado’, Enrique Díaz afirma que la barbarie se manifiesta históricamente en la incapacidad de muchas personas de reconocer plenamente la humanidad de aquellos que tienen una ideología, religión o color de piel distintos a los suyos.

Nuestra postura ante los refugiados no sólo refleja nuestro grado de tolerancia ante alguien distinto a uno, sino que también sirve como termómetro de la indiferencia que sentimos hacia las personas que nos rodean.

La empatía, esa capacidad de ponerse en los zapatos de los demás, es algo que le falta a nuestra sociedad, acostumbrada a ser juez y a desconocer su parte en el problema y la solución.

Siempre he creído que hay que desconfiar de aquellas personas que utilizan las diferencias para favorecer sus causas, tal como lo hace de forma reiterada Donald Trump.

Las épocas cambian y con ellas, los problemas. Estamos inmersos en un tiempo en el que lo global afecta lo local, y muestras decisiones y acciones pueden incidir en el entorno más de lo que creemos.

Hace poco, en un campo de refugiados de Calais apareció un stencil del artista urbano Banksy. En él se observa nada menos que al cofundador de Apple, Steve Jobs, huyendo con algunas pertenencias y una computadora Macintosh en la mano. El padre de Jobs fue un inmigrante sirio que llegó a Estados Unidos. La obra de Banksy nos hace recordar el otro lado de la inmigración: la llegada de personas que cambian el futuro del país en el que se instalan, y del mundo en este caso.

Banksy dio a conocer un comunicado en el que decía: “Apple es la empresa con mayores beneficios del mundo, paga más de 7 billones de impuestos al año, y existe sólo porque alguien le permitió la entrada a un joven de Homs”.

La historia da vueltas y lo cierto es que una gran cantidad de los dispositivos ideados por el hijo de un inmigrante sirio permiten conocer la situación de miles de refugiados en todo el planeta.