¿Te has fijado cómo tiendes a relacionar los sentimientos con los sabores?  Dime qué te provoca y te diré a qué te sabe: una persona de mal carácter es “agria”, los problemas son “tragos amargos”, una racha de mala suerte equivale a estar “salado”, quien se excede en sus demostraciones de cariño te “empalaga”, alguien negativo transmite “amargura”; en cambio, tu semblante y tu actitud se “dulcifican” cuando estás frente a esa persona que te acelera el corazón.

Es que el amor… ¡el amor es dulce! Será por eso que nada representa mejor nuestras intenciones románticas que algo delicioso que seduzca el paladar.

El amor y el dulce hacen buena pareja porque ambos causan un efecto parecido en el cerebro: elevan el nivel de serotonina, lo cual nos hace sentir ¡muy bien!

La dulzura seduce. No por nada se le ocurrió a Eva ofrecerle una manzana a Adán y no una lechuga. Y no dudes que de haber existido el fuego en el Paraíso, le hubiera horneado unas galletas.

No era posible entonces, pero no tardaron mucho en inventarlas sus descendientes. Hace 10.000 años, nuestros antepasados nómadas descubrieron que una pasta de cereales sometida a calor adquiría una consistencia similar a la del pan sin levadura, con la ventaja de que esas primitivas galletas podían transportarse con facilidad y conservarse más tiempo. La preparación de las galletas se refinaría a lo largo de los años, transformándose en un verdadero placer para el paladar.

Si algo se mantiene en la cima de la popularidad gastronómica por más de 10 mil años debe haber una buena razón: ¡la galleta nunca falla! Si quieres derretir a esa persona especial con uno de los regalos preferidos de Cupido, este 14 de febrero sorpréndela con ¡galletas! Cada dulce bocado tendrá el efecto de un beso.

 

 

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