Hoy amanecimos con los cerros cercanos cubiertos de nieve, lluvia persistente y un frío como para churros con chocolate…, ¡pero no! porque ayer en la noche coincidí en el elevador con una vecina temible: la Sra. Mamila (los nombres reales fueron cambiados por la misma razón que en las películas de Hollywood).

La señora, cuya figura bajita y rechoncha ya no se cuece ni al segundo hervor, mal pronuncia el español y parece recién llegada del Medio Oriente. Su fuerte no es la prudencia ni la discreción, aunque creo que es buena para el ‘business’ y funge como la matriarca de su clan.

Cuando se abrió la puerta del elevador medité durante tres fracciones de segundo si introducirme o fingir que esperaba a alguien y dejarlo ir, para evitarme su acostumbrado escaneo…, pero me ganó mi terca fe en la humanidad y di el paso.

No acababa de cerrarse la puerta cuando, sin mediar saludo, me disparó: “Has engordado.”

Tras tres segundos de estufacción…, yo, casual, respondí con un dejo de culpabilidad fingida: “La Navidad jeje…”

“Pero la navidad es un día…”, ¡alegó todavía!, con el evidente propósito de retar a mi autoestima y no de enseñarle peras al olmo.

¡Ésta no deja títere con cabeza!, pensé. Me levanté de la lona y, casual, le expliqué mientras miraba con aire desinteresado mis mensajes en el celular: “Mmmm, es más de un mes, algo así como sus fiestas judías, pero sin ayuno…”

Justo entonces se abrió la puerta en mi piso y como conejo encañonado, huí a mi madriguera.

A la hora de la cena me cerró el ojo un croissant. No obstante, cuando lo toqué se me apareció la cara de la Mamila y lo solté cual si me hubiera dado un toque eléctrico.

¡Chequen qué gran oportunidad de negocio! Le voy a tomar un close up a la tía, patento su imagen y la comercializo como la nueva panacea para bajar de peso. Si persisten las apariciones, hasta puedo hacer una campaña publicitaria con mis fotos de “antes y después”.

Sólo espero que no me cobre regalías con eso de que se le da bien el ‘business’…

 

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