Desde que irrumpió en el mundo del cine a principios de los ’90, el cineasta Quentin Tarantino ha venido armando una de las filmografías más interesantes de Hollywood, filmes altamente únicos a pesar de estar bañados en la estética y las sensibilidades de géneros y filmes del pasado.

Hacer una lista de los grandes momentos distribuidos a lo largo de sus siete películas (acordando que las dos partes de Kill Bill son una sola película), momentos individuales memorables de una u otra forma – diálogos inolvidables, secuencias de acción – sería probablemente algo demasiado largo, así que se realizó un repaso por la filmografía del director para rescatar cinco momentos que nunca dejan de maravillar; algunos serán obvios, otros quizá no tantos, y algunos momentos más que meritorios no están incluidos.

Dejándo de lado la nueva película de Tarantino, «Los 8 más Odiados», estos son los momentos imperdibles de Quentin Tarantino para Kike Sosa de ABC Color.

Jackie Brown (1997) – La introducción

Esta es una de las grandes secuencias en toda la filmografía de Tarantino, y en todos los años que han pasado desde que vi la película por primera vez, aún sigo sin estar seguro de exactamente por qué me impacta tan favorablemente. Quizá es la selección musical, Tarantino alardeando su gran gusto por la música con la excelente Across 110th Street de Bobby Womack; quizá es sencillamente la presencia magnética de Pam Grier, otro de esos nombres icónicos del cine o la televisión de culto que a Tarantino tanto le gusta poner en sus películas; quizá simplemente encuentro impresionantes las tomas largas e ininterrumpidas, a pesar de la simpleza de estas en comparación con los ejemplos de ese recurso que hemos visto últimamente. Quizá es que toda la secuencia se puede leer como una versión resumida del viaje que Jackie hará durante la película, comenzando como una mujer firme pero atrapada en una situación de la que eventualmente comienza a luchar por liberarse, con un peligro y una urgencia cada vez más grandes. Quizá sea todo eso y más cosas que simplemente no sé articular.

Kill Bill, VOL. 1 (2003) – La casa de las hojas azules

A diferencia de la secuencia de Jackie Brown, es fácil deducir por qué el momento central de la primera parte de «Kill Bill» es tan inolvidable: en su furioso frenesí de venganza, la Novia (Uma Thurman) llega hasta un club nocturno japonés propiedad de su antigua compañera de armas, O-Ren Ishii (Lucy Liu), quien se ha convertido en la jefa de la mafia nipona. Allí, la rubia heroína se enfrenta a una letal asesina adolescente y a más o menos ocho decenas de secuaces antes de un duelo de espadas con la propia O-Ren. Con una coreografía del genial Yuen Woo-ping – el responsable de armar las peleas de filmes como «El Tigre y el Dragón» y la saga «Matrix», y películas más recientes como la excelente «The Grandmaster» – Tarantino da rienda suelta a su afición por las vertientes más ultraviolentas del cine japonés, convirtiendo la katana de la Novia en un instrumento capaz de cortar miembros, cabezas y cuerpos enteros sin mayores dificultades, mientras la sangre sale disparada como de una manguera a presión, con desmembramientos puntuados por efectos de sonido exagerados y una música que zigzaguea entre lo clásico y lo moderno. Pocas batallas cinematográficas recientes son tan exageradamente geniales como el duelo en la Casa de las Hojas Azules.

A prueba de muerte (2007) – La persecución

«A Prueba de Muerte», estrenada originalmente como una presentación doble al estilo de las películas “grindhouse” de antaño con el filme de Robert Rodríguez Planet Terror, es quizá lo más imperfecto de la filmografía de Tarantino, un filme en el que su fijación con imitar el pasado y por llenar su filme de diálogos repletos de referencias a cine y televisión y música de décadas atrás, cuestiones que generalmente condimentaban bastante bien sus otros filmes, se le fue de la mano, como un cocinero que le pone demasiada sal a su comida. Pero la verborragia descontrolada y desbalanceada no impide que «A Prueba de Muerte» ostente una de las persecuciones vehiculares más espectaculares jamás puestas en celuloide. Un grupo de mujeres conduce a toda velocidad un automóvil con una de ellas (Zoe Bell) aferrada al capó, mientras el sanguinario Mike (Kurt Russell) les da persecución. Lo que sigue son cerca de 17 minutos casi ininterrumpidos de aterrador espectáculo, efectivo tanto por el estilo claro y elegante de Tarantino a la hora de filmar acción – nada de sacudidas de cámara innecesarias y edición hiperactiva aquí – y el hecho de que claramente estamos viendo autos de verdad, chocando de verdad con una persona de verdad en el capó.

Bastardos sin Gloria (2009) – El juego

Aparte de su buen ojo para la acción y su talento para escribir diálogos vibrantes, Tarantino también demostró un gran dominio del lenguaje cinematográfico del suspenso, que comenzó a hacer evidente desde aquél momento final de «Reservoir Dogs», y en varias secuencias en sus filmes siguientes, pero su punto cumbre en este aspecto vino con «Bastardos Sin Gloria», que comienza con un duelo de intelectos como para morderse las uñas – escena que además tiene el mérito de presentar a Hans Landa, uno de los mejores villanos del cine que el Siglo XXI ha producido hasta ahora – y tiene lo que bien podría considerarse un clímax del filme antes del clímax propiamente dicho con una secuencia cargada de suspenso insoportable. Un grupo de aliados disfrazados como nazis se reúne con su espía, una actriz alemana, en un bar que resulta estar lleno de verdaderos nazis, incluyendo a un mayor de la Gestapo que decide jugar un juego de mesa con el grupo infiltrado. El duelo de incertidumbre que sigue es uno para el recuerdo, en el que un gesto o un acento fuera de lugar podría hacer que el plan para acabar con la Segunda Guerra Mundial acabe en desastre.

Django sin Cadenas (2012) – El tiroteo en Candieland

En su más reciente película, un “western” al igual que la inminente «Los 8 Más Odiados», Tarantino envía a sus protagonistas, un esclavo liberado llamado Django y un cazarrecompensas alemán, a la plantación de un siniestro terrateniente de quien planean, por medio de una elaborada serie de mentiras, ganar la libertad de la esposa de Django, allí esclavizada. Durante gran parte del filme Tarantino juega de nuevo al juego de la tensión, y como en «Bastardos sin Gloria», esta tensión se libera en una explosión de violencia sangrienta. El tiroteo en la mansión en Django, cinético y acrobático sin llegar a niveles de parodia, es un testimonio no solo al ojo que tiene Tarantino para mover a sus personajes y a su cámara, y la forma en que sus decisiones musicales pueden ser tan extrañas como efectivas – ¿James Brown y Tupac de fondo en un tiroteo en el Siglo XIX? ¿Por qué no? – , sino también a la importancia de la edición a la hora de armar una escena que no solo tiene espectáculo, sino también un ritmo impecable.