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Desarrollo sustentable, ¿discurso político o necesidad urgente?

En la actualidad existen diversas instituciones educativas, organizaciones de la sociedad civil y dependencias gubernamentales que han dirigido su participación y actuación en la sociedad al marco del desarrollo sustentable. El concepto de sustentabilidad ha permeado todos los aspectos de la ciencia, la política y la vida cotidiana. Se han creado programas gubernamentales y académicos sustentables, proyectos y posgrados en desarrollo sustentable, programas de apoyo al desarrollo rural sustentable, manejo sustentable de los recursos naturales, etcétera; sin embargo, en muchos casos el concepto se pierde en un alegato político y demagógico que no logra que se ponga en práctica y solo queda reducido a algún discurso para crear una relación clientelar entre las clases sociales vulnerables y las elites del poder, que se dicen los impulsores del desarrollo sustentable o sostenible y del progreso en nuestro país.

Definiendo al desarrollo sustentable

El concepto desarrollo sustentable se utiliza en muchos lugares y contextos por personas de diferentes culturas para diversos fines o propósitos. Asimismo, ha sido influido por diferentes puntos de vista debido a la estrecha relación que hay entre los seres humanos, el medio del que somos parte y los sistemas económicos. En este sentido, hablar de una definición única y concreta es casi imposible; no obstante, en este apartado trataremos de precisar cuáles son los términos que integran ese concepto a fin de que podamos entender su significado.

Desarrollo

El desarrollo es un concepto que se utiliza en todas las esferas y países y cuyo primer significado es crecimiento, cambio o mejora en un determinado periodo. Para el Banco Mundial, el desarrollo es la mejora en el bienestar de las personas. La Organización de Estados Americanos lo define como un “proceso constituido por actividades que llevan a la utilización, el mejoramiento o la conservación de bienes y servicios naturales o económicos, con el objeto de mantener o mejorar la calidad de la vida humana”. Así, el concepto hace referencia a todos aquellos aspectos que inciden sobre la calidad de vida de la población incorporando criterios referentes a la calidad de la educación, niveles de salud, distribución del ingreso, acceso a las libertades y derechos fundamentales y bienestar cultural y espiritual.

Sustentabilidad

En la década de los ochenta se introduce en la literatura ecológica el término de “sustentabilidad” para calificar el desarrollo y el crecimiento económico, especialmente referido a los países en vías de desarrollo, sensibles a los problemas ambientales. Una de las definiciones más conocidas de tal concepto es “la habilidad de lograr una prosperidad económica sostenida en el tiempo, protegiendo al mismo tiempo los sistemas naturales del planeta y proveyendo una alta calidad de vida para las personas”. No obstante que esta definición es una de las más completas, tiene el problema de utilizar el término sostenido, que en algunos casos implica “sostener” un proceso artificial–por ejemplo, un monocultivo de caña de azúcar–; pero esta producción es mantenida a través del uso de agroquímicos, lo que no la hace sustentable o sostenible; sin embargo, si la cambiamos por “economía sostenible”, la definición resulta muy completa.

Tipos de sostenibilidad

Sostenibilidad ecológica. Se refiere al ecosistema que mantiene las características que le son esenciales para la sobrevivencia en el largo plazo, con un énfasis particular en las especies, poblaciones y ecosistemas.

Sostenibilidad económica. Se refiere al manejo y gestión adecuada de los recursos naturales que permiten que sea atractivo continuar con el sistema económico vigente.

Sostenibilidad social. Se refiere al proceso en el cual los costos y beneficios se distribuyen de manera adecuada, tanto entre el total de la población actual (equidad intrageneracional) como con la población futura (equidad intergeneracional).

Desarrollo sustentable

La primera definición utilizada y difundida ampliamente es la que se utilizó en el informe Brundtland en 1987, donde se considera al desarrollo sustentable como “el desarrollo que satisface las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad de que las futuras generaciones puedan satisfacer sus propias necesidades”.

Sin embargo, la definición anterior resulta demasiado amplia y generalizada, por lo que una más concreta es: “El proceso de cambio continuo de aplicación local, regional o global que responde a objetivos y metas universales de transformación social apropiada, para satisfacer las necesidades de bienes y servicios de una población o conjunto de poblaciones, por tiempo indefinido, sin degradar irreversiblemente la capacidad productiva de la tierra, el patrimonio natural y su habilidad para mantener la población de un lugar”.

De acuerdo al análisis de conceptos realizados con anterioridad, podemos utilizar de forma indistinta los términos sustentabilidad, sostenibilidad y desarrollo sustentable, pues para fines prácticos significan lo mismo.

¿Por qué es necesario?

En un primer momento, la huella ecológica constituyó un buen indicador cualitativo y cuantitativo del impacto del hombre sobre la naturaleza y, por ende, una magnífica referencia para comprender la necesidad de aplicar estrategias y políticas orientadas a la sustentabilidad. La huella ecológica se define como la superficie promedio necesaria para suministrar los materiales, la energía y las interacciones ecológicas vitales para la satisfacción de las necesidades de la especie humana, sean estas referidas a una localidad, una región, una actividad o grupo social, o el conjunto de la humanidad. Tal indicador nos demuestra que un norteamericano promedio necesita de 9 a 10 hectáreas promedio para mantener su actual nivel de vida, los Países Bajos tienen una huella ecológica de 3.32 hectáreas, mientras que un habitante de la India requiere de 0.38 hectáreas por habitante.

Entre 1980 y 2000 la población mundial total creció de 4,400 millones a 6,000 millones. El Banco Mundial pronosticó que para 2015 se agregarían por lo menos otros mil millones de personas, con lo que el total sería de casi 7 mil millones. Hoy, en 2011, la población actual, según el Population Reference Bureau (PRB) de Estados Unidos, es de 6,914,947,397. En el año 2003 se calculó que a una tasa de crecimiento poblacional humano de 1% anual, el tiempo de duplicación del tamaño poblacional en el mundo sería aproximadamente de 70 años, pero actualmente el PRB estima una tasa de crecimiento global anual de 2.6%.

De acuerdo al Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008, el estado de Texas, con 23 millones de habitantes, registra emisiones de alrededor de 700 Mt de dióxido de carbono, el 12% del total de emisiones de Estados Unidos, cifra superior a la huella total de dióxido de carbono que deja la región del África subsahariana, lugar donde viven 720 millones de personas. La huella ecológica de los 19 millones de habitantes del estado de Nueva York es superior a 146 Mt de dióxido de carbono que dejan los 766 millones de habitantes de los cincuenta países menos adelantados del mundo.

Estos últimos datos nos dan una idea del impacto actual que causarán al planeta los países en función de su nivel del desarrollo, de continuar con su actual nivel de vida.

Algunos autores sostienen que si cada habitante del mundo en desarrollo dejara la misma huella ecológica que el habitante promedio de los países de ingreso alto, se necesitarían seis planetas como la Tierra. La cifra aumenta a nueve planetas con los actuales niveles de emisiones de carbono per cápita de Estados Unidos y Canadá. En este orden de ideas, una solución posible sería colonizar el universo para satisfacer el capricho del hombre, algo que parece imposible mientras no se descubran nuevos mundos para que la raza humana pueda habitarlos, así como la tecnología de punta necesaria para la transportación masiva hasta ellos.

La huella ecológica en México es de 2.5 hectáreas por habitante; actualmente somos más de 108 millones y, según las proyecciones elaboradas por el Consejo Nacional de Población, la población seguirá creciendo hasta alcanzar cerca de 123 millones en el año 2040, para posteriormente empezar a descender lentamente. Mientras tanto, el país se caracteriza por una excesiva desigualdad, pobreza, desempleo, deficiente apoyo a la investigación científica y tecnológica y una dirección de desarrollo neoliberal. Las políticas de corte neoliberal forman parte de un sistema en el cual el Estado se retira de sus obligaciones sociales y se llega a una economía de libre mercado.

En países en vías de desarrollo como el nuestro, la copia de este modelo ha conducido a una excesiva importación de productos, en detrimento del sector primario, lo que ha generado el aislamiento y olvido de sus habitantes, quienes deben deforestar sus bosques y selvas para recurrir a la búsqueda de otras alternativas, como la siembra de cultivos exóticos en el mejor de los casos, o la migración a las grandes urbes o al extranjero. El efecto de estas acciones es una mayor miseria y marginación y el rompimiento del tejido social de la población rural mexicana.

 

 

La aplicación

Una característica de la sustentabilidad que se hace en el gobierno es que se basa en la sustentabilidad económica, donde los proyectos se enfocan a resolver el problema que representa una sola variable, sin integrar, por ejemplo, los aspectos sociales, ecológicos y culturales a los económicos. El doctor Rodrigo Medellín ya señalaba en 1993 que “en México somos capaces de tumbar las paredes del primer piso de una casa para construir el segundo piso”; es por ello que en la actualidad es verdad que muchos proyectos han logrado una sostenibilidad desde el punto de vista económico, pero a costa del sacrificio de la sostenibilidad ecológica y social.

Para lograr un verdadero desarrollo sostenible es importante que se considere la inclusión de ciertas variables ambientales, como el uso y aprovechamiento de los recursos naturales de forma racional y equilibrada, de manera que no se destruyan ni degraden los ecosistemas ni las especies que los habitan; se debe buscar asimismo la eficiencia y el crecimiento económico y la distribución justa y equitativa de los ingresos para mejorar el bienestar de la población.

Otras variables sociales que deben abordarse son la equidad de género, la inclusión de todos los estratos de la sociedad, la generación de empleos basados en las habilidades de la población local y la valoración de los derechos humanos de esa población, tomando en cuenta su identidad, tradiciones, costumbres, saberes, prácticas y técnicas utilizadas por las diferentes comunidades. Los factores tecnológicos apropiados deben aplicarse de acuerdo con la naturaleza, necesidades y potencialidades del medio geográfico, ecológico y cultural, además de atenderlas formas y reglas que rigen el escenario internacional.

En esta problemática compleja y dado lo multifacético de las soluciones, se requiere del trabajo inter y transdisciplinario integrado mediante grupos que apliquen los diferentes enfoques del conocimiento.

Rescatando “lo nuestro” como modelo de sostenibilidad

La idea de la integralidad no es nueva.
Paradójicamente, cuando hablamos de innovación, nos referimos a reconocer, revitalizar y reutilizar los conocimientos de la manera en que lo hacían las culturas mesoamericanas que practicaron el desarrollo sustentable hace cientos o miles de años a través de un profundo respeto a la naturaleza, de la que se consideraban parte, y no entes superiores con capacidad para dominarla y recrearla. La milpa múltiple y los agroecosistemas son los mejores ejemplos de sustentabilidad en las comunidades indígenas que aún tienen arraigadas prácticas ancestrales; de ellos obtienen recursos para alimentar a sus familias, para allegarse de otros productos a través del intercambio o trueque, o bien para la venta de productos excedentes para generar recursos económicos.

Una opción viable para alcanzar la sustentabilidad ambiental de nuestro país es que los habitantes de las zonas rurales, campesinos mestizos e indígenas, sobre todo donde se concentra la biodiversidad, cuenten con opciones para desarrollar actividades productivas que les hagan posible mejorar sus condiciones de vida en armonía con la naturaleza, conservando y ampliando así nuestro patrimonio cultural. En este sentido, es necesario promover el manejo y aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, el desarrollo de ciertas actividades productivas alternativas como el ecoturismo y el comercio justo, así como incentivar la compra de productos que provienen de estas comunidades, especialmente aquellos con valor agregado, producto de la integración de empresas comunitarias para dar ese valor agregado, y comercializar las materias primas que se obtienen dentro de sus ejidos, desde los productos agropecuarios, forestales y artesanías, hasta otros poco conocidos que se generan dentro de los ecosistemas, con nichos especiales de mercado y que tienen un valor importante para la conservación de los recursos naturales. Un excelente ejemplo de esto último es la oferta de semillas de especies nativas para la restauración de los ecosistemas hoy degradados, dando así un paso seguro hacia un biocomercio sostenible.

 

FUENTE: https://www.uv.mx/cienciahombre/revistae/vol24num3/articulos/desarrollo/

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