Por Elena Goicoechea

No recuerdo un diciembre tan estresante como aquel, digno colofón de un año difícil.

 

Los días se me fueron inmersa en resolver un sinfín de pendientes, cumplir con los compromisos de la temporada, escribir artículos hasta la madrugada –varias madrugadas–, preparar lo que me tocó llevar a la cena de Navidad y disponer lo necesario para recibir a cincuenta y tantas personas en casa para la tradicional comida familiar el 25. Vi pasar el mes de diciembre sin encontrar un rato para decorar la casa con toda la colección de adornos navideños que se han sumado al paso de los años.

No encontré tiempo ni de poner el nacimiento y, por más que pedía apoyo, todos en casa se hacían los locos para ayudar… ¡estaban tan ocupados! La ansiedad se convirtió en resignación y me consolé pensando: bueno, no pasa nada por un año…

Así llegó el 24 de diciembre. Sin embargo, al abrir el ojo muy temprano, lo primero que me vino a la mente fue: aún estás a tiempo, hoy nace Jesús, pon el Nacimiento, mañana sí será tarde…

Cual resorte brinqué de la cama y me dirigí a la bodeguita donde se guarda el tinglado navideño. Desenvolví con cuidado cada figura de porcelana, armé el establo y comencé a colocar, quitar, mover, cuadrar, poner de nuevo…, en fin, a realizar el tradicional ritual de mi yo perfeccionista, que recuerda a dónde va casa cosa,  su origen, así como su significado objetivo y subjetivo, hasta que la figura de cada personaje –desde el Niño Jesús hasta el borrego– ocupó el lugar que le correspondía en la escena. Incluso logré poner por aquí y por allá algunos adornos desesperados por salir de sus cajas.

Entonces, toda emocionada desperté a mis hijas y les pedí que fueran a la sala. Cuando comprendieron que iba a ser más fácil deshacerse de mí si me hacían caso, llegaron arrastrando la cobija con cara de «mi mamá se pasó de cafeína».

Aunque con el paso del tiempo fueron perdiendo la ilusión que les hacía de pequeñas el vestir de Navidad la casa, convirtiéndose en la labor –una más– de mamá, seguía siendo un tema importante para ellas, de modo que no ocultaban su creciente decepción al ver que se acercaba la Nochebuena y la casa seguía pelona. Ya lo sentían perdido ese año, por lo que no disimularon la emoción cuando llegaron a la sala y vieron el nacimiento montado. Incluso ayudaron a colocar las esferas del árbol.

Estaban girando para volver a la cama cuando me llegó de forma espontánea un pensamiento que sentí que era importante compartirles: «¡Esperen! ¿Se dieron cuenta? Estuvimos a tiempo, en la noche nace Jesús, mañana sí hubiera sido tarde. En las cosas de Dios, como en las de los hombres, nunca es tarde mientras estés a tiempo.»

Me abrazaron y regresaron a dormir.

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