Era la primera vez que Rafa hablaba conmigo a solas. Es algo arisco y un poco ‘perdonavidas’. Cursa 3ero. de preparatoria y quiere estudiar Ingeniería Aeronáutica. El caso es que empezamos hablando del vuelo de los halcones y tomamos tierra donde más le dolía.

“Yo no me escandalizo con nada” –declaró–. “Supongo que soy suficientemente maduro para ver cualquier película”.

La tentación de desconcertarlo fue demasiado grande: “No sabes cuánto lo siento. Espero que se te pase y que pronto estés en condiciones de escandalizarte como cualquier mortal”.

Al contestarle así, corrí el riesgo de que Rafa me ‘mandara a freír monas’, pero se limitó a decir: “Como no se explique…”

Una mirada al diccionario

Con una simple ojeada al de la RAE aclaré la cuestión. Y es que a algunas palabras, de tanto ‘manosearlas’ les salen significados contradictorios y se utilizan para enmarañar las ideas y hacer más espeso el diálogo. Ese es el caso del término escándalo y del verbo escandalizar.

Escandalizarse, en voz pasiva, significa asustarse, alarmarse, ‘rasgarse –metafóricamente– las vestiduras”, enojarse, indignarse. A nadie le gusta ser tenido por asustadizo o timorato.

Escandalizar, en voz activa, tiene otro significado muy distinto: incitar al mal o ser causa de escándalo o infracción para los demás. De ahí que escandalizarse (de nuevo voz pasiva) quiere decir cometer una falta como consecuencia de la provocación ajena.

Lamento darle tantas vueltas a la palabreja en cuestión, pero es que hay vocablos que se usan más por su sonido o por su carga emotiva que por su significado literal, y en ese caso estamos. Por eso, aunque a nadie nos guste escandalizarnos (asustarnos), todos somos escandalizables (corruptibles), y quien nunca se escandaliza (asusta) con nada, se escandalizará (obrará el mal) más frecuentemente que quienes sepan escandalizarse (asustarse) a tiempo ante el escándalo (incitación al mal) de los demás. O sea que muchas veces, la mejor defensa ante el escándalo (incitación al mal) es organizar un escándalo en el sentido más evidente del término.

El escandalizador y la inescancalizable

Un par de ejemplos:

Martínez –diputado electo por el partido A– recibe la visita de Pérez –del partido B–, quien le ofrece una bonita compensación económica a cambio de una insignificante traición a su grupo político. Martínez únicamente deberá ‘equivocarse’ y apretar el botón de la derecha en lugar del de la izquierda al votar electrónicamente un proyecto de ley.

“Total –argumenta Pérez–, nadie se va a enterar… Y si alguien se diera cuenta, puedes alegar que es la primera vez que votas con este sistema. Un error lo tiene cualquiera…”

Martínez mira a Pérez con el asombro de quien acaba de perder la inocencia. Comienza a decir algo, pero Pérez le interrumpe: “Oye, no te irás a escandalizar a estas alturas… Estas cosas son normales; podemos hablar como gente civilizada”.

En este punto, el diputado Martínez tiene dos opciones: no escandalizarse  (no asustarse), ser adulto, negociar el precio al alza y entrar por la puerta grande en el club de los escandalizados, o escandalizarse como un inmaduro cualquiera, y si es posible, denunciar el escándalo.

¿Coincidimos en que la segunda es la postura más correcta?

El segundo ejemplo es sobre Pepe, sus padres y su abuela, que situados frente al televisor, ven una película que no está mal, pero el director ha decidido salpicar el argumento con marranadas, lo cual –indudablemente– ensucia la mente de los espectadores. A la primera escenita, la abuela se levanta y va en busca de un yogurt, mamá comenta algo y Pepe hace como que bosteza sin perder detalle.

A la segunda escena, la abuela se pone en pie: “Me voy a la cama, y si tuvieseis vergüenza, os iríais vosotros también”.

“No es para tanto –responde el padre–, el chico ya es mayor y tiene que ver estas cosas… Eso sí, con nosotros, en familia”.

Después de tan solemne afirmación, ya sin abuela, todos ‘se tragan el bodrio’ y van llenándose el cerebro de asquerosos aunque civilizados pensamientos. Es lo que se llama escandalizarse en familia.

Maduros, corruptos y fósiles

Para algunos, el vocablo adulto es sinónimo de insensible, atrofiado o corrompido.

En otros tiempos se usaba mucho la palabra liberado/liberada para expresar
la misma idea. Sobre todo, se aplicaba a las chicas que eran, por lo visto, quienes más necesitaban de liberación.

Una niña podía considerarse liberada cuando no se asustaba de sus propias atrocidades; es decir, cuando el electroencefalograma de su conciencia daba plano.

Esta mentalidad responde a una curiosa concepción de la moral que podría resumirse así: “Nuestros actos son buenos o malos según hieran o no, la sensibilidad propia o la ajena”.

“Se advierte al público que algunas de las escenas de este filme pueden herir la sensibilidad de los espectadores”. ¿Alguien recuerda esta advertencia?

¿Esas escenas pueden herir la sensibilidad porque son malas? ¡Por supuesto que no! En todo caso serán malas porque hieren la sensibilidad.

Entonces, ¿habrá que suprimirlas? Al contrario; se trata de ir acomodando la sensibilidad media a los tiempos. Cuando los ciudadanos estén suficientemente maduros, ya no se escandalizarán con esas cosas.

¿Quiere esto decir que la madurez de una persona o de un grupo se mide por la atrofia de su sensibilidad?

Pues ése es el criterio que tratan de inculcarnos: un adulto –desde el punto de vista ético–  sería un ser domesticado, conformista, capaz de aguantar impávido –y sin interrumpir la cena– las más escalofriantes imágenes; es decir, un fósil que no se escandaliza con nada, liberado ya de su conciencia y acostumbrado a la basura.

Ser adulto

No equivale a ser una momia; no significa tener el alma encallecida ni los sentidos atrofiados.

Es reaccionar normalmente ante estímulos normales: rebelarse ante la injusticia, sufrir con el dolor ajeno, indignarse ante la mentira, la calumnia y la injusticia.

Es ser capaz de tristeza hasta las lágrimas y de alegría hasta ‘dar botes’. Es sentir repugnancia ante lo repugnante y no avergonzarse de la ternura ni de la pasión.

Ser adulto es también saberse vulnerable ante las tentaciones que hacen daño a los seres normales y no necesitar dosis suplementarias.

Es, por último, tener la valentía de huir ante esas tentaciones, precisamente porque nos afectan, y estar contentos de que, con los años, la piel del alma conserve la sensibilidad.

Por eso, a quien diga: “Yo no me escandalizo con nada”, volveré a responderle que lo lamento y que vaya al médico por si acaso tiene arreglo.

Fuente: «Pensar por libre», Enrique Monasterio. Ed. Palabra.

 

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