Tal vez el destino me alcanzó y estoy incapacitada para entender que se trata de una medida vanguardista.

Quizá los prejuicios heredados y, sin duda, mi ignorancia me impiden valorar los efectos milagrosos que puede tener para el país y su sociedad la despenalización de la marihuana.

La cortedad de mi capacidad intelectual seguramente me impide advertir que la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es el principio y la condición sine qua non para combatir —como las voces más liberales aseguran— el poder del crimen organizado.

Quiero suponer que los ministros de la Corte que votaron a favor de conceder el amparo a cuatro personas para el cultivo y autoconsumo lúdico de la marihuana lo hicieron con un motivo o causa trascendente.

Y es que, desviar la atención, tiempo y prestigio de uno de los poderes constitucionales más importantes de la federación para que cuatro interesados puedan “sembrar, cultivar, cosechar, preparar, poseer y transportar” marihuana para uso lúdico, es decir para el juego o recreación, resulta, a primera vista, de una frivolidad que ofende. Pero, seguramente, los ministros —todos ellos juristas connotados— están viendo algo que yo no alcanzo a ver.

El ministro Arturo Zaldívar, encargado del proyecto, defendió el caso argumentando que prohibir el uso y consumo del estupefaciente atenta contra el libre desarrollo de la personalidad y, por ende, los derechos humanos.

Otra vez no entiendo nada. ¿Así que la marihuana, lejos de ser una droga, una sustancia adictiva que daña y altera la función cerebral, es imprescindible para que un individuo progrese en lo personal y se convierta en un individuo pleno y feliz?

¿Lo que trata de decir la Corte a los mexicanos es que los derechos humanos también sirven para defender la libertad de las personas a drogarse y autodestruirse si así lo quieren?

Si ése es el fondo de la argumentación, entonces estamos, sin duda, ante una revolución filosófico jurídica que echa por tierra la esencia de la justicia, que ha puesto siempre la ley al servicio de la preservación de la vida humana.

Y pido perdón, nuevamente, por mi infinita candidez: ¿por qué se tuvo que sustentar la despenalización en la recreación y no en un motivo médico terapéutico que pudiera lanzar otro tipo de señales o significados a la sociedad?

Sobre todo a los menores de edad que —según la Comisión Nacional contra las Adicciones— representan el 50% de los consumidores de la sustancia.

Pero, para que no caigamos muertos por un ataque de histeria, hay quienes han salido a tranquilizar las aguas: “Los efectos de la resolución, dicen los especialistas, son limitados. El fallo no significa la legalización general de la marihuana en México”. Punto.

Bueno, pues en un país como éste en el que nadie, absolutamente nadie, respeta la ley, las restricciones de la sentencia no las leerá ni las atenderá nadie. Más bien cada quien las interpretará como mejor le convenga. Por lo pronto, ya hay quienes se preparan para hacer del cultivo y venta de la cannabis un pingüe negocio.

Estados Unidos le está dando muestras a México de lo que se puede hacer con la marihuana legal. De 2013 a 2014, han invertido en la industria de la cannabis más de 80 compañías y ha crecido el mercado, es decir los consumidores, en un 75%. Se trata ya de una industria más próspera que la de los —tan de moda— alimentos orgánicos.

Para decirlo pronto: lo único que ha logrado la legalización de la marihuana es que el negocio de la droga cambie de manos. Y si con esto se abre la puerta a la legalización de otras drogas, entonces, los empresarios de la cocaína y la heroína serán chapos que ya no tendrán que estar en las cárceles.

Fuera de eso, no se advierten otros beneficios. Hasta hoy, ni los mismos ministros han hablado sobre la importancia de centrar la política de drogas en la salud pública de una sociedad y de un país que —día a día y de diferente manera— las drogas destruyen.

Fuente: http://www.siempre.com.mx/2015/11/marihuana-no-entiendo-nada/