Su último gran error fue creer que valía más vivo que muerto.

“No disparen. Soy Che Guevara, valgo más vivo que muerto”, dijo en la Quebrada del Yuro al verse rodeado. No era lo que se esperaba de un ‘guerrillero heroico’ que sería convertido en mito mundial.

La imagen de un Che Guevara de 31 años que parece mirar al infinito es la fotografía más reproducida del mundo. Ha sido impresa millones de veces como símbolo de la revolución y la contracultura en todo tipo de superficies, incluida la piel humana.

De las leyendas sobre el argentino Ernesto Guevara de la Serna viven hoy la izquierda carnívora, académicos románticos, populistas, farsantes, demagogos y, claro, los ‘revolucionarios’. Además, vendedores de camisetas, pins, pósters, libros, fotografías, filmes, canciones cursis y hasta reliquias (sus cabellos se han llegado a subastar). Capitalistas de pura raza que intentan ganar dinero con la imagen de quien, de haber podido, los hubiera fusilado simplemente por ser capitalistas.

¿Hay bases objetivas, más allá de una fabulosa y efectiva campaña de propaganda, para sostener el mito? ¿Fue realmente el Che Guevara ejemplo de algo en su vida? Algunos dirán que sí, otros que no, dependiendo más del espectro ideológico que de razones específicas. Todos tienen derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos, que son objetivos y no dependen de lo que piense cada uno.

Más que pretender establecer juicios de valor, es mejor destacar algunos aspectos de la biografía del guerrillero que permitan analizar sus logros reales.

Como combatiente. Nadie le señala cobardía o exceso de precauciones: en la Sierra Maestra, el Congo y Bolivia estuvo en primera fila, compartiendo peligros, combates, guardias, comida, tabacos y esfuerzos, como el que más.

Como esposo y padre. Puso a la familia en lugar secundario: dos esposas y varios hijos quedaron detrás; primero cuando fue hacia Cuba en el Granma, luego al partir hacia el Congo y Bolivia. Hay quienes ven heroicidad en eso; otros, desinterés.

Como teórico. No adivinó. Ni sobre la guerra de guerrillas ni mucho menos sobre economía. Sus estrellas de Comandante aplastaban a sus antagonistas mucho más que sus escasas ideas y absurdas propuestas. Cada vez que se organiza algún evento sobre “el pensamiento económico del Che” es difícil mostrar algo útil. De sus estudios sobre “la experiencia soviética” no hay nada más que menciones a lecturas mal interpretadas del soviético Liberman.

Como ideólogo. Guevara fue artífice, junto con los Castro, de la traición a los postulados originales de la Revolución Cubana y de la entrega de la soberanía nacional a la Unión Soviética. Intrigó en contra de revolucionarios de claras y definidas tendencias democráticas, con los que sostuvo enfrentamientos. En una carta del 14 de diciembre de 1957, Guevara escribía a René Ramos Latour, el ‘Comandante Daniel’: ‘’Pertenezco por mi preparación ideológica a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la llamada cortina de hierro y tomo este movimiento como uno de los tantos provocados por el afán de la burguesía de liberarse de las cadenas del imperialismo’’. Daniel respondió a Guevara: ‘’Los que tienen tu preparación ideológica piensan que la solución a nuestros males está en liberarnos del nocivo dominio yanqui por medio del no menos nocivo dominio soviético’’. En aquella misma carta, Ramos Latour agregaba que la ideología del Movimiento 26 de julio se inspiraba en el pensamiento político de José Martí, que consistía en hacer de Cuba un país democrático y próspero, con justicia social, y que los pactos con otras fuerzas opositoras eran necesarios y saludables para el bien del país, a lo que se oponían Castro y Guevara.

Como estratega. En el Congo y Bolivia sus tácticas fracasaron estrepitosamente. Pensó que podría desarrollar en el entonces Congo Belga una guerrilla ‘anti imperialista’ dirigida por un blanco y una pandilla de corruptos del Consejo Nacional de Liberación del Congo. En Bolivia pretendió organizar una revolución al ofrecer una reforma agraria cuando años antes ya se había realizado otra, apoyado en unos cuantos comunistas y trotskistas que no representaban ni a sus propias familias.

El gobierno cubano destaca como sus mayores méritos la invasión a Las Villas, donde el desmoralizado ejército de Batista no hizo demasiado por detenerlo, y la captura del famoso tren blindado, que le otorgó una inmerecida fama cuando el peso del combate lo llevaron los hombres del Directorio Revolucionario.

Como portador de justicia social. Predicó y practicó el odio como factor de lucha. Testigos señalan que en La Cabaña trató con suma crueldad y fusiló a diestra y siniestra, sin las más mínimas garantías procesales, a los políticos, policías y soldados del régimen vencido. La misma cruel actitud que más tarde emplearía contra sus antiguos compañeros de lucha que no se sometieron al giro comunista del proceso revolucionario. Sus cientos de atrocidades en aquella etapa están más que documentadas.

Racista consumado, a los negros se refirió como “los mismos magníficos ejemplares de la raza africana que han mantenido su pureza racial gracias al poco apego que le tienen al baño”. Sobre los indios anotó: “En este tipo de trenes hay una tercera clase destinada a los indios de la región… es mucho más agradable el olor a excremento de vaca que el de su similar humano… la grey hedionda y piojosa… nos lanzaba un tufo potente pero calentito”. A los aborígenes mexicanos los definió como “la indiada analfabeta de México”. Sobre el campesinado boliviano subrayó: “Son como animalitos”.

Vale repetirse la pregunta inicial:

¿hay bases objetivas, más allá de una fabulosa y efectiva campaña de propaganda, para sostener el mito?

Al final de su vida, en la  Quebrada del Yuro, el Che volvió a equivocarse: ha valido mucho más muerto que vivo. Pregúntenle  a quienes lucran con su imagen.