La imagen que recuerdo con mayor nitidez (y otras sensaciones muy placenteras que guardo para mí) en el bautizo cinematográfico de James Bond hace 53 años es la aparición de una turgente valquiria saliendo del mar con ademanes felinos y ataviada con un inolvidable biquini blanco. Se llamaba Ursula Andress. Y envidiabas enormemente a su futuro seductor, un agente secreto al servicio de su Graciosa Majestad y con institucionalizada licencia para cargarse a cualquiera que represente una amenaza para su país. Y entiendes que las señoras se sintieran fascinadas ante ese Sean Connery que era puro estilo en cada movimiento y en primer plano, hablando y bebiendo, llevando con naturalidad y elegancia unos trajes y smokingsdiseñados para su esplendido físico, en posesión de ritmo, con lengua mordaz y actitud cínica, con tanto ritmo como magnetismo, tan creíble en las secuencias de acción como en el enfrentamiento verbal y el coqueteo pragmático, un chulazo de primera clase, destinado a envejecer admirablemente y a convertirse en uno de los mejores actores de la historia del cine. Su principal enemigo allí era el doctor No, el primero de una serie de poderosos villanos, enemigos sofisticados y temibles a la altura de Bond.

Que cada espectador elija su Bond. Yo solo tuve ojos para Connery. Y nunca le pillé la gracia al vacuo y atildado Roger Moore, aunque su humor, la autoparodia y los guiños al espectador tuvieran infinidad de cómplices. No sé si aquellas películas y las renovadas metodologías y fórmulas que guionistas y productores aplicaban a las espectaculares aventuras del personaje (y sospecho que el verdadero protagonista no era Bond ni el psicologismo, sino la orgía deslumbrante de efectos especiales)y a los actores que seguían encarnando a 007 tenían cierta calidad, pero sí recuerdo haberlo pasado muy bien con Desde Rusia con amor y Goldfinger. Seguí manteniendo fidelidad a la saga, pero no porque tuviera un irresistible atractivo, sino por obligación profesional o por rutina.

Esa desidia duró hasta que la serie adquiere un tono más negro que festivo y la aparición de un Bond quemado, fatalista y amargo, duro pero con matices, encarnado con convicción y atractivo por Daniel Craig. A Bond le ha salido un competidor muy potente con la espléndida saga de Jason Bourne. Además de Matt Damon, actor veraz en cualquier registro, está escrita y dirigida por gente con acreditado talento, como Paul Greengrass y los hermanos Dan y Tony Gilroy. En los cuatro bond que ha interpretado Craig ( y pienso que debería abandonarlo ahora, en pleno esplendor) no se descuida en ningún momento el espectáculo, pero las historias, situaciones y personajes están construidos con más complejidad, no responden exclusivamente a un cliché vendible. Hay sentimiento, Bond ya no tiene todo tan claro, sugiere o muestra heridas que lleva dentro.

Si antes les bastaba con artesanos en posesión de discreto o notable oficio para dirigir la saga, a partir de las muy atractivas Casino Royale y Quantum of solace, el señor que nos cuenta la vida o la supervivencia de Bond es un artista con ganas de experimentar en terrenos desconocidos. Se llama Sam Mendes y ha dirigido la épica Camino de Perdición y la intensa, feroz y desoladora Revolutionary road.

Deslumbrante plano inicial
Mendes borda la inquietante Skyfall.Y Javier Bardem construye uno de los malvados más brillantes que ha dado la saga. La parte final, con Bond regresando para buscar refugio a la solitaria mansión donde nació, exorcizando sus viejos y torturadores fantasmas, sabiendo que puede ser el final para él y su implacable jefa, la listísima y turbia M, tiene tanto de cine de acción como de tragedia griega.

Léa Seydoux, como Madeleine Swann en ‘Spectre’.
Ese lado tenebroso no existe en Spectre,pero es más agria que amable. Como en la admirable y alcohólica novela de Malcolm Lowry Bajo el volcán, Spectre comienza celebrando la paradójica fiesta de el día de los muertos. Cuernavaca era el escenario de Lowry. Sam Mendes lo sitúa en México DF. Y te deslumbra con un plano secuencia de seis o siete minutos. Si existe algún corte no se percibe, el Welles de Sed de mal o Alfred Hitchcock, maestro supremo del sentido visual, admirarían lo que hace Mendes con su cámara. Bond continúa persiguiendo a través de Londres, Roma, Tánger y el norte de África a un cerebro del mal que dirige a una vieja y depredadora enemiga de Bond, la organización Spectra.

El ritmo vertiginoso que crea Mendes en dos horas y media que no fatigan huye de aturdir al espectador, le envuelve pero no a costa de marearle con la sobredosis de efectos especiales. Es una película muy bien hecha. Exigirle más virtudes sería injusto. Es un entretenimiento muy digno. A mí me engancha, aunque no me remueva fibras emocionales. Y no está nada mal lo de olvidarte de la realidad mientras dura esta trepidante aventura.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/05/actualidad/1446752342_391404.html

Compartir