La decisión del Gobierno chino de acabar con la política que no permitía a las parejas tener más de un hijo pone fin a un experimento social que se ha prolongado oficialmente desde 1980 —aunque empezó cuatro años antes— y que se ha revelado como un fracaso. La doctrina no solo violó los derechos de las parejas chinas, sino que ha causado graves desequilibrios demográficos cuyas consecuencias sociales y económicas todavía están por determinar.

Además de esas consecuencias, la ley impuesta por el régimen a los ciudadanos ha hecho que, entre otras cosas, millones de chinos no tengan documentos de identidad porque sus padres tuvieron que ocultarlos; que millones de mujeres fueran abandonadas recién nacidas, y que millones de ancianos hayan quedado sin ningún familiar que los atienda. La legislación del hijo único ha supuesto sobre todo un inmenso drama humano.

Ahora se permitirá tener hasta dos hijos. No hay que engañarse; la nueva ley no supone avance de ningún tipo porque lo que Pekín debería reconocer es el derecho y la libertad de cada pareja a tener los hijos que quiera. O ninguno. La nueva medida podrá paliar las cifras demográficas de envejecimiento, pero sigue atentando contra un derecho elemental como es el formar la familia del tamaño que cada uno quiera o pueda.

Precisamente quienes gobiernan una nación con una cultura de milenios deberían ser conscientes de la dificultad que tiene tapar el sol con el dedo. El problema no es si se prohíbe o no jugar al golf o si se permite tener uno o dos hijos. Se trata de asumir que la democracia garantiza la libertad, y de adoptar ese sistema.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/10/29/opinion/1446143633_844115.html

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