La Muerte propia asusta, la de los seres queridos duele, la de los amigos confronta, la de los famosos tiene un dejo de amarillismo. Pero no pasa desapercibida, porque los finales siempre nos desbalancean las certezas.

Y, sin embargo vamos deambulando por la Tierra en un estado de letargo que es más mortal que un paro cardiaco.

Conformarse con lo cómodo es morir. Los silencios repletos de palabras que quisiéramos gritar, porque duelen, pero preferimos callar por miedo… esos silencios matan. Llenar nuestro corazón de un juicio hacia otros es envenenar poco a poco la sangre en nuestro cuerpo. Las envidias, el ego que nos sube a un ladrillo y desde ahí creemos poder verlo todo, saber más que los otros, ser mejores.

Cuántos fantasmas vivientes, seres con un disfraz de sonrisa, antifaz de palabras huecas… siguiendo el guión que se les presentó al nacer, siguiéndolo a pie juntillas, para no salirse de la raya. Porque salirse implica ser visto, implica hacer olas en el mar de una sociedad que sólo aplaude lo lánguido, porque eso no confronta. Rituales repetidos una y otra vez, sin razón, sin inteligencia… una vez y otra hasta convencerse que lo hacemos por  que así lo hemos decidido, cuando la voluntad propia murió tanto tiempo antes.

Ser diferente, pensar de otra forma, no creer en lo que todos deben creer, no predicar lo que se ha predicado de generación en generación no es aceptable. Y tratan de matar en vida a quien se atreva a hacerlo… porque todos los muertos quieren que los otros los sigan hasta la tumba.

La inmortalidad sí existe.

Se puede trascender la muerte cuando la vida se convierte en una celebración, cuando se embelesan los minutos, todos, porque cada uno es irrepetible. Existe en los momentos que nos hacen sentir inmortales. Existe mientras que seamos libres para saltar…aunque optemos por no hacerlo.

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