¿Cuántos ríos caben en un lápiz azul?

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Cuadernos, hojas sueltas, post-it’s, servilletas o periódicos, son algunas de las superficies en las que dibujamos o garabateamos sin darnos cuenta.

Aunque muchas veces lo hacemos cuando estamos solos, también lo hacemos a menudo cuando hablamos por teléfono o estamos en una junta, y esto no es otra cosa que un medio que utiliza el subconsciente para que (irónicamente) tengamos una mejor concentración en lo que escuchamos. Dibujar abre canales creativos de nuestra mente y facilita el desarrollo de ideas.

Si observamos el trabajo de cualquier diseñador o artista queda claro que dibujar es esencial en su proceso creativo. Esto demuestra que el dibujo en sí no es un fin, sino un medio para llegar a nuevas soluciones.

Dibujar no sirve únicamente en las profesiones más creativas, incluso cualquier investigación científica se vale de muchos esquemas y dibujos para esclarecer las ideas que intenta demostrar.

Si buscamos el origen de la palabra dibujar, encontramos que viene del término francés “deboissier”, que se interpretaba en el siglo XII como “esculpir”. Si lo razonamos suena bastante interesante: dibujar es esculpir el pensamiento, pulirlo de tal modo que sea comprensible para nosotros mismos y para los demás.

No se entiende por qué desde temprana edad se desincentiva a muchos niños, sólo porque no lo hacen como el adulto considera que es “bonito”, y a muy pocos que poseen un talento nato se les motiva a que continúen haciéndolo.

 

De cierta forma es como si a los primeros ensayos que entregamos en la primaria se les comparara con textos de Monsiváis o Galeano, y por no llegar a ese nivel, inmediatamente se nos dijera que no es lo nuestro.

No se puede enseñar a dibujar, ya que la forma de expresarnos con nuestra mano es tan única como nuestra voz; por lo tanto, un dibujo no puede estar ni bien ni mal, es algo personal.

Se puede aprender la técnica, lo cual requiere esfuerzo y dedicación; sin embargo, incluso hasta los mejores artistas buscan desligarse un poco de ella para reencontrar una expresión propia. Picasso dijo: “Para aprender a pintar como los pintores del Renacimiento tardé unos años; pintar como los niños me llevó toda la vida.”

Otro ejemplo interesante es el de Le Corbusier, uno de los arquitectos más importantes del siglo pasado, cuyos croquis distaban mucho de ser considerados dibujos ‘bien hechos’, pero lograban su objetivo:
expresar de manera clara a su taller de arquitectura aquello que pretendía diseñar.

Me gustaría recalcar este punto: todos sabemos dibujar. Quizá no te guste cómo dibujas. De hecho, a pocas personas les gustan sus dibujos. Pero si tienes el valor de hacer y de compartir, todo lo que tratas de expresar te será más claro a ti y a quienes te rodeen. Es una forma de expresión; entre más medios tengamos, mejor.

Si en serio odias tus dibujos, dibuja más. Entre más practiques, más cerca estarás de encontrar tu propia voz a través de los trazos. La frase de uno de los mejores fotógrafos de la historia, Henri Cartier-Bresson, podría aplicarse al dibujo y a casi cualquier actividad: “Tus primeras diez mil fotos serán tus peores fotos”. Así que: ¡a dibujar!

Por cierto, creo que ya sabes la respuesta a mi pregunta inicial: tantos ríos como tú quieras.

 

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