Al reflexionar sobre la clase de persona que quiero ser como madre, recordé la cuestión que Aristóteles planteó en su libro La política: ¿Ser un ‘buen ciudadano’ y ser un ‘buen hombre’ son la misma cosa? Para responder, afirma que primero hay que definir lo que significa ser un buen ciudadano.

Un buen ciudadano, argumenta el filósofo, es aquel que cumple con su ‘tarea’ o propósito, que consiste en preservar el régimen en el que vive, al realizar bien su trabajo dentro de las reglas y leyes del propio régimen. Ahora bien, hay diferentes clases de regímenes con diferentes clases de leyes, y algunos tienen leyes que no incentivan el comportamiento virtuoso.

Dado que un buen hombre se define como un hombre virtuoso –esto es, un hombre que comprende el concepto moral de lo que es ‘bueno’ y vive acorde a éste–, no siempre un buen ciudadano es un buen hombre.

De igual forma podemos cuestionar si es lo mismo ser un ‘buen padre’ que ser ‘una buena persona’. Aplicar el cuestionamiento de Aristóteles puede ser útil: un buen padre se define por su propósito. El problema es que existen diferentes opiniones sobre cuál es el propósito de un padre. Y algunos propósitos podrían no ser virtuosos.

Por ejemplo, si el propósito del padre es que su hijo se convierta en un tenista profesional, no necesariamente tiene que ser una persona virtuosa para lograrlo. Tiene que enfocarse y ser determinado, tiene que hacer un gran esfuerzo para pagar todas las clases de tenis. No obstante, estas cualidades por sí mismas no lo hacen ni buena ni mala persona, ya que igual pueden usarse para alcanzar fines buenos que malos.

De acuerdo con el razonamiento aristotélico, un ‘buen padre’ sería quien tiene un propósito moral. El punto no sólo es criar a un hijo para que se convierta en un gran concertista de piano, un nadador olímpico o un graduado de Harvard. Es criar a un hijo que quiera ser bueno, que ame a Dios, que comprenda la diferencia entre el bien y el mal, que desee ayudar a los demás, que tenga confianza en sí mismo y visión moral para formar relaciones interpersonales significativas, que sepa lidiar con las dificultades y vivir una vida con propósito: un hijo que tenga la capacidad de amar.

Si ése es mi propósito como padre, debo tratar de ser yo mismo una buena persona. No puedo llevar a mis hijos en esa dirección si yo no me conduzco igual. Y lo que más necesito para ser una buena persona y para ayudar a mis hijos a que lo sean, es el amor total e incondicional.

Mi propósito como padre es más amplio y profundo que asegurar el éxito académico de mi hijo. Puedo sentir cómo me convierto en un mejor ser humano al hacerlo. En realidad, eso significa ser un buen padre.

 

Fuente: philosophy for parents.

 

Compartir