Siendo yo una humilde mamila experimentada, si pudiera hablar les diría: “No entiendo qué ven en mí teniendo algo mucho mejor.”

Aun las mamás más aplicadas suelen correr a comprarme en medio de un ataque de pánico, por lo que he sido testigo presencial de un número suficiente de casos como para poder opinar con cierta autoridad. Sé que detrás del trillado “no tengo leche”, existe un sinfín de razones por las que una mamá primeriza no llega a amamantar a su bebé: desde comodidad, ignorancia y temor, hasta la recomendación del típico pediatra que no quiere ser molestado a media madrugada por culpa de un mini-paciente hambreado. No obstante, el “peso completo” de las razones por las que una nueva mamá renuncia al rol de “alimento oficial” y decide recurrir a mí, es la presión ejercida sobre ella por el círculo más cercano de mujeres “experimentadas” en el arte de la crianza: mamá, suegra, tía, cuñadas, amigas y hasta la mismísima muchacha: “En mi pueblo les completamos con atolito para que no se queden con hambre…”.

En serio, no hay que menospreciar la influencia que puede llegar a ejercer el club de féminas allegadas sobre una madre inexperta. Entonces, recurrir a una fórmula industrializada le parece el camino más seguro para no ser objeto de un juicio sumario: “El pueblo la declara… madre inadecuada”. Como consecuencia, se diluye en sus entrañas el primer gran regalo de vida que ella y solo ella puede dar a su bebé, privando a ambos de la más íntima y maravillosa experiencia de amor que prepara al pequeño ser para enfrentar el mundo de manera óptima en todos sentidos: afectivo y físico.

Claro que hay unas cuantas heroicas que se lo toman muy “a pecho”, como Lola, quien tuvo que mantener su estoicismo frente a un desesperado marido que a medianoche se levantó a calentar la mamila que su suegra le dejó escondida en el refri “por si acaso…”. No es que no apoyara a su mujer, pero tenía que levantarse temprano para ir al trabajo y “hay prioridades…”.

O Berenice, que “juró bandera” luego de enterarse de que su leche no solo proporcionaría los nutrientes precisos a su bebé en cada etapa de la lactancia durante los primeros seis meses de vida, sino que lo fortalecería y “vacunaría” contra todo tipo de enfermedades, y le daría una ventaja en el desarrollo psicomotor.

Susana tuvo que perseverar aun frente al dolor de las pequeñas grietas que se formaron mientras su piel se acostumbraba a la succión, mismas que cerraron sin problema al seguir algunos consejos de la abuela.

Pero las palmas se las llevó Claudia, que tras un parto complicado pasó un mes recuperándose en casa de su madre. Ella se había informado de antemano y sabía que tras una cesárea la leche tarda más en bajar. Entonces se apegó a la fórmula infalible: a más hambre, más succión del bebé; a más succión, más estimulación de prolactina, la hormona que produce leche. Se pegó al bebé noche tras noche, día tras día, sin observar horarios, hasta que los relojes internos de ambos se acompasaron. Caer en la tentación de usarme para evitar que pasara un poco de hambre el bebé – que por cierto viene equipado de fábrica con reservas para ello–, hubiera interrumpido el mecanismo de producción natural. ¿Se imaginan la presión que tuvo que soportar Claudia mientras todo esto sucedía? Unos cuantos días le parecieron semanas al saber que el llanto del bebé no dejaba dormir a la familia entera, escuchando comentarios al aire como: “pobrecito niño, lo está matando de hambre…”

La lactancia no solo es lo mejor para el bebé, pues disminuye el riesgo de infecciones gastrointestinales y de oídos, así como diabetes, obesidad y otras enfermedades; también es lo mejor para mamá: a corto plazo, ayuda a recuperar la figura y a que todo lo que se movió e inflamó durante el parto regrese más rápido a su lugar y tamaño; a largo plazo, se reduce el riesgo de cáncer de pecho y ovarios en las mujeres que amamantan, entre otros beneficios. Y descuiden las vanidosas, que los pechos no se “caen” por culpa de la lactancia.

Si todas esas razones no fueran suficientes, ahí les van otras de índole práctica: yo salgo muy cara. La leche de fórmula cuesta. La materna es gratis. Y la pueden dar donde sea, a cualquier hora, sin tener que andar por el mundo cargando con instrumental y suministros, ni preocuparse de que todo esté bien esterilizado.

Para involucrar a papá en el ritual de alimentación si pretenden seguir el modelo 50%-50% en todo, ¡paciencia! En cuanto se regularice el ciclo natural de producción de leche será posible extraer la necesaria con el tiraleche y mantenerla en el refrigerador. Luego le pueden asignar el horario nocturno al padre para ajustar la balanza…

El mejor consejo: manténganme lo más lejos posible durante los meses que decidan lactar. Porque si me tienen a la mano, créanme: ¡soy irresistible!

Afectuosamente,

La Mamila