Francisco improvisó un magistral discurso en el Festival del Encuentro Mundial de las Familias realizado el 26 de septiembre en Filadelfia, del cual reproducimos un extracto:

Una sociedad crece fuerte, crece buena, crece hermosa y crece verdadera si se edifica en la base de la familia.

Una vez, un chico me preguntó: Padre, ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo? Le dije: antes de crear el mundo Dios amaba porque Dios es Amor. Pero el amor que tenía en sí mismo, ese amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, era tan grande, tan desbordante… que no podía ser egoísta, tenía que salir de sí mismo y ahí Dios creó al mundo, esta maravilla en la que vivimos, y que, como estamos un poquito mareados, estamos destruyendo.

Pero lo más lindo que hizo Dios, dice la Biblia, fue la familia. Creó al hombre y a la mujer y les entregó el mundo: crezcan, multiplíquense, cultiven la tierra, háganla producir, háganla crecer. Esa creación maravillosa se la entregó a una familia. Todo el amor, toda la belleza, toda la verdad que Dios tiene en sí, los entrega a la familia. Una familia es verdaderamente familia cuando es capaz de abrir los brazos y recibir todo ese amor.

Por supuesto que el paraíso terrenal no está acá, que la vida tiene sus problemas; que los hombres, por la astucia del demonio, aprendieron a dividirse y todo ese amor que Dios nos dio, casi se pierde. Y al poquito tiempo, el primer crimen, el primer fraticidio. Un hermano mata a otro hermano: la guerra.

El amor, la belleza y la verdad de Dios, y la destrucción de la guerra, y entre esas dos posiciones caminamos nosotros hoy. Nos toca decidir el camino para andar.

Pero volvamos para atrás. Cuando el hombre y su esposa se equivocaron y se alejaron de Dios, Dios no los dejó solos. Empezó a caminar con la humanidad, con su pueblo, hasta que llegó el momento maduro y le dio la muestra de más grande de amor: su Hijo.

Y a su hijo ¿dónde lo mandó?, ¿a un palacio?, ¿a una ciudad?, ¿a hacer una empresa? Dios mandó a su Hijo al mundo en una familia. Y pudo hacerlo porque era una familia que tenía el corazón abierto al amor, que tenía las puertas abiertas al amor.

Pensemos en María jovencita. No lo podía creer: ¿cómo puede suceder esto? Y cuando le explicaron, obedeció. Pensemos en José lleno de ilusiones de formar un hogar… Se encuentra con esta sorpresa que no entiende. Acepta, obedece y en la obediencia de amor, de esta mujer María y de este hombre José se da una familia en la que viene Dios.

Dios siempre golpea las puertas de los corazones, les gusta hacerlo. Pero ¿saben lo que más le gusta?, golpear las puertas de las familias, unidas, que se quieren; encontrar las familias que hacen crecer a sus hijos, los educan y los llevan adelante; y que crean una sociedad de bondad, verdad y belleza.

La familia tiene carta de ciudadanía divina, ¿está claro? Se la dio Dios para que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la belleza. Claro, algunos de ustedes me pueden decir: Padre, usted habla así porque es soltero.

En la familia hay dificultades, discutimos, a veces vuelan los platos, los hijos traen dolores de cabeza. No voy a hablar de las suegras, pero en las familias siempre hay cruz, siempre. Porque el amor de Dios, el Hijo de Dios, nos abrió también ese camino. Pero en las familias, después de la Cruz hay Resurrección. Porque la Familia, perdónenme la palabra, es una fábrica de esperanza, de vida y resurrección.

Y los hijos dan trabajo. Nosotros como hijos dimos trabajo. A veces, en casa veo que alguno de mis colaboradores viene a trabajar con ojeras. Tiene un bebé y le pregunto ¿no dormiste? No, lloró toda la noche. En la familia hay dificultades, pero se superan con amor. El odio, la división de los corazones, no superan ninguna dificultad.
El amor es fiesta, el amor es gozo, el amor es seguir adelante.

Quisiera marcar dos puntitos de la familia en los que tenemos que tener un especial cuidado: los niños y los abuelos.

Los niños y los jóvenes son el futuro, son la fuerza, los que llevan adelante. Son aquellos en los que ponemos esperanzas. Los abuelos son la memoria de la familia, son los que nos transmitieron la fe. Cuidar a los abuelos y a los niños es la muestra de amor, no sé si más grande, pero más promisoria de la familia. Un pueblo que no sabe cuidar a los niños y a los abuelos es un pueblo sin futuro, porque no tiene la fuerza y no tiene la memoria que lo lleve adelante.

La familia es bella, pero cuesta, trae problemas. En la familia a veces hay enemistades, el marido se pelea con la mujer y se miran mal, o los hijos con el padre. Un consejo: nunca terminen el día sin hacer la paz en la familia.

Cuidemos la familia, defendamos la familia, porque ahí se juega nuestro futuro.

Gracias, que Dios los bendiga y recen por mí.