¡El matrimonio no es difícil, es humanamente imposible! Seguramente por eso Dios lo hizo sacramento. Y es que uno no puede estar loco de amor por una misma persona durante cincuenta años.

A veces baja la cuota y a veces sube.

Robert Anderson decía que en todo matrimonio que ha durado más de una semana, existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar motivos para seguir casados. Bien dicen que es más fácil morir por una mujer que vivir con ella.

Lo curioso es que muchas veces seguimos creyendo en cuentos de hadas y cuando las cosas empiezan a tomar su ritmo natural, se nos viene el mundo encima. El príncipe azul deja de serlo en el momento en que por primera vez pasa con su esposa por la puerta de su casa.

John Gottman, en su libro Siete reglas de oro para vivir en pareja, sugiere lo siguiente:

  1. No hay felicidad sin amor, no hay amor sin sacrificio.
  2. Es imprescindible mantener la admiración por la otra persona. A pesar de los mil problemas vividos, el otro debe seguir siendo valorado por sus principales virtudes.
  3. Hay que mantener el respeto mutuo, de palabra y de hechos: Tú y yo no somos más que una sola cosa; no puedo hacerte daño sin herirme.
  4. Se debe tener un proyecto común: un programa conjunto que se prolonga en los hijos.
  5. Las relaciones íntimas satisfactorias son un lenguaje íntimo que se transforma con el paso de los años, pero que debe tener su sitio.
  6. La vida de pareja no va bien sin buenas dosis de olvido. El amor se perfecciona con el perdón.
  7. Es importante cuidar los detalles pequeños de la convivencia con esmero. Al final, la familia es el lugar al que se vuelve cuando todos los demás se van. Donde nos quieren por lo que somos, con nuestros defectos y no por lo que aparentamos ser.

Luis Huete, profesor de Harvard, me comentó que la calidad de la relación es la calidad de la conversación. Una conversación es buena cuando hay presencia, es decir, cuando se ponen los cinco sentidos. Un matrimonio funciona cuando hay confianza para decirse las cosas y cuando hay respeto; cuando una persona se siente valorada y querida.

En su libro Los cinco lenguajes del amor, Gary Chapman dice que la primera forma de expresar afecto es con palabras. La segunda es el tiempo que le dedicas a la otra parte. La tercera es el servicio para hacer feliz al otro. La cuarta son los detalles. La quinta es el tacto. Mientras más idiomas hablen más felices serán.

Una de las principales virtudes (o acaso la más importante) es la humildad. Como bien describe Sandalio Gómez –del IESE–, muestras de humildad en la familia y en el trabajo son conocerse y aceptarse como cada uno es; valorarse, respetarse y escucharse; conocer el límite de sus fuerzas y no creerse superior a los demás; pedir consejo; aprender del cónyuge o de los compañeros de trabajo; rectificar cuando se comete un error; vivir con la mente abierta, siendo flexible; compartir, pedir ayuda, tener empatía y agradecer cuando corresponda.

Por el contrario, uno de los principales enemigos es la falta de autocontrol. Así lo expresó Ambroise Bierce: “Habla cuando estés enfadado y habrás hecho el mejor discurso que puedas lamentar”. ¡Cuántos pleitos míos y de otros matrimonios se han originado por no mordernos la lengua!

Un amigo me dijo: «Rafa, cuando estés con la cabeza caliente, métela en el refrigerador. Al día siguiente, si tienes algo que decir a tu esposa, se lo dices, pero verás que tu mensaje llegará mejor y serás más objetivo». Y los hijos… Sí, por supuesto, no podría dejar de mencionarlos porque son la razón de supervivencia de muchos matrimonios. Platón decía que la finalidad de la educación de los hijos es enseñarles a desear lo deseable. Un buen padre vale más que cien maestros.

Leopoldo Abadía, en su libro 36 cosas que hay que hacer para que una familia funcione bien, resaltaba la formación de los hijos, que no quiere decir solamente que sepan mucho. “La formación no se mide por las toneladas de conocimientos que tenga alguien, sino por el tipo de personas que estamos ayudando a poner en eso que llaman ‘el mercado de trabajo’. Y no me gusta ese nombre porque el mercado de trabajo es un trocito insignificante del mercado de la vida”.  Santiago Álvarez de Mon sostiene que: “El mejor regalo que le pueden hacer los padres a sus hijos es una educación que ame los retos, que disfrute el esfuerzo, que persevere en el aprendizaje y que no los haga esclavos del reconocimiento».

O como decía Claudel: “Apprendsleur quils nont dautre devoir au monde que le joie” (‘Enseñarles que la única obligación en el mundo es la felicidad’.) Y es que si ayudamos a nuestros hijos a que sean y estén felices, no necesitamos más. El ser felices implica preocuparse por la formación de su conciencia; por ser buenos hijos, padres, esposos, trabajadores y amigos, ya que su felicidad dependerá de la de ellos.

Abadía termina su libro diciendo que “La mujer y el marido hacen el amor desde que se casan. Hacer el amor es fabricarlo día a día, con alegrías, con tristezas, con algunos éxitos y muchos fracasos; con la idea clara de que aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera, ese matrimonio lo saco adelante, pase lo que pase”.

 

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