Internet está lleno de publicaciones ultra positivas y consejos desabridos sobre la felicidad, el amor, la libertad, la eficiencia y la alegría.

A mí me fastidian, tal como lo expresa Jamie Varon, una escritora americana agobiada con toda esta mole digital de optimismo light:

“Creo que cuando la gente es ultra positiva y tiene esa feliz disposición hacia el mundo, me apago. Hay muchas cosas por ahí que intentan hacerte sentir inspirado: «¡Todo pasa por algo!»… «¡La vida es una aventura!»… «¡El amor lo soluciona todo!»… «¡La felicidad es una opción!».

Son palabras fáciles de decir. Cosas fáciles de pensar. Fáciles, fáciles, fáciles. Pero sus significados se secan en el momento en el que transcurre la vida.

He pasado demasiadas noches sintiéndome avergonzada de no poder ser más positiva, feliz, mejor, más fuerte. Miro a estas personas sonrientes, pegadas a tanta positividad que me pregunto ¿qué he hecho mal? Esta gente, ¿no tiene que pagar facturas y sostener conversaciones incómodas y levantarse, a veces, con dolor de cabeza? ¿Por qué me parece que soy la única persona a la que le afecta tanto la experiencia humana?

No quiero estar inspirada nunca más. La inspiración es barata. Es fácil. Es decorativa. Está empapada en promesas que nadie puede cumplir.

Quiero sentirme comprendida y escuchada. Quiero sentir cómo mis pensamientos, extraños, sinuosos y oscuros, y mis temores y mis sentimientos, no me son exclusivos. No necesito que nadie me niegue mi experiencia y me la facilite con palabras dulces y mullidas como las nubes, e igual de translúcido. Quiero valentía, realidad y crudeza; y prefiero ver a la gente hecha un lío que intentando actuar como si nunca estuvieran hechos un lío.

En este mundo necesitamos menos inspiración falsa y más realidad. Menos felicidad falsa. Menos sermones. Más narración. Menos consejo. Más comunidad.

Me encantaría que la gente dejara de tratar de perfeccionar mi vida. Todo el mundo está vendiendo la píldora mágica de la felicidad. ¿Por qué tengo que ser tan feliz a todas horas? ¿PUEDO VIVIR?

No tienes que ser una bola de energía positiva en cada momento. A veces está bien aburrirse y pensar que la felicidad es un poco aburrida porque, de algún modo, lo es. A veces es comprensible estar de mal humor, triste y contemplativo.

Está bien sentir que el suelo tiembla bajo tus pies. Puedes perder el equilibrio un día y estar en la cima del mundo al día siguiente. Todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Estos vendehumos que actúan como si tuvieran la cura de la humanidad me matan. Para lo único que sirven es para que te sientas avergonzado por no tenerlo todo resuelto. Te venden tu propia experiencia aspiracional y hornean en ella tu vergüenza.

Si hay una promesa que te puedes hacer a ti mismo, que sea ésta: no me dejaré avergonzar por mi experiencia de ser humano. Olvida el pensamiento positivo: esa promesa, ese mantra, ese estado mental que puede cambiar tu vida. Renunciar a esta sensación de vergüenza es un acto de resistencia radical. Déjate llevar. Déjate ser verdaderamente tú. ¡Qué libertad!.”

Jamie desmonta todas estas publicaciones porque percibe que detrás de ellas no hay ninguna consistencia. La moral del espíritu positivo por el espíritu positivo es hueca y a la larga no da ninguna razón legítima de su esperanza. Cuando las cosas van bien en la vida, estos consejos suenan sensatos y atractivos, pero cuando la realidad se muestra en toda su dificultad, cuando aparece el sufrimiento y el pecado en sus distintas formas, todo este consejerismo almidonado se transforma en un chirrido que desespera y frustra porque es imposible vivirlo.

Este tipo de publicaciones no ofrecen razones sobre el porqué debemos superar el dolor o afrontar el desgano ni por qué la felicidad está detrás de una sonrisa o un gesto de amor y no detrás de la aceptación resignada de la soledad y del individualismo. Omiten respuestas esenciales simplemente porque no las tienen, o mejor dicho, las han olvidado porque yo creo que este moralismo light no es otra cosa que un remedo mutilado del cristianismo, o si se quiere, un residuo “descrucificado” de nuestra fe.

A este moralismo mundano le gusta eso de que “un amigo es un tesoro”, pero reniega ante la posibilidad de “dar la vida por uno de ellos”; considera lindo eso de que “hombre y mujer se vuelven un solo cuerpo”, pero proscribe aquello de estar juntos “en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe”; reputa precioso que Dios nos ame incondicionalmente, pero tacha de abominable aquello de “negarse a uno mismo, cargar la cruz y seguirlo”. El mundo quiere la resurrección sin pasar por la cruz y ha elegido una sola cara de la medalla del cristianismo pensando que podía desechar la otra.

En resumen: ¡no me basta!, ¿por qué tengo que sonreír si mi corazón está vacío? No estoy bien, estoy roto, me siento culpable, ¡Dame razones para recuperar la esperanza, sálvame! Pero ese clamor es demasiado grande para nuestro mundo. Paradójicamente, el número de psicólogos, psiquiatras y coaches ontológicos crece junto con los índices de depresión más altos que ha visto nuestro tiempo. Bajo la manga siempre quedan pastillas para controlar esta ‘enfermedad’ o como ya se hace en Bélgica, la infeliz propuesta de optar por una ‘muerte digna’. Si no se entendió la ironía, lo pongo un poco más crudo: “Si tu corazón no se conforma con lo que te ofrezco  –nos dice el mundo –, dópate o mátate”.

Pero nosotros, cristianos, sabemos que la fe no puede descrucificarse sin traicionarse a sí misma. Nosotros no debemos caer en las respuestas fáciles. Cristo no es una respuesta fácil y no lo será. Es una respuesta verdadera que toca el corazón del hombre y explica, desde lo hondo de su miseria, por qué todavía existe esperanza; por qué a pesar del dolor y el sufrimiento, abandonarse a la tristeza no es un camino humano. Dios no elimina el drama de nuestras vidas, no disfraza nuestra libertad para evitar que veamos sus tremendas consecuencias.

Cristo nos acerca al borde del precipicio y nos muestra cuán hondo es el abismo de separación que nuestra libertad es capaz de crear entre Dios y el hombre. ¡Pero no nos deja solos! Nos pide que contemplemos nuestro drama desde sus ojos y sobre sus hombros. ¡Esto es hermoso! Cristo, pudiendo, no vence el mal con una sonrisa ni con un par de palmadas en nuestra espalda. Jesús se lanza en el abismo de nuestra indiferencia llevando en su corazón un océano de amor y de perdón.

La cruz es una áspera embarcación de madera, pero es también el océano de amor que nos permite navegar y cruzar ese abismo. La cruz es certeza, horizonte, victoria, esperanza, amor y dolor unidos en el corazón de cada cristiano que se dirige a la orilla del encuentro con Dios: la felicidad plena.

Estas certezas  – le diría a Jamie– te permitirán sentirte orgullosa de tu experiencia como ser humano, por más triste, sola o frustrada que estés; pero no te equivoques, lo valioso no está en cargar tu humanidad doliente con firmeza y estoicismo hasta aceptar que las cosas pueden estar bien, aunque estén mal.   Lo verdaderamente valioso está en que, sin importar cuán profundo sea nuestro abismo, Dios lo conoce y por alguna misteriosa razón no deja de pronunciar nuestro nombre. ¡Ese es el tipo de esperanza que anhela nuestro corazón! Esta llamada no sé si elimina del todo la vergüenza, pero ciertamente la coloca en un lugar secundario con relación a la gratitud.

Jamie podrá estar o no de acuerdo con nuestra propuesta; sin embargo, nunca podrá tildar la esperanza cristiana de fácil, ligera, ingenua o inocua.

 

Fuente – catholic-link.com