Las mujeres modernas somos como soldados hermanados en una guerra contra el peso, sin importar dónde se detenga la manecilla cuando nos encontramos sobre el escenario llamado báscula.

Cuando el campo de batalla está en nuestras caderas, traseros, vientre, muslos… conocemos el remedio. La mantra “Come menos, muévete más” es una respuesta pavloviana que recitamos en automático cuando se nos cuestiona sobre nuestro plan de acción.

Pero qué pasa cuando el campo de batalla está en el cerebro; cuando nuestras caderas, traseros, vientres y muslos solo son excesivos en el espejo de nuestra mente; cuando ese espejo nos habla y no podemos hacer que calle.

Mi espejo está roto, metafóricamente hablando, y no puedo confiar en que mis ojos me estén diciendo la verdad. Vivo en una casa de espejos, sin saber cuál reflejo es el verdadero. Entro en los probadores de las tiendas con jeans de cinco tallas diferentes porque soy incapaz de estimar qué talla soy. Estoy enganchada para siempre en una batalla silenciosa que se libra dentro de mi cabeza acerca de si debo o no llevar el tenedor a la boca, y cuando lo hago, solo saboreo la vergüenza.

La anorexia ha estado conmigo durante la mayor parte de mi vida. Era el monstruo malvado dentro de mi cabeza que me convenció de que era gorda cuando tenía tan solo tres años; la voz tiránica –susurrando insultos a lo largo de los ya de por sí complicados años de la adolescencia–, que me llamaba gorda, torpe e inadecuada; el bully que me prohibía comer.

La enfermedad era para mí un apoyo, una compañía, una excusa, un mecanismo para lidiar con la realidad, un freno, un falso amante, un abusador atractivo. Convirtió mi vida en una montaña rusa de hospitales, centros de tratamiento y hogares especiales, cuyo costo total ascendió a muchos miles de dólares. Ha alejado a mis amistades, arruinado mi carrera, dañado mi cuerpo y herido mi alma.

He pasado los años subiéndome y bajándome del vagón de esta montaña rusa: enferma, hospitalizada, mejor, casi bien, enferma otra vez, en tratamiento, mejor, bien, etc. Me he hecho amiga de mujeres  asombrosas —y algunos hombres jóvenes— que comparten mi lucha. He observado que algunos mejoran, se recuperan, se casan y tienen hijos. He visto a otros enfermar más y más hasta morir.

Yo misma he intentado morir en el transcurso de mi vida al tiempo que creía que estaba tratando de vivir. He flirteado con la muerte como algunas jovencitas flirtean con hombres mayores en Internet, sin estar conscientes del peligro real.  Si viviéramos en un sistema de justicia en el cual cada quien obtuviera lo que merece, yo debería haber muerto hace años. Pero gracias a un Dios misericordioso y a un organismo muy terco que se niega a morir, estoy aquí.

He tenido la premonición o la fantasía, siendo adolescente y más adelante, de ver cómo las personas que me conocen mueven la cabeza de un lado a otro diciendo “qué pena”. Pero no se ha hecho realidad. Siempre ha sucedido que cuando estoy al filo de la navaja empiezo a mejorar, justo antes de que mi corazón se detenga o decida tragarme todas las pastillas que tengo a la mano. Siempre ha habido alguien que me habla, me sacude, me hace entrar en razón o al menos me obliga a comer. Y me alegra haber logrado llegar hasta aquí. Porque a pesar de que la anorexia nunca se aleja de mí, una cosa curiosa ha sucedido a lo largo de los años: ya no estoy enamorada de ella.

Han sucedido cosas que me han ayudado a atornillar mi cabeza un poco. Soy madre. Soy adulta. Tengo un hogar, un hijo, una carrera. Tengo responsabilidades, entre ellas, aconsejar a otros para que no vayan a donde yo he ido y advertirles a los que han caído que no se dejen vencer.

Y en tanto tenga una vida, estaré agradecidamente entregada a esta misión.

En su libro “Hollow”, Jena Morrow presenta una crónica de la batalla que ha librado durante tres décadas con los problemas de alimentación y autoimagen.  Además de escribir, dar conferencias y ser una activista en la concientización y prevención de desórdenes alimentarios, Jena trabaja como coordinadora en Timberline Knolls en Lemont, IL, un centro-residencia para mujeres en el tratamiento de desórdenes de alimentación, abuso de sustancias, desórdenes del estado anímico y trastornos por estrés postraumático.

Fuente: Verily Magazine

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