Para mi amado hijo Rafael Martínez Sánchez Cid, devorador de libros. La verdad no es lo que nos cuentan, es lo que es. 

Nacido en 1932 en Pinsk, una de las partes mas pobres de Polonia, al este de Varsovia, que tras los acuerdos de Yalta, al final de la II Guerra Mundial pasó a formar parte de la Unión Soviética, durante su infancia vivió los terrores de la guerra y la ocupación Nazi. En su mente queda grabada un acto que transformó su vida y formó su personalidad; comprendió la sutil diferencia entre vida y muerte, que compartió con nosotros en su libro Viajes con Herodoto:

“Recuerdo el otoño de 1942: no tardaría en llegar el invierno y yo no tenía zapatos. Los viejos estaban hechos trizas y mi madre no tenía dinero para comprarme unos nuevos. Los zapatos accesibles a los polacos costaban cuatrocientos zlotys; la parte superior estaba hecha de dril impregnado de una sustancia alquitranada, impermeable, y las suelas, de madera de tilo. ¿De dónde íbamos a sacar los cuatrocientos zlotys? 

Vivíamos por aquel entonces en Varsovia, en la calle Krochmalna, en el piso de los señores Skupiewski, sito junto a una de las puertas del gueto. El señor Skupiewski se dedicaba a la manufactura casera: fabricaba pastillas de jabón, todas del mismo color: verde. 

–Te daré pastillas de jabón a comisión –me dijo–, cuando vendas cuatrocientas tendrás para zapatos, y la deuda me la devolverás después de la guerra. 

En aquellos momentos aún se creía que la guerra tenía los días contados. Me aconsejó que desplegase mi negocio en los alrededores de la línea del ferrocarril Varsovia-Otwok porque en aquellos trenes eléctricos viajaban veraneantes, gente que de vez en cuando deseaba lavarse, con lo que seguro me comprarían jabón. Le hice caso. Tenía yo entonces diez años y el que nadie me quisiese comprar aquellas dichosas pastillas de jabón me hizo verter la mitad de las lágrimas de toda mi vida. En todo un día de ir de casa en casa no vendía ninguna o, como mucho, una. En una ocasión logré vender tres y regresé a casa radiante de felicidad. 

Después de pulsar el timbre, me ponía a rezar fervorosamente: ¡Dios, haz que compren, aunque sólo sea una, pero que me la compren! En realidad, al intentar causar lástima, practicaba una especie de mendicidad. Entraba en la vivienda y decía: 

–Señora, cómpreme una pastilla de jabón. El invierno está al caer y yo no tengo zapatos. 

El método funcionaba unas veces, pero otras veces no, porque por los mismos lugares merodeaban muchos otros niños que intentaban arreglárselas como mejor podían, ya robando, ya perdigüeñeando, ya vendiendo cualquier cosa. 

Llegaron los últimos estertores del otoño y el frío me mordía los pies tan dolorosamente que tuve que abandonar el negocio. Había reunido tan sólo trescientos zlotys, pero la generosa mano del señor Skupiewski añadió los cien que me faltaban. Mamá y yo compramos unos zapatos. Si se envolvía el pie en un grueso peal de fieltro y, además, en papel de periódico, se podía caminar con ellos incluso durante las mayores heladas.”

Leyó su primer libro a los 12 años y a principio de los años 60’s la agencia de prensa polaca, acompañado quizá como premonición de el libro “Historia de Herodoto”como regalo de despedida de la editora en jefe, y que lo seguiría a todos sus destinos, se convirtió en el primer Polaco en ser enviado como corresponsal fuera de la cortina de hierro.

Cuando empezó a trotar por el mundo como corresponsal extranjero encontró un lazo emocional con las situaciones de pobreza en los llamados países del Tercer Mundo. “Era como regresar a los escenarios de mi niñez. De ahí nace mi interés por estos países. Por eso me interesan los temas que tocan la pobreza y lo que produce: conflictos, guerras, odios”.

 

En su vida trató a las personas, generalmente esas abandonadas a su suerte en la miseria, como si fueran únicas e importantes. Al sentirse valorada, la gente despepitaba con toda confianza su historia de vida. El periodista escuchaba con respeto, con cuidado, leyendo entre líneas, con cariño porque era un hombre lleno de compasión humana. Ese fue la base de su éxito.

Testigo privilegiado e intérprete lúcido de un siglo en llamas escribe Kapuscinski en su obra maestra Ébano tras levantarse sobresaltado en algún lugar a la intemperie en África por los ruidos de la noche: “Aquí la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo, entre supervivencia y aniquilación”. 

 

A lo largo de su carrera como corresponsal, Ryszard Kapuscinski cubrió 27 revoluciones, casi un centenar de sequías, guerras civiles, hambrunas y los encumbramientos y caídas de los poderosos en África, Latinoamérica y Asia, convivio tanto con la muerte que contagio la malaria y en 1966 fue rociado con benzina por los rebeldes nigerianos y un oficial ebrio dio una contraorden justo a tiempo para evitar que lo inmolaran.

Desde la segunda mitad del siglo XX, donde estalla una guerra, revolución o golpe de Estado, donde están los mas miserables, los olvidados, los indefensos, los que para los demás no existen, Kapuscinski aparece para relatarnos su destino, para gritar lo que se calla, es testigo de estos hechos, con la seguridad de la importancia de ser testigo de la historia. Para él, el sentimiento humano es más importante que el hecho histórico. La verdadera historia es la persona, su drama privado que se convierte en colectivo, sus temores, sufrimientos y siempre al final esa tenue luz de esperanza que a los hombres nos hace permanecer vivos, plasmándolo para todos nosotros en sus reportajes, la realidad oculta de las personas, alejado siempre del discurso oficial de los gobiernos y lo mas importante sin postura política, sin buenos ni malos, solo personas y su tragedia diaria.

Nunca se hospeda en los grandes hoteles, para conocer el drama debe de vivir alrededor de el, dentro de el, ser parte de el, cuando todos los periodistas son evacuados de algún país por su seguridad, él se queda hasta el final, ahí encuentra su destino, la historia escribe “se decide en el último momento”, alguien tiene que contar la verdad, como Herodoto ser testigo presencial de los hechos sumido en una gran soledad pues realizó la mayor parte de su actividad periodística en la convulsionada y marginada África Negra, convirtiéndose en la definición de lo que debe ser un Periodista autentico del Siglo XX y subsecuentes.

En su libro El Imperio, relata sus primeras incursiones en la Unión Soviética en los años 60’s y sus reflexiones sobre un viaje al mismo que realizo entre 1989 y 1991, para atrapar las memorias de los anónimos protagonistas de la Historia. El emperador, trata de sucesivas entrevistas con personas vinculadas a la vida en palacio de Haile Selassie. Testimonios de personas que, a pesar de mostrar en todo momento su admiración y su reverencia, son perfectamente conscientes de que el emperador es un ser volátil y caprichoso, rodeado de un séquito, de un cortejo aún más volátil y caprichoso. En La guerra del futbol, narra los levantamientos del Congo de 1960, el golpe de Argelia de 1965, la guerra del fútbol que enfrentó durante cinco sangrientos días a Honduras y El Salvador todo a raíz de un partido de futbol entre ambas naciones en las eliminatorias para participar en el Mundial de México 70. En El Sha, a partir de notas, cintas magnetofónicas, fotos, materiales que ha acumulado desde que está en Irán comprender la causa de la caída del Sha. ¿Cuál ha sido la evolución del país desde finales del siglo XIX hasta la revolución islámica? ¿Cuáles fueron los orígenes del movimiento chiíta? ¿Cómo ha logrado Jomeini imponerse? ¿Qué puede éste ofrecer contra la promesa del Sha de “crear una segunda Norteamérica en una generación”? ¿Qué es lo que la gente espera de la revolución y qué es lo que realmente obtiene?

Los cínicos no sirven para este Oficio, es un ensayo sobre el trabajo profesional de los periodistas, sobre sus dificultades y sus reglas, sobre la responsabilidad de los intelectuales que, hoy en día, se dedican a la información. Un día más con vida,relata el proceso de independencia del pueblo de Angola tras el colonialismo portugués, desde la vivencia personal. Instalado allí, en la ciudad de Luanda, desde donde iba y venía al frente, arriesgando su vida por saber qué estaba sucediendo. En Viajes con Herodoto presenta una mezcla biográfica, reflexiva de sus aventuras como periodista y viajero.

Y por último su obra más reconocida Ébano, una recopilación de su trabajo periodístico en el Continente Negro, cada capitulo puede leerse por separado, aquí encontraremos de todo, desde la anécdota que nos hará reír hasta la pagina por la que tendremos que soltar una lagrima, en sus líneas encontraremos una fuerte y pragmática reflexión de un continente y sus personas que para cualquier Occidental nos resultan difíciles de entender, su forma de escribir se ha descrito como la perfecta unión entre periodismo, historia y filosofía, destacando la empatía que siente hacía sus semejantes. Al terminarlo lo único que podemos decir es: Gracias Señor Kapuscinski.

Murió acompañado de su esposa el 23 de enero de 2007.