Viviendo en una gran ciudad se siente la presión, El temor a lo inminente; La carrera de ratas no tiene sentido.

Ponderas todas las cosas que quieres adquirir y el resto del tiempo te la pasas pensando cómo le haces para comprarlas. Tal vez eso haga felices a algunos, pero a mí me arrastra al fondo. Si tenemos un alma, la vida urbana no la llena. Damos vueltas con algo royéndonos la mente sin tener idea de cómo calmar esa sensación incómoda. Tratamos de tapar el agujero consumiendo. “Tengo el último iPhone, ¿cómo pude vivir sin él?” Para la semana siguiente el desasosiego regresa. El ciclo no tiene fin.

Cuando nos alejamos de la ciudad, del asfalto, de la señal de celular, el sentido de todo cambia. El tiempo pasa más lento. El tiempo vuela. Allá afuera, la vida tiene un ritmo que no está determinado por las alarmas, por las fechas de pago, por los parquímetros, por las reservaciones, sino por el movimiento del sol a través del cielo. En la naturaleza, en la selva, en el bosque, en el campo, en el mar, nos calmamos. Sonreímos y nos asombramos de nuevo como niños. Es regresar al mundo real.

No es difícil escapar de la ciudad, pararse en la base de una cascada, treparse a una roca o en un árbol, donde las cosas son perfectas, grandiosas y aterradoras. Eso es sentirse vivo, sorprendido y tal vez atemorizado al mismo tiempo. Es el tipo de cosas que te quitan el aliento y te animan. Después de una caminata o una excursión en el campo, nuestra mente sonríe aun cuando arrastremos los pies. Una pequeña probada de naturaleza nos hace bien y ese agujero se llena un poco.

La dicha de lo natural se encuentra en la sensación de lo primitivo. Solos allá afuera, ¿qué tan lejos necesitamos ir? Quién sabe, quizá hasta llegar a lo real, lo tangible o lo incierto.

Fuente: stay wild