El 1 de septiembre se cumplieron 76 años del inicio de la II Guerra Mundial. A la distancia, es apropiado tratar de comprender todo lo que Hitler y el conflicto que provocó modificaron en el mundo.

Para llegar a una respuesta tuve que apartar de mi mente los actos de maldad gratuita que cometió. Poco aportó al mundo, excepto quizá la comprensión de que la civilización es la delgada capa que yace sobre el bestial salvajismo de la Humanidad. Pero la verdad es que no necesitábamos a Hitler para aprender eso. Los humanos siempre hemos sabido lo que se encuentra bajo nuestra superficie.

La cuestión es entender los cambios que ocurrieron en el mundo como resultado de la decisión de Hitler de invadir Polonia:

El precio para Europa

La primera consecuencia, obviamente, fue que destruyó la hegemonía de Europa sobre gran parte del mundo, así como su influencia en el resto. Quince años después del fin de la guerra, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y los Países Bajos perdieron sus imperios. El puñado de países europeos que habían dominado el mundo, perdieron la voluntad, la energía y los recursos para mantener su poder. Participaron voluntariamente en el desmantelamiento de lo que algún día consideraron su derecho, más como resultado del agotamiento del Viejo Continente que de la resistencia por parte de las colonias.

Tras la Guerra, Europa enfrentó la tarea de reconstruir sus edificios. La ambición de gobernar se había extinguido. No obstante lo errónea o aviesa que fuera esa ambición, no deja de ser triste la pérdida de todo anhelo más allá del deseo de confort. El propósito de dominar, cuya forma más extrema se manifestó en el apetito de Hitler, hiela la sangre. La pérdida de cualquier ambición trascendente, simplemente la enfría.

Europa perdió su temeridad, lo cual fue positivo en cierto sentido. Sin embargo, la cambió por una excesiva precaución que le hace difícil definirse sobre asuntos tanto grandes como pequeños. El mundo es ciertamente un mejor lugar sin la temeraria imprudencia de Hitler. Probablemente también es mejor sin el imperialismo inglés y francés, aunque cuando miramos lo que dejaron atrás, nos preguntamos si los escombros de esos imperios fueron peores que los del post imperialismo, quienquiera que sea el culpable.

Hitler no deseaba ese desenlace. Pienso que fue sincero cuando dijo que dejaría intacto el imperio británico, con todo y su armada, si éste aceptaba la dominación alemana sobre Europa continental. Deseaba la paz con los británicos para poder aplastar a los soviéticos. Sin importar qué tan sincero fuera en 1940, Inglaterra no podía apostar a que mantuviera su palabra. Como resultado del curso de los acontecimientos, Hitler se suicidó en Berlín y el Reino Unido presidió la disolución de su propio imperio.

Hitler le costó a Europa otra cosa: la sensibilidad metafísica. Es sorprendente el grado al que la Europa Cristiana ha abandonado el cristianismo por el secularismo.

El declive de la asistencia a la iglesia es la corteza de una sensibilidad europea que, en sus niveles más elevados de pensamiento, solía contemplar el significado profundo de las cosas. No fue Hitler quien destruyó la sensibilidad metafísica europea. En muchos sentidos se destruyó a sí misma desde dentro, con un escepticismo radical derivado de la Ilustración. Pero Hitler le dio el tiro de gracia al apropiarse de figuras como Friedrich Nietzsche y Richard Wagner para sus propios fines políticos, restándoles legitimidad no sólo a ellos sino también a la tradición de la que emergieron. Las extrañas divagaciones de Hitler en las profundidades de la filosofía hicieron que éstas dejaran de ser respetables. Hay un dicho que escuché alguna vez: “Los filósofos alemanes profundizan más, permanecen en las profundidades más tiempo y emergen más sucios que otros.” No sé mucho sobre filósofos, pero Hitler sí, y eso le costó a Europa la joya de su herencia intelectual.

Napoleón consideraba a Inglaterra una nación de tenderos. Obviamente usaba esa aseveración como insulto, al considerar a los tenderos gente de imaginación, conocimientos y ambición limitados. Si Napoleón estaba en lo cierto, entonces Hitler logró algo extraordinario: convirtió a todos los países de Europa en naciones de tenderos.

Al terminar la Guerra, la obsesión de los europeos era vivir. Después, su preocupación fue de qué vivir. El insulto de Napoleón se basaba en que hay mucho más en la vida que sólo ganarse la vida. Lo que Hitler consiguió fue lo que consternaba a Napoléon, que los tenderos gobernaran Europa.

Europa está obsesionada con mantener su modo de vida y sospecha del pensamiento profundo. Los mejores cerebros obtienen MBAs. La destrucción que Hitler provocó dio lugar a un secularismo no sólo en lo que se refiere a la cristiandad, sino a todos los intentos de recrear la profundidad de la cultura del viejo continente.

El poder de los Estados Unidos

Quizá lo más importante que hizo Hitler fue propiciar la hegemonía de los Estados Unidos, un país donde ganarse la vida es la definición de vida. Hitler creía que su propia derrota significaría el triunfo de los bolcheviques. En realidad significó el triunfo de los Estados Unidos y de su cultura, que se esparció en Europa Occidental mediante la ocupación y en la Oriental mediante la imitación.

E.U. redefinió la cultura europea. Y no ha sido Coca-Cola sino la computadora, la portadora de la cultura americana. No tuvo nada que ver con la metafísica o con la verdad o la belleza. Tuvo que ver con la forma más básica de la razón instrumental: simplemente resolvía las cosas, y al hacerlo, justificaba su existencia. La computadora dominó al mundo y a Europa, y con ella llegó una nueva forma de pensar, contenida en la programación. Algo radicalmente distinto de aquello en lo que consistía la cultura europea.

Los europeos fundaron la cultura occidental, pero la legaron a su heredero, Estados Unidos, que paradójicamente sigue siendo uno de los países más religiosos. La religiosidad y la razón instrumental son compatibles en los Estados Unidos — un punto a ponderar.

Hitler respetaba a Josef Stalin. Comprendía al ideólogo radical dispuesto a asesinar. Pero sentía poco respeto por los Estados Unidos y no podía entender a Roosevelt.

Lo más importante que Hitler logró y lo último que esperaba, fue atraer a los americanos al corazón de Europa, dejando a los europeos completamente vulnerables ante las emergentes formas de pensamiento que puede producir una nación que tiene en alta estima a los tenderos. Hitler destruyó los diques que había construido Europa alrededor de sí misma. Paralizó el continente, incluyendo a la Unión Soviética.

Hitler será recordado no sólo por su gran maldad, sino también –y más importante en muchos sentidos– porque casi todas las consecuencias de su guerra fueron inesperadas, pero redefinieron al mundo tal como hoy lo conocemos.

Extracto de “Pondering Hitler’s Legacy”, publicado con permiso de Stratfor.-https://www.stratfor.com/weekly/pondering-hitlers-legacy