Hay quienes creen que el amor es un sentimiento involuntario, que de repente llega como una especie de sismo emocional, y de repente termina, dejando mayores o menores estragos a su paso. Por eso, muchos brincan de un romance a otro en una especie de carrusel sentimental.

Un ejemplo extremo de esa clase de ‘amor’, frente al que nuestra voluntad está inerme, se muestra en la popular serie “Game of Thrones” con la incestuosa relación entre los hermanos  Jaime y Cersei Lannister. Al final de la quinta temporada, cuando su hija Myrcella revela que sabe la verdad sobre sus padres, Jaime le explica: “No elegimos a quién amar. Es algo que está… más allá de nuestro control.”

Una serie de TV no es la vida real. Sin embargo, mucha gente realmente piensa que el amor es algo que cae del cielo, como flecha de Cupido. Esta idea fatalista del amor suele utilizarse para justificar relaciones poco sanas: “El amor me llegó, no lo busqué, así que nada de lo que suceda como resultado es mi culpa.”

Esa visión romántica del amor es perpetuada constantemente en la música y los medios. ¿Has escuchado la letra del tema de Selena Gómez “The Heart Wants What it Wants” (El corazón quiere lo que quiere)? Sugiere que somos meros blancos del destino y no los autores de nuestras relaciones.

Si nos dejamos guiar sólo por los sentimientos, terminamos excusando la infidelidad, rindiéndonos cuando las cosas se ponen difíciles y abandonando a la pareja cuando ya no nos produce mariposas en el estómago.

El efecto high.

Cuando te aferras al sentimiento provocado por la atracción física, como si fuera el efecto de una droga, igual puedes sentirte en las nubes que llegar a sentirte débil, aturdido, fuera de control o hasta devastado emocionalmente.

No es lo mismo amar que ser ‘adicto’ a un sentimiento.

Hay personas que persisten en relaciones enfermizas porque se sienten ‘capturadas’ por el amor; asimismo, algunos terminan una relación, incluso un matrimonio, porque el amor que sentían simplemente se esfumó, como si les hubiera sido arrebatado.

Poder o debilidad.

El problema de asumir que no elegimos a quién amar, es que nos engañamos al pensar que no tenemos poder sobre nuestros sentimientos. Lo cierto es que la voluntad humana se fortalece cuando la persona elige actuar, en vez de sólo dejarse llevar por un sentimiento fortuito.

Aunque es verdad que no necesariamente tenemos un control total sobre la atracción que sentimos por alguien, es mentira que no somos capaces de decidir a quién entregamos nuestro amor. De hecho, creer eso es peligroso. Es equiparar la atracción con el amor, como si éste fuera un sinónimo de sentimiento, no un acto voluntario.

En casos extremos, hay quien llega a justificar la traición, el crimen o las relaciones ilícitas en nombre del amor.

La atracción es un sentimiento poderoso e intangible sobre el que no ejercemos ningún poder. El amor, en cambio, implica una intención. La diferencia entre un sentimiento y un acto voluntario puede ser difícil de entender, porque vienen de la mano al inicio de una relación, cuando aún no tenemos claro si lo que sentimos es amor o sólo deseo.

La atracción es el comienzo, no el destino.

El amor verdadero, no el basado en la idealización o la proyección, requiere tiempo para madurar. Se da si ambos eligen amarse y comprometerse, lo cual no significa que siempre sea fácil. Cuando se presentan los peores problemas, así como cuando nos fastidian las pequeñas cosas del otro en el día a día, el verdadero amor se pone a prueba.

Es hasta que las mariposas vuelan que, aferrados a la decisión de permanecer con la persona elegida, comprendemos que el amor es mucho más que una compulsión derivada de la pasión; es un compromiso.

El enamoramiento es una reacción hormonal, el amor es un acto de voluntad.