Lo dijo Barak Obama durante su discurso en la Casa Blanca. Palabras, dicho sea de paso, que pueden ayudarnos a reconocer con franqueza algunos de nuestros complejos históricos, en este caso el laicismo que lastra nuestra sociedad. Sin ambages, afirmó que en el Papa Francisco reconocemos un “vivo ejemplo de las enseñanzas de Jesús”, entre otras cosas por la autoridad de que goza, la cual no es sólo fruto de ser el Santo Padre (es decir, del cargo o la investidura), sino principalmente porque sus hechos confirman sus palabras. No deja de ser elocuente que quien pronuncia estas palabras no es un obispo zalamero, sino el Presidente, es decir, la máxima autoridad civil de la nación más poderosa del mundo, que además no es católico…, mientras nosotros por acá, seguimos “acomplejados” por la “laicidad del estado”, estando proscrita cualquier referencia a la dimensión religiosa en la esfera pública. Parece mentira que en el siglo XXI no hayamos conseguido superar los traumas del XIX.

 

El mensaje católico se ha renovado profundamente con el Papa Francisco, no sólo en su visita a E.U., sino en el conjunto de su Magisterio. Viene a ser como una bocanada de aire fresco, un nuevo modo de afrontar los problemas de siempre, una mirada más amplia que busca hacer sinergia, intentando ansiosamente subrayar más los puntos en común que señalar las líneas en discordia. Esto ha generado una ampliación en el espectro del contenido que el mensaje católico aporta a la humanidad. Más que agudizar las líneas de ruptura, sin soslayarlas, pone el acento en lo que podemos hacer juntos quienes pensamos diferente, en beneficio de la sociedad.

 

El estilo del Santo Padre no es combativo ni de confrontación, sino humilde e inclusivo. Su agenda más dilatada. No se limita a los consabidos temas de la vida y la familia, tampoco los omite, pero los encuadra dentro de una propuesta más amplia: la defensa del ambiente, la protección y acogida a los inmigrantes, la lucha contra la pena de muerte o la trata de blancas, la justicia social, la lucha contra la pobreza, denunciar el comercio de armas, etc. Todos ellos temas con los cuales puede generar un consenso más vasto con personas y grupos sociales, que no necesariamente comulgan con todo el ideario católico. Ello tiene un efecto renovador, pues en lugar de conducir al catolicismo a convertirse, cada vez más, en un ghetto, es decir, en un grupúsculo marginal dentro de la gran corriente social, le devuelve protagonismo, convirtiéndolo en un interlocutor válido y relevante, socialmente hablando. El apoteósico y entusiasta recibimiento que ha tenido en Estados Unidos es una prueba fehaciente de su liderazgo y la relevancia de su anuncio.

 

El mensaje que el Romano Pontífice ha dirigido, siendo respetuoso y humilde en la formas, tanto a los obispos norteaméricanos, como en su histórica alocución al Congreso de los Estados Unidos por ejemplo, no es sin embargo el discurso de quien quiere quedar bien con todos, midiendo políticamente el alcance de las palabras para no pisar los callos a nadie. No elude, cobardemente, los temas puntillosos; no omite tampoco los logros positivos. A los obispos les recuerda el drama de la pedofilia, reconociendo la dolorosa humillación que han tenido que soportar. A los obispos, al presidente y al congreso les recuerda el drama de los inmigrantes y su responsabilidad de acogerlos. Les anima a no ver números y estadísticas, sino rostros y esperanzas, invitándolos a recordar que Estados Unidos es una nación que se ha construido con inmigrantes, que muchos de ellos son hijos de inmigrantes, siendo el Papa mismo uno de ellos.

 

Finalmente, el Papa habla al corazón de las personas. Puede hacerlo porque es pastor, las conoce no de oídas o en los libros, sino por experiencia directa, por contacto humano. Sabe que los hombres estamos heridos y nos brinda, abundante, el óleo del consuelo. Por eso llega a los corazones, porque comprende nuestras heridas y nos anima a no quedarnos en ellas y a que la sociedad no estigmatice y encasille con ese motivo: “Vayan a anunciar que el error, las ilusiones engañosas, las equivocaciones, no tienen la última palabra en la vida de una persona”. También por eso ha defendido, aunque pueda ser políticamente inoportuno o incorrecto, a la familia, pues debería ser el oasis donde florece la persona y no el origen de sus complejos.

 

P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

Fuente: http://www.expreso.com.mx/expresion/914-pensar-en-cristiano/116051-el-mensaje-de-francisco-en-estados.html